¿Escribo lo que quiero decir?

Sigo leyendo Los 1,001 años de la lengua española, de Antonio Alatorre

Acostumbro escribir lo que pienso, aunque la mayoría de las veces pienso sin escribirlo: no tengo tiempo. Escribir es una actividad que practicamos muy poco, fuera de nuestras obligaciones funcionales, como redactar un mensaje rápido, hacer la lista de compra, escribir una felicitación de cumpleaños. Eso nos impide identificar, de propia experiencia, la dificultad de expresar un pensamiento, o combinar dos ideas, o resumir una trama; preferimos hablar y platicar improvisando, pues de esa manera las fórmulas y los lugares comunes se notan menos y sirven más, amén de que podemos corregir y reiterar una idea hasta el límite de la paciencia de nuestro interlocutor.

Leí en voz alta el párrafo anterior y mis vecinos de mesa me acusaron de censor. Una de las experiencias más entrañables que he tenido en mi vida de lector, me sucedió con el libro Los 1,001 años de la lengua española, del filólogo mexicano Antonio Alatorre (1922–2010), cuyo inicio es una hermosa retahíla de cómo una expresión común (“el olor de la rosa”) ha traspasado el tiempo y hoy está presente en casi todas las lenguas de la rama indoeuropea con una enorme semejanza entre sí.

El filólogo mexicano Antonio Alatorre, autor de “Los 1,001 años de la lengua española”. Fuente: Revista de la Universidad de México

Mi primer asombro fue darme cuenta de que la única manera de comprobar esa afirmación es recurriendo a los documentos escritos de las lenguas derivadas de la madre indoeuropea, que se hablaba hace seis o siete mil años en una zona de Europa o de Asia que nadie ha sido capaz de precisar.

Mi segunda sorpresa fue darme cuenta de que una lengua se transforma muy rápidamente en el tiempo: quizás para una vida sea imperceptible ese cambio, pero no para dos o tres generaciones. Siete mil años son muy pocos para la existencia humana, que se cuenta en un millón de años como especie aparte. Esa transformación implica cambios de significado de las palabras, nuevas reglas sintácticas y de ortografía, incorporación de palabras provenientes de otros idiomas… porque, en síntesis, el cambio en la lengua es el reflejo de la transformación del pensamiento de sus hablantes; nuestros héroes, nuestros valores, nuestras ideas cambian, y por ende requerimos nuevas formas de expresión.

Fragmento de “Los 1,001 años de la lengua española”.

Me río de los puristas que se escandalizan por la adopción de extranjerismos al español de México, sin reparar en la colonización del español en territorios extranjeros, como el de los Estados Unidos de Norteamérica, por solo citar un ejemplo. La lengua no es propiedad de nadie en particular: la lengua es de todos, y como todos, se expande en los territorios donde le es propicio.

Pienso en ello mientras me preparo a responder los correos electrónicos del día. Y me pregunto: ¿estoy diciendo lo que quiero decir?