El Sentido. Parte I.

por Arturo Alvarado Hidalgo.

Comer es placentero, comer es importante. Es tan importante que lo hacemos todos los días y más de una vez y tan placentero que estamos dispuestos a pagar más por la esperanza de extasiar nuestro paladar. Pero comer está relacionado con un tema de seguridad. De seguridad nacional para los estadistas, y de seguridad individual para este relato. Un piloto despega una aeronave con el principal objetivo de llevar a sus pasajeros a su destino de forma segura, su prioridad es que estos bajen del avión con la misma vitalidad y con el mismo número de extremidades con que se subieron. Probablemente con las mismas deudas, el mismo vacío existencial, con las mismas dolencias, pero no con más. Habiendo asegurado la seguridad del vuelo, el piloto podrá tomar decisiones basadas en el confort de los pasajeros. Intuyo que un cocinero es parecido, la prioridad tiene que ser la seguridad de los que comen; que los distintos virajes que sucedan en la cocina no propicien una intoxicación producto ya sea de bacterias, químicos, pelos o quien sabe que otra criatura del Señor. Ya asegurado este importantísimo factor el cocinero procederá a dar lo mejor de sí para deleitar a las demandantes papilas que le esperan.

Me visitan estos pensamientos cuando recuerdo aquella vez que enfermé del estómago. Aunque no puedo determinar con certeza la causa de mi convalecencia, coincidió con mi osadía de ponerme a cocinar. Nada complicado, vivía en China y ahí abundan las extravagancias y en el supermercado lo único que buscaba era lo más familiar y fácil de preparar. . .

Empiezo con esas incómodas pasadas que acechan sin importar donde se encuentra uno, que llegan sin avisar, pero avisando la urgencia por encontrar un baño. Pueden arremeter por igual al afortunado que se encuentra en su morada, al que viaja en un bus, o al que cruza la cuerda floja en un circo. Yo ni tan dichoso ni tan desafortunado me encontraba caminando en medio de un viejo hutong pekinés. La primera evaluación en el protocolo es la de si se cuenta con el tiempo y la velocidad suficientes para regresar a casa o si por el contrario hay menester de encontrar un baño público; una evaluación análoga al piloto que debe decidir si cuenta con la gasolina suficiente para cambiar su ruta en caso de mal clima o si por el contrario necesita aterrizar cuanto antes. En este caso la urgencia era implacable, la alerta, roja. Mi destino original era llegar a un estudio en Fangjia hutong, donde me habían encargado la edición de un video. Fangjia hutong está cerca del Lama Temple, es un área de arquitectura tradicional por lo tanto con baños tradicionales.

Los baños de hutong son una joya turística para el que busca lo exótico. Los inodoros son un artefacto occidental, porque para los chinos el acomodar las nalgas en una taza en la que cientos de personas las reposan es una cochinada, las nalgas deben ir en el aire, el soporte son las propias piernas flexionadas en una posición demoniaca. En el suelo hay un canal por el que pasa el agua. Acuclillados/suspendidos sobre ese canal socializan seres humanos unos junto a otros depositando lo que a sus cuerpos ya no les sirve, sin paredes y sin división de algún tipo. Y esa mañana a mi no me quedó más que unirme a esa actividad primordial e íntima que ahí era ordinaria y social, cagar en equipo. Estaba yo hombro a hombro con otros varones que leían el periódico o que simplemente se concentraban en el esfuerzo de la tarea. El tabú se derrumba, el mito cae, ¿defecar no era vergonzoso? Pero aquí ya no lo era, al menos no para los usuarios de este baño. Nadie salvo yo, sentía necesidad alguna de taparse, nadie tosía para disimular el sonido de los fenómenos fisiodinámicos involucrados, hasta recuerdo que no faltaba quien sin ruborizarse demostrara con cortos gemidos lo complicada que se le estaba volviendo la tarea. Yo más bien timorato, no tuve otra opción que entregarme a la orquesta del mundo natural que se expresaba como el inesquivable devenir universal y que me unía al colectivo, a una forma diferente de percibir el cuerpo y la desnudez, ¿no somos todos iguales? Talvez eso depende de en donde estemos.

Era solo el comienzo de mi convalecencia, tuve que devolverme a mi apartamento apenas terminada la faena, porque como espada de Damocles pendía la inminente amenaza de que mi estómago reincidiera en sus caprichos. Ya en casa, el dolor volvió a atacar, los escalofríos me abrazaron. ¿Qué hice mal? Traté de recordar momentos en los que hubiera omitido algún detalle importante como lavarme las manos, comer en algún restaurante de mala pinta (la verdad los frecuentaba), pero no podía puntualizar el momento en que contraje la enfermedad, (¿quién puede? A veces ni siquiera el penitente con sida.) La calentura empezó y no quiero exagerar porque hay quienes padecen o han padecido situaciones más serias, pero la verdad la estaba pasando muy mal. Cuando los temblores arreciaron empecé a usar el termómetro con frecuencia y como réferi ansioso que espera al minuto 90 para dar el pitazo final, al momento justo en que el termómetro alcanzaba los 40, me puse las tenis y salí a la calle a tomar un taxi que me llevara al hospital.

Mientras temblaba en el taxi pensé en mi miedo a los aviones, y pensé en mis patéticos intentos por cocinar; talvez no había freído el pollo correctamente, no se… nunca había cocinado en mi vida; yo pensaba que era fácil. No hay mayor muestra de autonomía que proveerse de los propios alimentos, de poder responsabilizarse del propio ciclo vital, ¿no es esa la diferencia entre un adulto y un niño que depende de alguien más para mantenerse vivo?. Fracasaba en mi intento de volar.

Esta es la primera de dos partes.

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