Lo que cocinamos transmite, transmite la energía que le ponemos.
Recuerdo perfectamente a mis abuelas transmitiendo distintas emociones a través de sus platos,
de lo que me hacían probar mientras cocinaban, de lo que preparaban por horas, de lo que improvisaban cuando me invitaba a último momento o caía de sorpresa.
Recuerdo los sabores, los aromas…
de mi abuela Angelita las salsas con calamares, las pastas integrales, el pan proteico, las tartas de habas, tantos sabores y tantas comidas naturales… semillas, verduras, almuerzos con el sol en la espalda (porque el sol hace bien a los huesos). Ni hablar de los aromas y los sabores de los frutos que cosechábamos juntas. Ni hablar de los mates, de los yuyos y los remedios caseros.
De mi abuela Alicia recuerdo los sabores bien fuertes… todo era bien condimentado. Recuerdo sus struffolis con mucho caramelo, sus pochoclos, tartas, y fideos caseros muy finitos (a diferencia de mi otra abuela, que hacía cintas bien anchas).
Y tanto más recuerdo, de cada una en su cocina.
Y recuerdo no sólo el plato, no sólo el producto, recuerdo el proceso, el tiempo compartido, lo mucho que disfrutaban que disfrute lo que habían preparado…
Y hoy yo quiero transmitir,
yo hoy transmito.


