Prolijo

Es esta la primera historia que sobre ti se sabe; es, en su extensión, una fantasía. Estoy seguro de que me habría gustado que fuera real, aún en la parte en la que ya no eras tú y decidiste quedarte.

Después de meses, tal vez más de un año (no me gusta llevar la cuenta de todo este tiempo), una llamada encendió mi teléfono celular. En fechas recientes su sonar me estresa y, al parecer, se debe a que no me entusiasma saber qué tienen que decir las personas que me llaman. No esperaba que fuera ella.

Me gustaría poder contar qué fue lo que nos dijimos, pero ni yo lo recuerdo. En realidad, ni siquiera estoy seguro de que hayamos iniciado una conversación. Así es mejor, las palabras suelen quedarse cortas.

Fue cuestión de días, o de unos minutos, pero no más de una vida, y ya estábamos uno frente al otro. Todo lo que había querido decirle en este tiempo era ya irrelevante. Sentados los dos en el sofá mediano, sin decirnos una sola palabra; busqué sus manos y me permitió sostenerlas, como si me confiara su vida entera en ellas. Recargó su cabeza sobre mi pecho y, nadie lo sabía, pero me encontraba abrazando a la mujer más hermosa que he conocido.

Continuamos sin decir absolutamente nada y he de decir que fueron más las veces que la acaricié que las que nos miramos, pues, aunque lo intenté, sólo pude contemplar su rostro con los ojos cerrados, como llamándome para encontrar serenidad en él.

Estaba consciente de que esos momentos durarían alrededor de un minuto o una hora, tal vez un par. Nos preparamos para decir adiós, esta vez sí planeábamos despedirnos.

Se sentó sobre la cama y yo en algún otro mueble frente a ella. Me dediqué a contemplarla y no a cuestionarme su presencia, a tratar de grabar en mi mente sus piernas cruzadas, la posición relajada de su cuerpo, o a verla sonreír nerviosamente al no quitarle la mirada de encima.

Me acerqué y extendió sus brazos; nos miramos y me sonrió. Esa sonrisa fue su manera de despedirse y de pedirme que no la abandonara. Se recostó sobre mi pecho y tuve entonces entre mis brazos en un instante, a un pequeño e indefenso felino.

Ella tomó la decisión de pasar sus últimos momentos ahí. Ni su sonrisa, sus piernas cruzadas, su cabello cayendo por mi pecho, ni sus manos suaves y blancas estaban ya, pero sí su voluntad de pasar el resto de su vida conmigo.

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