3 de la tarde
Desafío: Pájaro
Del pájaro ya no quedaba nada. Una vez fue una hermosa criatura que desplegaba sus blancas alas con destellos dorados en la amplia jaula que mi abuela le había dispuesto. Ahora era un charco de sangre que seguía creciendo gota a gota, lleno de plumas mojadas.
No fue mi culpa sino el resultado de una sucesión de hechos que rara vez tienen lugar todos juntos. Yo no fui el responsable de matar, quizás, lo único por lo que mi abuela se levantaba en las mañanas, aunque quizás sí lo fui de iniciar la cadena del desastre.
Estaba sentado en el sillón, observando la sala, dibujando líneas imaginarias. Entonces una idea fugaz, que no podía ser otra cosa que mala, cruzó mi mente. Casi sin darme cuenta empujé la lámpara de pie, que asustó al gato, que saltó a la repisa y empujó los libros, que cayeron sobre el ventilador, cuyas aspas destrozaron los libros haciendo que sus hojas volaran por toda la sala. Acto seguido, la tapa del aparato cayó, uno de los brazos se rompió y salió disparado hasta la inmensa jaula, atravesó las rejas y partió a la majestuosa ave malcriada a la mitad.
La luz se cortó. Las hojas y las plumas que caían desde el techo lentamente comenzaron a arder, producto de los rayos del sol de la siesta que se colaban por la persiana. La sangre también ardió.
Me levanté lentamente del sillón, dispuesto a irme para no ver la reacción de mi abuela ante el desastre, pero cuando me di la vuelta escuché un sonido curioso, como lo que se oye cuando se prende un fósforo y después, silencio absoluto. Giré lentamente sobre mí para ver algo que ya sabía que vería: un cuarto completamente ordenado, cerca de la ventana, sobre una mesa, una inmensa jaula y adentro, un condenado pájaro blanco con detalles dorados que me miraba fijamente con sus ojos de un negro brillante. Nunca volví a esa casa.
