26

I.

Son las 7:47 p.m. Hace unos minutos el cielo vestía un velo rosado, y asomándose, invitador, por la ventana, daba a la casa una sensación de pacífica melancolía. Era tan rosado como el día del proto-éxodo; aquel día en el que también sentí melancolía pero con una ligera variación: tenía entonces sobre mis hombros la pesada sensación de lo interino de un momento que deseaba durase por siempre, y arrastraba la carga de la incertidumbre.

Hoy me siento melancólico aún; como una montaña, siempre solitaria, siempre viendo el ir y venir; pero siempre esperando, pacíficamente, impasible; sí, siempre esperando; por algo — ¿por qué?

Después de un rato el cielo se quita su velo y pienso en él como una elegante figura probándose atuendos según convenga; yendo de animado a melancólicamente pacífico a sombrío.

Es una pena que lo etéreo del momento fuera tan breve; es una pena que haya durando tan sólo un par de gotas cayendo en el lavabo de la cocina. Es una pena que el cielo se parezca tanto a mí.

Es momentos como este que me gusta embotellar para así darme a mí mismo una especie de consuelo; a veces simplemente inhalando su esencia; otras veces beber de ahí hasta el desmayo, esperando a que en el curso de la noche un mar de esta sustancia irrumpirá por las ventanas.

II.

Han pasado varios años desde la última vez que me emocionó un 26 de septiembre, que pareciera que han pasado eras que han vivido diferentes Yos. Ahora, en momentos, siento que un futuro no tan lejano me llama, desesperadamente, pero yo estoy encadenado a un pasado, como Prometeo por haber robado el fuego de la esperanza — que temo sea nada más que un fuego fatuo — para los Yos de eras pasadas. Siento ese porvenir llamándome a mí, a este Yo que está dolorosamente distante, inseguro y perdido, sin saber a dónde ir, a quién acudir, hacia donde voltear. Tan sólo mira al teléfono con su pantalla en negro que se ha de iluminar con un simple toque, pero que no tendrá respuesta a las más importantes preguntas. En lugar de un hombro en el cual apoyarme, me ofrecerá diminutos pixeles acomodados conforme a lo que éste cree que son mis necesidades; y las caras que tal vez podrían orientarme, permanecen escondidas en la digitalización en forma de pixeles muertos.

III.

Algunas personas dicen que para poder crecer necesitas vivir, salir, experimentar lo nuevo; pero en los últimos años he aprendido a crecer en soledad, reclusión, tropezando en la iteración. He aprendido a no prometerme a mí mismo que el siguiente año será diferente, será mejor, que todo mejorará, pues nunca es así. He aprendido a no recorrer el tiempo sobre su circunferencia, sino a cruzarlo a través de la línea que traza su diámetro.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.