Tú (ya no) sabes quién eres

Soñé contigo — tú ya no sabes quién eres porque hace poco más de un año que perdimos contacto. Como san Agustín ante la pregunta del tiempo, si no me preguntan por qué, lo sé; si me lo preguntan, ya no sé. Seguro, si leyeras esto harías una mueca y pensarías que aquí voy de nuevo, citando textos religiosos o libros que para ti leerlos era una pérdida de tiempo, recordando tus sermones de cómo la literatura es inútil, que nadie piensa como se escribe, que la poesía es ridícula, y yo, yo citando a Proust a propósito para que después me dejaras en visto mejor.

A veces me arrepiento de esas horas gastadas en literatura y cine; otras veces me arrepiento simplemente de todo; pero otras, la mayoría, me alegra no haber seguido ningún camino y simplemente lanzarme al río, ese siempre móvil camino, y dejar que mi cuerpo fluyera. Es aquí donde mencionaría tal vez a Borges, seguido de algún texto budista, y harías una mueca de nuevo.

Menciono todo este preámbulo literario porque tiene qué ver con el sueño, en el cual estaba de nuevo en tu fiesta de graduación. La locación, sin embargo, era un edificio en obra negra, como una metáfora barata de mi subconsciente acerca de nuestra amistad como una construcción yendo en reversa. Todo lo observaba yo como una obra de teatro que nunca rompía la cuarta pared para dejarme entrar; todo parecía un tanto lejano, como en un escenario y yo en un balcón. Las caras que resultarían familiares parecían más bien extrañas, como un déjà vu, como leer con miopía una palabra que parece conocida. Sabía que hacían ruido por sus ademanes, sus movimientos como si bailaran, pero yo sólo escuchaba silencio y pensaba en dormir la siesta, lo cual hice. Lo curioso es que me disponía a ir a dormir a una habitación amueblada que encontraba en el edificio en obra negra y sin habitar, y dicha habitación era una réplica de la de aquel primo con quien también perdí contacto, con quien ahora me saludo de forma tan formal como un par de extraños. El siguiente elemento absurdo del sueño, como si lo demás no bastara, dormía en mi propio sueño.

Al despertar, tomaba mi teléfono y comenzaba a leer el epub de Paradiso que recién había descargado. Leía y al mismo tiempo buscaba fragmentos para definirte amistad a través de Cemí, Fronesis y Foción pero entonces me di cuenta de que esta práctica comenzaba a formular una ecuación con distintas personas… y ninguna de ellas eras tú. Yo buscaba la realización de la literatura como acto exhumador pero tú eras el sepulturero.

Después noté que entre más alejado de todos, su barullo se hacía más audible; y en mi soledad pensé en regresar a la fiesta, pero supe que sería inútil pues tan pronto me acercara, ellos se tornarían ante mi percepción extrañas sombras mudas, como en L’Année dernière à Marienbad, siendo tú la única persona que mi memoria reconocería, pero estabas siempre ausente y yo siempre escondido — al menos hasta que entraste en la habitación donde yo estaba a decirme que si no me sentía cómodo, podrías llevarme a mi casa, lo cual acepté.

El camino fue una playlist con canciones que aún asocio contigo, aunque no quiera, aunque a decir verdad, la huella que dejaste en ellas se desgasta cada vez más y el eco de las risas, interludios entre amistosas melodías, se debilita entre las paredes que se han construido en el tiempo y el espacio. Lo que sí quería era que como antes, me preguntaras qué tenía, por qué estaba tan callado para así poder preguntarte yo por qué habías hecho todo eso que hiciste, tratarnos así, de forma tan nefasta a todos los fantasmas de tu vida pasada; por qué actuabas como alma ascendida del purgatorio a un paraíso ilusorio. Quería al final, al bajarme del auto, que dijéramos ambos te conectas, haciendo alusión al messenger, pero todo aquello me pareció entonces un ritual hacia vidas más distantes que la consciencia ya no podía alcanzar. Al final del camino yo llegaba a un lugar que reconocía como hogar, como un lugar en el que no te quedarías, y nuestras sonrisas eran de melancólica satisfacción: un suspiro tras finalmente poder decir adiós y al mismo tiempo una resignación a la gran posibilidad de que seguramente no nos volveremos a ver.

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