Mario Arenas ©-Postscript LLI

Colombia y el conflicto

A propósito de los diálogos de paz y la situación que vive el país en términos de superación del conflicto, he tenido ciertas experiencias que he extrapolado con esta situación, pensando y observando cómo el pueblo ha vivido y vive esta historia de conflicto. He tenido la oportunidad de viajar recientemente por el país y fuera de él, ocasión que aproveché para preguntar a algunas personas sobre su percepción. Me encontré con muchas opiniones, desde las más desinformadas de las personas poco involucradas, como los que conocían de cerca el conflicto y las terribles historias que suelen acompañarlo. En mi viaje llegué a una conclusión clara: Todos en mi país viven con miedo.

Los comentarios que escuché con más frecuencia incluían casi siempre lo peligroso de viajar en un país en guerra como Colombia, de cómo al menor descuido algún ser indelicado podría hacerme daño; recibí decenas de advertencias, algunas historias terribles y sinceras muestras de preocupación, pero lo más sorprendente de todo, un hecho que no sólo me dejó perpleja sino que me hizo reconsiderar cualquier conclusión apresurada que pudiera hacer, fue que todas y cada una de las personas a las que conocí fueron increíblemente amables conmigo, ofreciéndome siempre su ayuda en lo que podían, y por supuesto, preocupándose también por las venturas y desventuras que pudiera traer la locura de viajar sola por Colombia.

Al cruzar la frontera, supe que mi país era un lugar hermoso, me di cuenta de que los colombianos estamos hechos de buena madera, que hemos resistido décadas de conflicto armado y una fuerte cultura de violencia, pintada con la sangre del narcotráfico y los grupos armados al margen de la ley que a veces son conformados por miembros pagos del gobierno, quienes sin misericordia masacraron cientos de ciudadanos y le dieron así fama a Colombia de uno de los países más peligrosos y violentos del mundo. Con esta fama en los hombros me aventuré a un país vecino, y descubrí que la malicia indígena que tan bien conocemos en nuestra cultura parece intrínseca en nuestras personalidades, y es a esta maldad a la que otras culturas le temen; me sentí yo misma como la posible perpetuadora de algún mal, más que en el peligro de ser alguna vez dañada. Pero esta fama nos pesa, porque aunque nunca tuviera yo la intención de dañar a nadie, sí sentía con frecuencia la inseguridad de la discriminación que por ser colombiana alguien hubiera podido dispensarme, e incluso sentí un par de veces miedo a hablar sobre mi procedencia, miedo irreal que a mi buena fortuna, nunca se hizo realidad. La fama que nos acompaña y la falta de memoria histórica en el país no son gratuitas, los medios de comunicación se han empeñado en ocultarnos las verdades feas y no tan feas mientras difaman con series de narcotraficantes nuestro nombre.

Y a pesar de esto hemos resistido, mantenemos la cabeza en alto y el aguante diario, no sólo hemos resistido años de sangre, olvido, dolor, víctimas, desplazados y toneladas de corrupción, sino que aún nos queda aguante para sonreír y hacer de cualquier ocasión una parranda, aún nos queda solidaridad para tratar con afabilidad a los otros, y tenemos como dicho y mandato popular siempre echar para adelante.

Algún desprevenido podría pensar que el miedo colectivo es infundado y esa violencia de la que se habla es imaginaria, podría encontrarse confundido con la ironía del miedo versus la amabilidad de la gente, pero los colombianos hemos aprendido en todos estos años que nunca se debe confiar del todo, que debajo de la calma la corriente arremete con más fuerza y que es mejor esperar lo malo para que no nos encuentre con los pantalones abajo. De esta manera nos hacemos a una idiosincrasia donde el recuerdo nos traumatiza y nos limita, una cultura donde los niños ven los narcos como ganadores y sueñan con ser como ellos, unos sueños materialistas marcados por la carencia, contrastado con el derroche de una sociedad donde aún los más pobres lucen con orgullo en sus casas grandes equipos de sonido y televisores pantalla grande. Mi hermoso Colombia con su gobierno podrido hasta el tuétano y las personas más felices del mundo.

En mi viaje he concluido que los colombianos debemos tratar con el mismo carácter que nos define esos asuntos de mala organización que aquejan al país, tomar las riendas con nuestras manos y hacernos a una nación que iguale en calidad a las personas, donde todos podamos caminar tranquilos, con el estómago lleno y la vida feliz que este clima tropical nos exige, concluí que debemos negarnos a la violencia, no dejarla entrar de ninguna manera y empezar paso a paso a sacar la ignorancia de nuestras mentes, para en un futuro ideal, sacar con esta nueva consciencia la corrupción de nuestros gobernantes. Supe que debemos todos mirar alrededor y ver el paraíso en el que estamos inmersos, agradecer a la vida por haber nacido aquí y usar nuestras mejores herramientas como individuos para construir cultura ciudadana a nuestro nivel.