Intercambio

Antes del trasplante, esperando en casa, recibí la visita fiel: el Gonzalo. Jugábamos hasta tarde y veíamos películas. La suerte nos unía más que nunca: yo esperando el corazón, él tratándose el hipotiroidismo. 
Antes de que saliera el sol, ya sin nada qué hacer, recordamos que nos debemos nuestras pastillas. En el delirio de la frágil vigila, el Gonzalo pregunta: ¿son malas tus pastillas? porque las mías son como el hoyo. No tanto -respondo-, pero igual me dan asco.

¿Y si cambiamos una?

Él me pasa la prednisona y yo le entrego la furosemida.

Pasa una hora, no hay efectos. Siendo la furosemida un diurético, esperaba que le afectara rápido, pero no fue.

Van dos horas, y aparece la diversión: el dolor de cabeza se me hace insoportable, sube la fiebre y comienzo con ascos, cerca del vómito. Me duelen los ojos por la luz y comienza el frío a quitarme el color. El Gonzalo, cagao de la risa al lado mío, se para corriendo: se está meando solo y a penas vuelve a la pieza, debe ir otra vez. Ya cuando empieza dolerle el acto, se asusta y me río yo ahora. Ambos, entre el miedo y la angustia que duró varias horas, prometimos no contarle a nadie.

Nunca sabré ni sabremos si ese intercambio, igual entre pares, nos afectó más allá de esa noche, pero cualquiera diría hoy: sí, y que fuimos muy reweones.

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