Tolerancia cero

El edificio donde vivo está a muy pocos metros de una ciclorruta. Y justamente venía caminando por ahí, porque es un espacio compartido con peatones.
De repente noté que detrás venía una moto, de esas que tienen toda una vía para circular. Me separé un poco de mi acompañante para decir corporalmente “este espacio no es para vos”. Ella me dijo que le diéramos permiso y yo respondí con un tono de voz normal: “esto no es para que pasen motos”. 
No sé cómo hizo el conductor de la motocicleta, pero me escuchó y fue como si con esas palabras hubiera provocado toda su furia. El tipo empezó a insultarme, a descalificarme. Me trató de “loca”, como si ese fuera el peor agravio. Con gritos me retó a pelear. 
No respondí. Ni siquiera volteé para verle la cara. Seguí caminando y recibiendo insultos. 
Cuando llegué a la portería el vigilante me preguntó qué había pasado. Le conté y me dijo: “son conchudos, tras de ladrón, bufón”. Me sentí respaldado. 
Pero ese sentimiento se derrumbó rápido. El vigilante agregó a su indignación: “por eso es que uno no puede andar con una pistola, porque le dicen a uno todas esas cosas y uno se voltea y mata a un man de esos”. No dije nada.
Llegué al apartamento confundido. En cuestión de dos minutos viví las dos caras de la intolerancia. Insultos y amenazas por un reclamo como ciudadano, y justificaciones de homicidio por recibir esos vituperios.
Ojalá los ciudadanos del común pudiéramos sentarnos en una mesa a dialogar, hacer acuerdos y de verdad vivir en paz.