Un espacio inusual con mucho por descubrir

Por Matías Tojter

La Menesunda ofrece una estructura laberíntica que permite adentrarse en situaciones y ámbitos poco comunes. Para quienes no sienten con naturalidad una visita a un museo, la experiencia puede resultar atrapante. Es una vivencia que debe disfrutarse con paciencia. No se debe pasar con apuro ya que, como cuentan los guías antes del inicio del recorrido, no hay posibilidad de volver atrás. Lo que ya se vio, se vio. No existe chance de retomar el camino ni de comenzar de cero una vez que todo está en marcha.

Son once salas que permiten meterse en situaciones disparatadas y poco comunes. Quizá, de eso se trate la experiencia. Cuando se ingresa, se plantea la duda sobre lo que uno encontrará cuando inicie el recorrido, que no tiene límite de tiempo y que debe hacerse individualmente. Una vez que se está dentro, sólo se debe mirar hacia delante y dejarse llevar por lo que vendrá: distintos espacios cúbicos y triangulares cubiertos por distintos materiales que generan estímulos en el visitante.

En el comienzo del recorrido, quien no conoce por dentro la obra de Marta Minujín espera por cuadros e imágenes que resalten su arte. Sin embargo, todo cambia cuando al bajar unas escaleras, dos jóvenes de unos 25 años cada una ofrecen una sesión de masajes para los hombres, y un set de maquillaje para las mujeres. A partir de allí, cambia la óptica del visitante, y más aún si este se permite ingresar con un compañero de la facultad que conoce tan poco de la temática como quien escribe estas líneas.

Al final del camino, la sensación es que el objetivo de la obra está cumplido: sensibilizar y sorprender al participante a través de situaciones que le son ajenas a la vida cotidiana. Es, al fin y al cabo, una provocación y un desafío para la persona que no conoce sobre la temática. Sacarla por algunos minutos de su dinámica diaria y adentrarla en un mundo en el que cualquier cosa puede ocurrir.