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Un héroe de la nostalgia

La cuestión con este detalle es simple.

A veces es como si pudiera volver a vivir momentos complejos en mi cabeza, como si pudiera transportarme al momento exacto en el que me sentí y fui menos de lo pactado; otro en el que creí que no volvería a sentirme de ninguna forma, a esa vez en que lo único que no podía negar era mi corazón pesando, goteando a través de mi pecho.

Constantemente estoy volviendo ahí. Todo está pausado, todas las personas están en su sitio y nadie dice nada. Yo salgo de mi lugar, miro incrédulo, como dentro de una obra que ha sido congelada para capturarla en algún trazo. Todo sigue igual, salvo que ahora hace frío, pero la idea de que esta vez sí que no sobreviviré y, sobre todo, la desesperanza momentánea que pica a través de una escena tan triste, todo, todo permanece.

No sé por qué lo hago. Tampoco sé por qué disfruto del adormecimiento en mi pecho y en mi cabeza cuando me hago espacio para sentarme entre esos cuadros, ya sin luz o movimiento, pero con partes de mí en todos los rincones. Me escapo brevemente de la cotidiana cordura que me he amarrado en la muñeca para sentir algo más profundo que dicha, como malestar, inconformismo, dolor. Me lo permito. Descubrí hace tiempo que es algo que necesito.

Algunas personas se quedan atrapadas en sus momentos congelados, no pueden pasar al siguiente o al que sí tiene calor, o se atrasan y se los pierden. Esas personas a veces nos atrapan, nos olvidan porque están siempre recordando y obvian cosas sobre nosotros sin querer. Menos mal que yo lo sé, porque si no lo supiera, pensaría que en realidad es poco lo que le importo al mundo.