Del amor y otras apuestas

por Diego Aguilar Quesada.

Se camina por la calle, claro que se sabe qué es el amor pero el intento mismo de definirlo con una palabra, una oración, sería realmente absurdo. El amor es el amor, cada quien que lo vivirá a su manera. Entonces imaginémoslo de la forma más cliché posible. Vemos algo bello, se detiene el tiempo, en ese momento nos damos cuenta de que nuestro mundo parece todavía más carente, más vacío, pero ahora sabemos qué es lo que le falta e irónicamente está a unos metros de distancia. Conocerlo a profundidad, saber qué es, de dónde viene, el conocimiento nos permite apropiarnos de los objetos, en este caso nos permite estar más cerca de ese objeto que deseamos, el hecho de conocer algo implica la apropiación del mismo. Pero ¿cómo se conoce algo nuevo, algo que acabamos de toparnos? Ese segundo en la calle se ha quedado grabado en el tiempo, solo nos queda suponer, intentar darle un nombre a ese objeto, bautizar ese momento. Como si fuera una historia le damos una estructura, un armazón, de alguna manera tendremos que defendernos ante la realidad, de blindar este recuerdo del olvido. Le damos un mote provisional, suponemos cómo llego ahí en ese día tan como cualquier otro que el amor transmutó en uno excepcional. Puede ser que ahora sea más agudo el faltante en nuestro ser, pero al menos ya conocemos su realidad intima. Esa criatura que nos obnubiló se vuelve mítica.

Los mitos, empujados a la categoría más baja de la jerarquía de “formas de conocer al mundo” a manos del positivismo y las sectas new age, al punto que son utilizados en el lenguaje popular como un sinónimo de un engaño o una mentira, son la forma primigenia de aprehender el mundo. A través de reestructurar la realidad, metaforizando, encontrando símiles, tropos verbales, podemos encontrarle un sentido, podemos aproximarnos sin que lo Real se espante y se vuelva a meter a la caverna. Dándole esa forma a la cotidianidad, esa cualidad tangible, logramos acercarnos a los objetos que no comprendemos. Pero rápidamente nos damos cuenta que la imaginación no es suficiente, la distancia física nos plantea una barrera que burla la fantasía, e intentamos acercarnos.

Nos adelantamos por la calle, esta vez más rápido, hay algo intencional en nuestros pasos, la balanza mental le dio positivo al riesgo de acercarnos y enfrentarnos al objeto de deseo y a todo lo que esto conlleve. Pero la interacción entre nosotros y los objetos (en este caso, los sujetos), implica una conexión entre posiciones y opiniones distintas, que son expuestas y ponderadas, para al final dan un resultado: números verdes o rojos. Pase o deténgase. Lo quiero, la odio. La aproximación al objeto ahora es un gesto transaccional, una búsqueda de acuerdos o la cruda aceptación mutua de un no-acuerdo, gracias pero no gracias, nos sos vos ni yo, somos los dos. Al igual que en un discurso dialéctico donde se contraponen las opiniones -las expectativas- la realidad o no de ser el objeto deseado de nuestro objeto de deseo (la reciprocidad del amor, tan sublime y frágil, pero a veces tan ausente), que ese ser querido vea en nosotros la chispa que le falta a su chimenea, la pieza que le falta a ese rompecabezas de mil piezas, el yang de su ying o viceversa, termina siendo la posibilidad de una síntesis, dígase de un romance o de un final feliz. Si es que existen los finales.

Pero entonces no queda más que afirmar que el amor como acto implicaría una apuesta, un salto de fe. Ya que nunca es claro lo que pasará, la fortuna, como en las tragedias griegas, no ha dejado de estar ahí: su ciega justicia y consecuencias desmedidas perseguirán incansables nuestra existencia (o al menos nuestra existencia en este mundo). Pero al amar conocemos, y al conocer corremos un gran peligro. La ignorancia permite el no saber y el no saber permite la vida. Nuestra existencia misma como individuos es un regalo de la ignorancia: el no saber cuándo se acabará nuestra suerte, cuándo los augurios nos serán adversos, ese momento en que seremos presas de nuestra mortalidad. ¿Cómo sería una vida que desde el inicio supiera su fecha de expiración? ¿No es la ignorancia de nuestra inevitable muerte la que permite que podamos enfrentarnos a los días? El amor -tan violenta apuesta- sería una locura si en el momento de soltar las fichas tuviéramos en mente la verdad: que nada dura para siempre. Pero mientras más conocemos y más nos arriesgamos a las desventajas que esto puede significar, tal vez lo que en algún momento fue un misterio ahora es claro, notamos que nuestro deseo por el objeto no es suficiente, entendemos que estar juntos implicará tanto sufrimiento como alegría y placer. Y en ese momento vemos completa la tragicomedia de nuestra historia, después de ese momento lo que sea que ocurra, la separación o la permanencia implicaran motivos desde el conocimiento y no la ignorancia. ¿Qué elegiremos entonces?

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