Era un martes cualquiera caminando por el campus de la universidad. Estábamos recién llegados del paro navideño. El año 2010 era algo completamente nuevo para nosotros. Caminaba por la universidad en camino a casa luego de una clase vespertina y, de repente, veía cómo miles de estudiantes corrían asustados abandonando los salones de clase de todos los edificios del recinto. Yo, que caminaba en una ciudad a unos 438 kilómetros del epicentro del sismo, no pude sentir del todo los efectos de aquel desastre natural, que terminaría siendo más que sólo eso, pero mi vocabulario no tiene una palabra apropiada para describirlo.
Aquel 12 de enero, un día cualquiera, según lo que yo creía, cambió para siempre la historia del país que ocupa la otra parte de la isla en la que vivo. A las 5:53 PM, siendo exacto, dato que pude averiguar luego en las redes, el terremoto más grande jamás registrado en la historia de Haití cambió la vida de millones de personas, incluida la de algunos de mis colegas universitarios, cuyos familiares perdieron sus pertenencias, sus hogares o hasta sus vidas.

Nunca podré olvidar la cara de casi todos mis amigos haitianos cuando los visité esa noche en la casa donde usualmente se reunían a jugar póquer. Nunca, que recuerde, había abordado a alguno de ellos sin sacarles una sonrisa en pocos segundos. Ahora, 7.0 Mw después, la circunstancia era una de las peores experiencias que he vivido; mis amigos llamaban sin cesar a sus casas, tratando de saber algo sobre sus familiares y esto, por razones obvias, sin resultado. No estoy de seguro de qué pasó a partir de allí, pero sé que, al día siguiente, con ayuda de muchos de nosotros, sus compañeros, reunieron algo de dinero e hicieron el viaje a sus casas. Al regresar, claro está, eran otras personas. A algunos aún no los he podido contactar, casi 5 años después, y a otros los veo y, a sabiendas de los que pasó, no tengo fuerzas para decirles cuánto lo siento y cuánto quisiera poder ayudar, pero el daño es irreversible.
El 12 de enero del 2010 fue el comienzo del acto de solidaridad más grande jamás presenciado en la República Dominicana. La frontera entre los dos países de La Española experimentó un nivel de actividad jamás visto en la historia de las naciones y estoy seguro de cada dominicano puso su grano de arena para ayudar a levantarse, aunque sea a medias, a un Haití más golpeado de lo que siempre había estado.