Caminatas en la Sierra (Monte Caldera 2014)

La pacificación de los Chichimecas y otras hazañas.

Un buen domingo íbamos caminando por el monte y súbitamente grite: Detente!

Creí que estaba muerta, pues la víbora estaba totalmente estirada, pero su lengua se movió, retrocedimos rápidamente, nos quedamos helados…

Me moví unos 3 metros al otro lado del cauce del río (el cual por más fuerte que llueva nunca lo he visto con agua), su lengua salía y entraba tranquilamente, era de rombos verdes, un metro de largo y se alcanzaba a ver el cascabel al final de su cola.

Pase del otro lado de la línea imaginaria que dividía la serpiente en perpendicular al cauce, avance unos metros, pero Isabel ya no me seguía, de hecho no se movía, no hablaba, solo gritaba; pensé en correr por ella sin embargo no tenía ningún sentido, la realidad es que la víbora no se movía y ella solo tenía que avanzar unos metros por la orilla del cauce al igual que yo; pasaron unos segundos eternos de desesperación al ver que ella no se movía e increíblemente la víbora tampoco, finalmente después de intentos de hablarle, aplausos y varios por favor ya avanza…se tranquilizó y camino hacia mí, nos reímos y vimos como la víbora de cascabel se alejaba tranquila de regreso por el camino de dónde aparentemente venía.

Ya había pasado más de un año desde que fuimos por primera vez a caminar por los hermosos campos coloridos de Monte Caldera y es la primera vez que vemos una víbora tan de cerca en nuestro camino.

La sensación de saberte en peligro es normal en un viajero, pero siempre un momento como estos te deja pensando en la fragilidad y la emotividad que representa la vida silvestre cuando quieres adentrarte y disfrutar de un paseo en tierras que no son de concreto y que han sido planeadas por la naturaleza durante miles de millones de años para que todos convivamos tranquilos y sigamos nuestros caminos el poco tiempo que nos toca hacerlo.

Este día escribí lo siguiente al terminar la narración:

Ahora que estoy decidido a regresar a la documentación de mis viajes, me da gusto sentirme nuevamente lleno de tanta energía, creo que todo este tiempo que ha pasado desde que llegué por primera vez a Monte Caldera (Sierra en San Luis Potosí, México) y vi esos paisajes encontré un sitio de verdadera paz y tranquilidad en armonía con la naturaleza.

Por lo tanto y en definitiva este es un gran momento de regresar a los diarios de viaje que tanto me gustan.

Según una leyenda escrita en el comedor de Montecitos Inn, el capitán Miguel Caldera fue un criollo nacido en Zacatecas en el siglo XVI, hijo de padre Español y de madre chichimeca. Dícese que descubrió los minerales de San Pedro y después fundo la ciudad de San Luis Potosí, pero lo más importante (según mi parecer) fue que encontró en estas zonas de bosques y agua, tranquilidad y descanso, de ahí que nace Monte Caldera; dicen los asegunes que con 35 familias, yo creo que hoy en día hay incluso menos….

Dedicado a Isabel, con quién afortunadamente he compartido todas estas hazañas… y otras más.