
Comer, Rezar y Amar
Mi culto al alma
Me ha dado –este último año– por darme cuenta de las cosas de la vida que me producen placer. Ese placer corporal que es consecuencia de un estado muy elevado de satisfacción del alma. Es como el placer sexual que, desde el cuerpo, llena el espíritu y condiciona mi andar y pensar.
Amor. Esta es la palabra que me gusta usar para definir lo que experimento cuando mi alma se llena. Siento Amor. Y ese amor me moviliza, se esparce por mi cuerpo, lo dejo salir como una energía que puede llegar a otras personas, como el polen. Fecunda. Se pierde. Se reproduce. Se volatiliza. Es un ciclo. Es recurrente.
Comer es de mis cosas favoritas en la vida. Tal vez por eso me hice cocinero, o quizá porque nací del fuego sangrante de mi madre. Quizá por venir de ese calor me hice un hombre de paz, un alimentador. Por eso, estoy seguro, propongo también la guerra, puedo hacer daño. Por eso rezo, para pedir perdón. Por eso perdono, para vaciar mi pecho. Por eso canto, para llenarlo. Por eso vivo, para amar.
Si existe una verdad –la muestre o no– en mi existir, es lo indivisible de mi entrega a amar. No existe nada más autentico que mi amor. Así lo siento. Entonces mi manera de amar me propone descubrir la vida a través de lo que como, lo que me alimenta. Me propone dar de comer, darme en alimento. Me sugiere vivir mis días entendiendo que somos tan pobres ante la inmensidad del mundo. Un Mundo que es muy superior a nosotros, por quien me urge ser protegido. Hablo de alimentarme el alma. Alimentarme el cuerpo. Vivir esa comunión profunda. Amar. No entiendo otra manera.
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