El Betoven Ese

Melodrama con Mózal,Chopan y el Betoven ese


Noel Delgado Mujica

Allá por el año 1999, por razones de trabajo, tuve que vivir solo, durante algo más de doce meses, en mi casa de una ciudad de la provincia venezolana distante del lugar donde residía, para entonces, el resto de mi familia. Me vi obligado a buscar a alguien que me hiciera la comida y mantuviera la casa aseada.

Después de una cansona búsqueda, encontré a la señora Adela*, mujer cincuentona, muy enérgica y conversadora que me recomendaron y que estuvo dispuesta a asumir la tarea requerida por mí. Me puso como condición que le permitiera llevar a mi casa, a diario, a una nietecita de tres años de edad que me presentó allí mismo como Keilin*. “Ella es hija de mi hija, que está ahora trabajando y no tiene quien se la cuide,” me explicó. Le dije que, para mí, eso no era ningún inconveniente y acordamos que al día siguiente, por la mañana, comenzaría a trabajar.

Cuando, a la mañana siguiente, llegaron a mi casa la señora Adela y Keilin, yo las esperaba ya listo para irme a mi trabajo. Como de costumbre, antes de salir a trabajar, yo estaba escuchando, en mi pequeño reproductor, un poco de música. Esa mañana había seleccionado un CD que recién había adquirido con algunas obras de Beethoven y de Mozart.

Por algunas expresiones faciales, noté que a la señora Adela no le agradó el concierto que yo escuchaba y, mientras me freía un par de huevos, me preguntó con desagrado pero con respeto: “¿Quéjeso que ujté ejtá ejcuchando? ¿Qué música ej esa?”

Le respondí, sin darle mayor importancia al asunto, que esa era una musiquita que a mi gustaba oír por la mañana mientras estaba en la casa. Agregué, sin embargo, que ya me iba y la quitaría. Apagué el reproductor y me dispuse a salir. Me despedí de la señora Adela y de Keilin: “Hasta mediodía”, les dije mirando a ambas y añadí que podían prender el radio y escuchar la música que quisieran.

La historia, con ligeras variantes, se repitió al mediodía cuando fui a casa a almorzar. Prendí el reproductor. Puse a sonar algún CD de música clásica o barroca. Y volvieron los gestos de desaprobación de la señora Adela, alguna pregunta cuya finalidad era mostrarme que a ella no le gustaba la música que yo escuchaba, o comentarios como: “allá en la casa no escuchamos música de esa.”

Aunque me sentía un tanto incómodo y, a riesgo de que la señora Adela me dijera que no seguiría trabajando, no quise renunciar a los ratitos que durante la mañana y el mediodía me permitía disfrutar aquella música.

Aquellas situaciones se seguirían, pues, repitiendo una y otra vez sin que en ningún momento llegara a aflorar algún tipo de hostilidad ni irrespeto por ninguna de las dos partes. Por el contrario, a medida que fuimos entrando en cierta confianza, yo me jugaba con Adela (a instancias suyas, le fui quitando lo de “señora”) diciéndole algo como: “Bueno, Adela, ya voy a poner la música que a usted no le gusta. Tápese los oídos un rato.”

En cuanto a Keilin, recuerdo que, al principio fue totalmente indiferente ante aquellas o cualesquiera otras situaciones o conversaciones entre Adela y yo. Generalmente desayunaba conmigo. Muy silenciosa y cabizbaja en los comienzos. Poco a poco se fue atreviendo a contestar mis preguntas de “¿Te gusta la arepita, Keilin?, ¿Y la mantequilla?” Y paulatinamente era ella quien me preguntaba o me contaba algo. Me enseñaba su “peinado” o me hablaba de algo que le había dicho su “mami”. Eso, por las mañanas. Porque a mediodía, cuando yo ponía mi música, Keilin, después de comer, se acostaba en el suelo, frente al reproductor y, al poquito rato, ya estaba completamente dormida. Yo me marchaba a trabajar en la tarde y ella quedaba allí, plácidamente, disfrutando su profunda siesta.

Una mañana en que tenía yo un poco de prisa por salir temprano, Keilin me sorprendió al preguntarme: “¿No vas a poner tu música hoy?”. Le contesté, sorprendido, que sí, busqué un CD y lo llevé al reproductor. Pude notar la carita de satisfacción que mostró Keilin mientras comía su arepita frente a mí escuchando algo de Chopin.

Desde aquel momento, cada vez que iba a escuchar algo y Keilin estaba presente, le hacía yo algún comentario como: “Keilin, vamos a escuchar a Mozart” ó “Keilin, esta es la sonata TAL de Beethoven”. Ella me miraba con sus ojitos de inocencia y, sin hablar, me contestaba con movimientos de la cabecita o alguna pícara sonrisa.

Otras veces le preguntaba yo: “¿Te gustó la Novena de Beethoven?” ó “¿Keilin, qué te pareció El Danubio Azul”? Sus respuestas eran gestos y sonrisas y, algunas veces un “Muy bonito”, sin que faltara algún: “Ésa no me gusta”.

Pero, llegó el día en que Adela y Keilin se despidieron. La hija de Adela ya había decidido enviar a Keilin a un prescolar y Adela, pues, se quedaría en su casa haciendo comida para su hija y su nieta y el aseo de su propia casa. Me causó tristeza esa despedida. Me harían falta ambas: una, para que hiciera las tareas que ahora tendría que hacer yo (o buscar a alguien más), y Keilin porque me encariñé con ella, sus ojitos, su compañía y sus “comentarios sobre mi música”.

Unas dos semanas después de aquella despedida, a la hora del almuerzo escuché la voz de Adela llamándome por una de las ventanas. Salí contento a recibirla y a preguntarle por Keilin. Me contestó que Keilin estaba bien, “en la escuela”, me dijo. Y agregó “por ella es que vengo a hablar con usted”.

¿Qué pasaría?, me pregunté. “Dígame, dígame”, animé a Adela. Entonces me dejó saber la razón de su visita: “Usted me echó una broma muy grande –me dijo—, esa muchacha me tiene loca con que le ponga la música esa que escuchaba aquí con usted. No quiere escuchar otra música si no es la de Mozal y la del Betoven ese que dice usted. Y yo no tengo música de esa. Ni sé cómo la consigo”.

Las lágrimas no se hicieron esperar. ¡Era demasiado! Así, al azar, tomé de mi cajoncito unos cuantos CDs, los metí en una bolsa y le dije a Adela: “Tome, llévele a Keilin algunos discos del Betoven ese y dígale que cualquier día le llevo otros.”

Adela me dio las gracias rápidamente y se despidió. Yo me quedé pensando…

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  • *Nombres ficticios para esta historia en sustitución de los nombres verdaderos.

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