
S A N T A D E L 75
Besas como nena le dije, de esa boca pequeña pero carnosa, nada malo puede salir y aún así te empeñas en devorarme, entonces sonrío por dentro cuando empiezas a hacer arcadas, me miras con los ojos al filo de estallar, vidriosos, pero, enardecidos, la suavidad de tus labios tímidos, salvan la faena y sos feliz.
Irías hasta el final decías, pero, me dejabas a media estación, ese espacio de tiempo, indolencia y apriete de dientes, enfermizo, mientras acariciaba tu cabello e iba moldeando con ambas manos, te gustaba ser vista con la paciencia del devenir de tus ansías,
intuía que el miedo había desaparecido y aprendías, más y más.
Bailabas descalza todas las tardes, con ese ruido de cumbia, llenando las soledades imagino, duelen menos esas heridas psicológicas, toda vez que te visité y me dejaste quedar después de almuerzo,
retozábamos en el sofá y hacíamos todo lo demás ahí mismo, más de alguna vez deje desparramada toda mi alma transpirada.
Ibas y volvías desde la cocina, desnuda siempre, tostadita te decía, vos reías haciendo eco y no me quedaba más que reír también, luego éramos algo violentos, entre mordidas y besos, oía tu llanto,
y era un premio para mi dejaras entrar y seducir toda tu palidez, esa estrechez, esa invasión, eses vaivén, descarnado y al revés.
Ahogabas tus voces internas en las sábanas aglutinadas en tu boca, hasta cuando te soltabas desde el cuerpo y el vaivén de las olas golpeaban tus piernas firmes, en la insistencia y arremetida lograba
simplemente desestabilizar, y mis manos, salvadoras se hacían dueñas de tus caderas, de tus gritos ensalivados y groseros.
Nada más sentir como te desenvolvías en cada estocada y el estado febril de tu cadencia me hacía enloquecer, arrimarme a los bordes, sentir el sudor escociendo la nobleza, todo un conjunto de conexiones súper sensoriales, vitales, vívidas como los días de fiebre juvenil en la soledad y el instinto.
Ahora, vas y vuelves, te posesionas del todo y caigo en una emboscada, juegas con mis elocuentes llegadas, también sufro delirios, ríes finalmente, no todo es tan malo cuando logras olvidar la rutina furiosa de casa,
y cierto es, acá nos pasamos uno encima del otro, sugiriendo volver, despertar y luego escondernos, afuera llueve tormenta y me abrazas.