Plumas color carmín

Se juntaron por la mañana a presumir, como de costumbre, los dos amigos. La lagartija, a orillas del lago, repetía siempre la misma panegírica oda a sus antepasados: “Oh gloriosos dinosaurios, antes que las constelaciones se ensañasen contra vuestra grandeza, erais los más grandes, poderosos y terribles seres de la tierra. Ni si quiera los dioses se atrevían a deambular por los jardines terrestres cuando estabais vosotros, por temor y respeto de vuestra titánica fuerza. Erais los reyes indiscutidos. Pero crecía la envidia de todos y esto no podía durar por largo tiempo. Dicen que fue Artemisa la que, cansada de no poder cazar en paz, pidió a su Padre de haceros polvo. Y de ese polvo, con el tiempo, surgimos nosotros, las pequeñas rémoras de ese glorioso pasado. Nacimos para recordar lo que algún día fuisteis y, si los dioses se apiadan de nosotros, lo que en un futuro seremos otra vez. Al menos aún conservamos nuestra belleza, como promesa de que creceremos, poco a poco, hasta volvernos gigantes, y así dominaremos el que antaño fuera nuestro reino”.

El pez azul, que lo escuchaba con atención y una santa paciencia, tomó la palabra y pronunció su también acostumbrada respuesta cargada de sarcasmo: “La tierra, ¡ja!, ¿Qué es la tierra? La parte más ínfima de este paraíso. Un grano de arena en comparación con las infinitas aguas, cuyas profundidades inabarcables esconden todavía las creaturas más hermosas del cosmos, creaturas que ningún ojo ha todavía contemplado. ¿Nuestros antepasados? Bastaría decir una palabra: Leviatán. ¿Su fuerza? Los dioses nunca pudieron con él. Pura potencia, puro caos, era capaz de reflejar la voluntad divina. Dicen que incluso Poseidón cada año pactaba con el monstruo por temor a que destruyese su reino. ¿Mis parientes? Aunque han perdido su fuerza titánica, conservan su grandiosidad. ¡Observad, nada más, a la ballena azul! ¿Qué ser en la tierra puede competir con su majestuosidad y grandeza? Sí, llegará un día en que los perennes glaciares se derretirán y todo será agua otra vez, como en los días del diluvio. Entonces creceremos hasta volvernos gigantes y reinaremos.”

Así se pasaban la mañana los dos minúsculos amigos: pavoneándose de lo lindo, mientras a lo lejos, en cambio, un pequeño pajarito de color ceniciento posado en la rama de un almendro, escondido y avergonzado, los escuchaba. No se atrevía ni siquiera a acercarse mucho, pues se decía: “Si luego me ven y me preguntan: ¿quién soy y cuál es mi pasada grandeza? ¿qué les diré? ¿qué dignidad tengo yo? ¿Qué sangre azul o título nobiliario que me acredite? ¿Mis antepasados? No creo que pueda estar emparentado con ninguna de las legendarias aves que alguna vez surcaron los cielos de esta tierra. ¿El fénix, tal vez? ¡Ja! Ni siquiera una pluma de color tengo, y basta un poco de sol para encandilarme. Soy todo gris, como las cenizas, eso es cierto, pero de ahí a renacer de ellas danzando con las alas encendidas en ardientes llamaradas, hay mucho trecho. Soy pequeño, como las hormigas, y para colmo le tengo miedo al fuego. Ah, bueno, para coronar esta maratón de problemas, a causa de mis complejos e inseguridades se me hace un nudo en la garganta que no me deja cantar. Apenas encuentro las fuerzas suficientes para articular un chirrido oxidado que, por sonido, me asemeja más a las pobres cigarras enfermas que al ruiseñor. Este mi chirriar con las justas me sirve para proteger mi humilde ramita, que es todo lo que tengo: mi territorio y hogar. En fin, soy nada, valgo nada y nada tengo ofrecer ni que esperar”.

Así se encontraba la pobre avecilla, sumergida hasta ahogarse en sus tantos, y tontos, pensamientos, cuando, impulsada por una imprevista ráfaga de aire caliente que la azotó por detrás (cosa que tomó como algo providencial), se echó a volar para perderse en la inmensidad celeste del espacio. Se lanzó, por una inexplicable inercia, en raudo vuelo, y buscó subir lo más alto posible, acaso para despejarse su mente y olvidarse de todo, y de todos (especialmente de sí misma), acaso para superar los confinados espacios del firmamento, y así llegar donde el límite se trueca en confín, gracias al traspaso que se da entre el suelo y el cielo, abriendo una brecha hacia el paraíso.

Subió y subió el pajarillo, lo más alto que pudo y, cuando hubo ya superado todas sus fuerzas, subió todavía un poco más. En cada nuevo impulso, que le parecía el último, se repetía para motivarse: “si me empujo tan solo un poco más lograré acercarme lo suficiente al Olimpo, a una distancia que le permita a los dioses oír mi canto. Entonces lanzaré mi último chirrido. Sí, les trinaré con mi existencia entera, para que conozcan mi lamento y se apiaden de mí. Si es necesario incluso haré estallar mi corazón. ¿Quién sabe si quizá alguno de ellos se compadece, me acoge en su casa y así me bendice, participándome la gloria de su divinidad? Si en cambio me rechazan, al menos sabré que lo he intentado todo, estaré seguro de que mi vida no tiene más remedio ni sentido y podré morir en paz. Me dejaré caer en picada para hundirme en las profundidades de la tierra donde pertenezco, porque soy gris como el polvo y al polvo he de volver”.

Proyectándose y elevándose gracias a sus inflamados deseos, subió y subió nuestro pequeñín, con un arrojo aquilino que parecía desafiar las leyes mismas de la gravedad. Tiempo y espacio, parecían dilatarse ante su su mirada. Sin embargo su vuelo ágil y lleno de brío al inicio, se volvió duro y pesado como el acero, al final, pues a medida que se acercaba al sol, se le hacía poco el oxígeno y el calor empezaba a rostizarle el cuerpo. Además, hace rato que se le habían encandilado los ojos. El pobre, a duras penas, podía ver algo, y de nada le servía tratar de aguzar la vista exterior. Aún así, la empecinada avecilla prosiguió a ciegas sus camino. Entre las densas nubes que se estaban formando en el cielo batía sus alas con una tenacidad tan desgarradora que con cada batir era como si todo su cuerpo se le partiese en dos. Sus alas parecían encenderse a causa de la fricción, y su ardor era tan grande que, por ratos, su vuelo se asemejaba al de las míticas aves de un remoto pasado. Hasta las nubes y el viento se arremolinaban entorno suyo en forma de tornado, para animarla e impulsarla. Acompañaban su vuelo como manifestación de su estupor. Pero el entusiasmo no duro mucho. Ni con toda la ayuda del mundo habría podido romper la última barrera de la inflexible materia que, en un determinado punto, tuvo que recordarle al avecilla el poder de su jurisdicción. “Vivimos en un tiempo donde la creación aún gime con dolores de parto”, le recordaba su madre, cada vez que lo escuchaba hablar arrobado de las aves divinas que habitaron el paraíso. “Gemirás ahora conmigo, oh cosmos, y me darás a la luz”, exclamó como respuesta a sus recuerdos nuestro amigo y, retomando un poco más de fuerzas, se echó de nuevo para adelante, porque atrás lo llamaba la muerte.

La contingencia de su frágil cuerpecillo se imponía como una muralla inexpugnable, contra la cual su sed de infinito parecía no poder hacer más que estrellarse. En su desesperación, cerró con fuerza sus ojos para contemplar al menos la luz de su interior y, dando alocados aletazos para todos lados, continuó entre luces y sombras, subiendo en espiral hacia el Olimpo. Volaba de una manera que nadie podría explicar, giraba como una mariposa extasiado por la locura. Entonces, de golpe, el sol se escondió detrás de la luna y, en un dos por tres, el día se le volvió noche…una noche oscura. “La escalera que lleva al paraíso es una escalera disfrazada”, le dijo su padre, cuando murió su abuelo. No sabía bien porqué, pero ahora sus palabras le hacían mucho sentido.

Extenuado ya de luchar contra lo imposible y viendo que se encontraba bastante alto, trató de cantar con sus últimas fuerzas. Pero no hubo respuesta. Volvió a trinar otra vez, pero nada. Lloró una última vez, y solo se oyó un silencio sepulcral. Así, pues, entendió que la muerte lo llamaba y, sin más, expiró. Se dejó caer en el abismo.Quiso al principio mostrarse valiente, pero al final no pudiendo aguantar más, comenzó a llorar y exclamó: “¿dioses míos, dioses míos, por qué después de crearme, me habéis abandonado?”. Cayó y cayó, sin esperar respuestas, ni nada en cambio. Abrió tan solo sus ojos por última vez, de par en par, para arrostrar y abrazar con toda libertad la profundidad de la nada. Abrió también de par en par su corazón, para amar el polvo que ahora lo esperaba. Y de la nada, con sus ojos lacrimosos, como si se tratase de un espejismo, vislumbró a la distancia lo que parecían tres árboles y pensó: “Debe ser el último consuelo que me regalan los dioses. Me dejaré caer en el árbol del medio, así al menos moriré cobijado entre sus ramas y evitaré que los coyotes se coman mi pobre cuerpo”. Calculó la distancia con precisión y, a medida que se acercaba a la tierra, abrió un poco su ala derecha para modificar ligeramente el curso de su caída. Luego cerró sus ojos y se abandonó por completo. Era cuestión de segundos para que hiciese contacto con las duras ramas del árbol que había elegido como tumba. Cuál fue su sorpresa en vez, cuando, al estrellarse, rebotara contra lo que le pareció un blando colchón de hojas. Cayó inconsciente en el suelo sin rasguño alguno. Al cabo de unos minutos, se reincorporó todavía un poco aturdido. Le ardían mucho los ojos, por lo que contempló, no sin gran fatiga, lo que creía fuese otro sueño: los árboles adquirían poco a poco forma humana. Sueño que parecía adverarse, pues ahora no solo los veía, sino que también los escuchaba hablando entre ellos. Apenas hubieron acabado de hablar, el árbol del medio se dirigió al pequeñín: “Escucha hijo mío, ahora me traspasarán, y podrás cobijarte en mi costado, y podrás beber de la sabia que de mí brota”. Dicho esto, esto, el pajarito sin entender bien qué estaba sucediendo vio, entre luces y sombras, un destello metálico que golpeó con fuerza el árbol, perforando su costado. El animal pensó que era un signo del cielo. Tal vez está era la respuesta que los dioses daban a sus tristes lamentos. Sin dudarlo, voló hacia el hueco que se había abierto e, introduciendo en él su cabeza, se cobijó y bebió de su sabia, que extrañamente le supo a sangre. Sin saber cómo, pasados tres días, recuperó todas sus fuerzas, entonces se alzó y emprendió de nuevo el vuelo para volver a casa.

Aquella nueva mañana, al despuntar del alba, se juntaron a presumir, como de costumbre, los dos amigos. Sin embargo, no pudieron comenzar sus odas, sin notar un intenso color rojo que brillaba entre las ramas del almendro. Se acercaron curiosos y vieron sobre él un hermoso pájaro con la cabeza y el pecho teñidos de un intenso color carmín. “Debe ser un ave legendaria” insinuó en voz baja la lagartija, como temiendo espantarla. “Déjame hacer a mi las introducciones” le respondió el pez, y prosiguió: “Oh ave mistérica y divina, ave del pecho inflamado de sangre. ¿De dónde vienes y quiénes son tus antepasados, de los cuales has heredado tu magnífico color y tu divino talante y dignidad?” El petirrojo sonrió, recordó rumiando lo sucedido en silencio y echó a volar. Ascendió y ascendió a los cielos, extendiendo sus alas en forma de cruz. Los dos amigos lo observaron alejarse sorprendidos y llenos de un extraño gozo, les parecía la epifanía de ese reino pasado y futuro que tanto anhelaban. Ambos se dijeron con la mirada: “Ha vuelto a nuestro hogar”.