Algunas notas acerca del cortometraje colombiano reciente

Alejandro Ponce de León — Calero


I.

Durante la gala inaugural del 12º Festival de Cortos de Bogotá, su director Artístico, Jaime E. Manrique –reconstruyendo la célebre cita de J. Cortázar– concluyó su diatriba, frente a un indómito público, afirmando que ‘los cortos ganan por Knock Out’. Es una frase que a mí me dejó mucho en qué pensar. Realmente no sabía a qué se refería. Si estaba refiriéndose al número de obras, nada más certero. Tras diez años de la promulgación de la Ley del Cine, ha ocurrido una importante transfiguración en la producción audiovisual de la cual el cortometraje ha salido como vencedor. Si bien es cierto que dicho marco legal también ha acrecentado el volumen de largometrajes, llevándolo a una tasa de crecimiento del 122% anual; el número de cortos producidos gracias a las ayudas de creación y desarrollo –así como de los incentivos fiscales– determinados en la ley es tan alto que, francamente, llega a ser inconmensurable.

Además, gracias a los actuales adelantos tecnológicos, podría decirse que producir un corto hoy –como magistralmente lo demostraron Sara Fernández y Juan Carlos Sánchez en el tercer acto de su obra Los niños y las niñas– se ha convertido en un proceso que está ‘al alcance de todos’. Con sus relativamente bajos costos operativos, el reducido número de actores empleados y la brevedad de tiempo que se consume en la filmación y producción, el corto es una alternativa muy atractiva para el creciente número de jóvenes realizadores quienes apenas están comenzando ésta, su contienda profesional. Otra victoria.

¿O de qué más podría estar hablando Manrique? ¿De la técnica local? ¿O acaso se reseñaba la madurez de sus directores? Poco sabemos al respecto, pues son escasos los comentarios que aborden el corto nacional y es mucho menor el número de artículos especializados que lo perfilen; ya que dentro de nuestra tradición ensayística, el largometraje es visto como un producto más noble. Sin embargo, es un hecho que los cortos hoy pululan en nuestros teatros, ha adquirido un importante número de espectadores y a mi parecer, están aquí para quedarse; exigiéndonos un acercamiento crítico a lo que se produce localmente, sus fortalezas y debilidades.


II.

Estaba fuera del país cuando me interesé en el tema. Era de noche y conversaba en casa de un amigo naturalizado en Hollywood, quién me preguntó: ‘¿qué tipo de cortometrajes se está haciendo en Colombia?’ No supe qué responderle. Mi mente estaba en blanco. No conocía nada. De hecho, mi limitado conocimiento acerca la producción audiovisual en Colombia se reducía a haber visto las obras de Oscar Ruiz Navia y Ciro Guerra. Y eso, para todo lo que hay, es como decir que no había visto nada.

A mi regreso hice un par de consultas desesperadas. Son muchas las inquietudes que pueden surgir cuando se indaga sobre el corto nacional. Encontré cientos de proyectos universitarios, videoclips, experimentos audiovisuales, y efectivamente, decenas de cortos; pero al no obtener respuestas puntuales a mi inquietud, opté por acudir a los expertos: el Comité de Selección del 12º Festival de Cortos de Bogotá –mejor conocido como el Festival Bogoshorts–. Claro, no directamente a ellos. En este contexto, las programaciones de los festivales son una excelente alternativa para quienes no tenemos el tiempo suficiente para verlo todo, y aun así queremos verlo todo. O bueno, ver lo mejor. Con los 3.845 trabajos que recibieron estos diez peritos del cine, se fijaron 32 secciones de las cuales 4 estaban compuestas por los 36 cortos nacionales, 11 dentro de los cuales correspondían a la competencia Nacional Ficción; aquella que opté por engullir en su totalidad.

Ir al festival, conocer y salir de la inquietud; ese era mi objetivo. Debo aclarar: no tenía ni la más mínima idea acerca de lo que era un festival de cortometraje antes de asistir a Bogoshorts. Mucho menos sabía que era un ‘buen’ o un ‘mal’ corto, así que no podía aplicar algún tipo de criterio especializado con el cual formarme una opinión. Tampoco no pretendí tenerlo. Mi interés en asistir a aquellas sesiones era fijarme en la construcción del argumento; aquello de lo que medianamente puedo comprender. Quise saber cuáles eran las historias que los productores colombianos estaban contando y cómo las estaban contando, a qué recursos apelan así como a qué lenguajes visuales se estaba recurriendo. Quise atender a lo que me querían comunicar, el tipo de relatos, preocupaciones y visiones de país que allí se planteaban; y más que distinguir las particularidades, identificar tendencias.

Miércoles 3 de diciembre, horas de la tarde, libreta en mano, se disipan las luces del auditorio y se proyecta la magistral escena que da inicio a Leidi, de Simón Mesa Soto. El show apenas comenzaba y ya se había desplegado sobre la pantalla uno de los principales elementos unificadores dentro de la muestra: los encuadres amplios. El corto inicia con una larga secuencia en la cual la protagonista, Leidi, se asoma por una ventana para luego voltearse y abrazar a su bebé, quien la espera en su cama. A este recurso se vuelve a apelar una y otra vez, cada vez que se requiere acentuar la escena, como en un largo partido de futbol o en una espera de un bus. Algo similar ocurrió más tarde en Nelsa, donde vimos un carro atravesar lentamente la pantalla, para seguir con largas secuencias panorámicas de las casa, sus cuartos y pasillos, arboles aledaños y demás elementos del paisajes. Ya sea una vista sobre Ciénaga Grande, una carretera que atraviesa la Cordillera Occidental o un barrio popular de Medellín, los diversos cortos de la muestra, en general, recurrieron múltiples veces a este tipo de recursos para permitirnos leer con detenimiento los registros que componen los mundos plasmados.

Creería que la predilección por ésta mirada –sin duda generosa– le permitió a sus realizadores ir más allá de sus personajes y enfocarse en una trama mucho más rica: el paisaje social. En días pasados Mesa Soto comentó que a través de Leidi él “Solo quería contar la historia de una niña pequeña desde un punto de vista muy pequeño, que condensara muchas cosas de mi país y de Latinoamérica”. Y es que en Leidi, realmente, no sucede nada. Es, a grandes rasgos, la historia de una niña que un día como cualquier otro decide ir a buscar a su novio, con el fin de preguntarle cuando irá a visitarla. Y sin embargo, nos cuenta mucho más que eso. Pareciera que, como en un cuadro de Edward Hopper, lo que ocurre en un Off record es lo que termina por preocuparle a sus realizadores, y a través de unos planos secundarios muy nutridos visualmente, el corto se convierte en un prisma con el cual contemplar lo que constituye la vida en Colombia.

Ciertamente, ésta no es una imagen de una vida apacible. Durante los conversatorios propios del festival, escuché comentar que tanto el cine como el corto –ciertamente hermanados con el documental– está virando su mirada hacia la periferia; lugares en donde el dolor humano convive con las extravagantes estéticas del espacio. Esta advertencia tiene cierto grado de validez para la programación que conocí, pues al igual que lo logró Víctor Gaviria hace 15 años, la marginalidad colombiana sigue siendo un recurso recurrente con el cual conjurar –tal vez con una intensión altruista o naif– la belleza en medio de la tragedia. Si bien la muestra propende hacia ello –me refiero puntualmente a Al caído caerle, La lluvia, Lux aeterna, Nelsa, Julia y Leidi–, eso no quiere decir que marque la pauta. Al exceptuar a Seda, de Juan Suarez, los demás cortos que se vieron abordaron situaciones de la vida moderna y recurrieron al paisaje más que para denunciar, para amplificar los estados emocionales de sus personajes. Probablemente Las bromelias, de Manuela Montoya, no lograrían su contundencia si no hubiese acudido a la noche oscura al margen de una carretera como escenario para desarrollar su clímax. Lo mismo podría preguntarse acerca de Alén, de Natalia Imery, en la cual la pureza del amor de su protagonista ciertamente se engrandece cuando l@ vemos correr por los cerros de Cali.

Pero si el paisaje es un elemento fundamental para la narrativa, sorprende la poca relevancia que asume la palabra, a tal punto que es un recurso muy poco empleado en cortos tales como Los Niños y las Niñas, Lux aeterna o Elefante, e incluso puede estar totalmente ausente para que sea el silencio el que comunique, como magistralmente lo demuestra Nelsa. Al ser narraciones de temas colombianos, esta predilección por el mutismo me dio la impresión de que, tal vez, somos una nación que ante el dolor, se ha quedado sin palabras. En Al caído caerle, Duván Chavarría construye una escena en la cual un grupo de hombres se para en frente de la casa de Ernesto, y a través de su disposición corporal, los espectadores deducimos rápidamente que son los responsables de la amputación de su pierna izquierda. En Las bromelias se recurre al silencio de manera similar, pero esta vez como elemento de catarsis, pues tras la violenta discusión de las protagonistas con su padre, solo queda la prudente reserva, y claro, unas bromelias. Como espectadores, no necesitamos saber nada más.

¿O sí? Ya no me refiero exclusivamente de los diálogos, sino sobre la capacidad que tienen los cortos de comunicar, y frente a ello tengo mis reservas pues considero que algunos de los cortos que se vieron, al estar buscando la novedad artística, podrían caer en un modismo en el cual lo vago y oscuro termina por reinar. Con esto no pretendo decir que el corto deba caer en otro extremo y limitarse a entretener. Ciertamente los realizadores han sabido señalar las muchas cosas que no funcionan en la sociedad colombiana y, a través de su obra, interpelar en al alma de su audiencia. Creo que se está rompiendo con el molde y planteando otras maneras de narrar país. Pero también creo que al optar por narrativas tan densamente cargadas y dejar que la labor interpretativa recaiga casi exclusivamente en la audiencia puede estar llevando a un afianzamiento sobre la una estética segura y un guión cómodo donde ‘todo vale’ porque ‘todo es arte’ y todo cuenta; y al fin de cuentas, nos quedamos con nada.


III.

Después de una semana de consumir cortos vehementemente, me enteré que Leidi fue nominado como el corto ganador dentro de la Competencia Nacional Ficción. Este resultado, francamente, nunca se había hecho esperar, pues el trabajo de Mesa había recibido con anterioridad la Palma de Oro al mejor cortometraje en el Festival de Cannes, lo que le aseguraba el premio máximo dentro de éste certamen local. Y es que retomando nuevamente sus magistrales lecciones en Berkeley, J. Cortázar ya había planteado la analogía “el cine sería la novela y la fotografía, el cuento” y por conectividad, el último al corto; el éxito de Leidi, así como los 11 cortometrajes preseleccionados para esta competencia, radicaba en su capacidad de plantear, como tanto nos encanta, el drama nacional dentro de lo que Pedro Adrián Zuluaga ha llamado “el estilo internacional que gusta de detenerse en los paisajes y las cosas”.

Cierro estas anotaciones con una vaporosa respuesta a mi interrogante: en Colombia se está produciendo cortometrajes que se preocupan por una mirada sutil pero amplia, que se inquieta por los intersticios y las texturas de lo contextual sin dejar atrás una impecable riqueza estética. Son cortos que evocan problemáticas que afligen a nuestra sociedad, pero que más que llegar a conclusiones, plantean interrogantes. Cuentan con un lenguaje visual que ha logrado cooptar silenciosamente el interés de los realizadores lo que permite hablar de una posible escuela nacional que sin duda corresponderá al porvenir del cine colombiano en la siguiente década; escuela que si se comprende y nutre como tal, tiene todo el potencial de seguir ganando una merecida relevancia –así como sus correspondientes certámenes– por Knock Out.