Bibliotecas personales, lecturas de vida

Porfirio Hernández
Sep 7, 2018 · 3 min read

Gustos y aficiones descritos en el orden de nuestras lecturas

Fuente: Dónde ir

La biblioteca personal de un lector es más que un compendio de libros; si se observa con detenimiento y se interpretan los rasgos de uso de esos libros, ordenados según uno o varios criterios, esa biblioteca es el mapa de la formación intelectual y sentimental de su lector principal, porque así como no hay libro valioso si no tiene un lector que le otorgue esa cualidad, tampoco las bibliotecas tienen alguna cualidad formativa sin los rasgos afectivos perceptibles en el acomodo, clasificación y uso de sus dueños.


La biblioteca personal es un complejo y dinámico sistema de referencias intertextuales; con cuánta pasión atesoramos y releemos, por ejemplo, el volumen de obras completas de un autor, y con cuánta indiferencia se mantiene en un último estante el regalo de quien creyó elogiarnos con un libro alejado de todo interés propio, tras asumir que ser lector significa leer a tabula rasa todo lo que se nos regala…

Las bibliotecas de amigos son también irisadas constelaciones de lecturas. Hay quienes se intercambian libros y al final ya no saben de quién es cada ejemplar ni dónde está exactamente el más reciente objeto de intercambio, pero en el recuento de sus lecturas pervive la experiencia de este o aquel libro, de tal o cual autor, en gastados recuerdos de apasionadas horas entre páginas… Y si a ello agregamos las marcas al margen, las anotaciones, los subrayados, improntas de una vívida experiencia, encontraremos el múltiple y continuado trazo de afinidades mentales y aversiones, ciertos pasajes personalísimos que no volverán jamás a repetirse en la vana reseña de un nuevo repaso.

Todo esto viene a cuento por la publicación de un extraordinario artículo del novelista Diego Erlan publicado en La Nación de Argentina, dedicado a las bibliotecas de autor y su azarosa vida después de la muerte de su dueño; un erudito recuento del destino de las bibliotecas de Ricardo Piglia, Horacio Tarcus, Roberto Arlt, Victoria Ocampo, José Bianco y Juan José Hernández, Leopoldo Lugones, Alberto Girri, Basilio Uribe…

El mencionado artículo es también una lamentación justificada en torno de la ausencia de una política pública en la República Argentina que garantice el resguardo de esos tesoros bibliográficos y documentales como un bien nacional digno de ser estudiado y valorado en sus dimensiones estética y social, pues representa los itinerarios de una vida dedicada a la creación.

La misma pregunta puede formularse en México, pues salvo casos excepcionales (las bibliotecas de Agustín Yáñez, Antonio Castro Leal, Alí Chumacero, Abraham Zabludovsky, Carlos Monsiváis, Jaime García Terrés, Jorge González Durán, José Luis Martínez, Julieta Campos y Enrique González Pedrero en la Biblioteca de México, y de María Elvira Bermúdez en la Biblioteca Central de Toluca), no hay una norma de resguardo de las bibliotecas personales en los espacios públicos. Vagan a la deriva esos libros tan preciados por sus autores, huérfanos ya del apego de sus resguardatarios originales… Qué pasará con esas bibliotecas, verdaderas hojas de ruta de una travesía personal, que se desmembrarán para siempre en las espesas librerías de viejo, a la espera de un lector gentil, un avezado descubridor de maravillas, desconocido aún…

 by the author.

Porfirio Hernández

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Leo y escribo en Toluca, México. Me interesa divulgar las manifestaciones de la cultura de mi ciudad y conversar sobre ello.

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