Muslos para Pensar

Mutación de paradigma afectivo


Noel Delgado Mujica

La entrañable amistad entre Carlitos y su pollito nació un día domingo en que él, junto con los otros cuatro miembros de su familia, fueron de visita a casa de su abuelita Ana que vivía entonces en una enorme y tranquila casa de campo a unos cuarenta kilómetros de distancia de la ciudad.

Carlitos contaba entonces seis años de edad. Los otros miembros de la familia eran su padre, Carlos Alberto; su madre, Martina; y sus dos hermanas, Carla y Marly, de nueve y once años de edad, respectivamente.

De los tres hermanos, Carlitos siempre era el que había mostrado marcado afecto hacia los animales. Afecto que en ocasiones llegaba al fanatismo ciego y terco, bien fuera hacia un gatico, cualquier perrito y hasta por gusanos, grillos y lagartijas. Carla y Marly, en cambio, se mostraban indiferentes o decididamente hostiles a veces en relación con el zoo mundo.

La familia Gálvez-Peña –apellidos de los protagonistas de esta breve historia—vivía en una hermosa y lujosa casa de ciudad propia de su condición socioeconómica que le permitía poseer automóviles del año, artefactos y muebles de última generación, cortinas y alfombras; espacios y habitaciones decorados de acuerdo con su refinado estilo de vida, actividad económica y relaciones sociales.

Ese domingo, cuando apenas llegaron a casa de la abuelita Ana, al bajar de la camioneta, mientras todos los miembros de la familia saludaban y abrazaban a la abuelita, Carlitos fue corriendo a observar una hermosa gallina de campo que cocoroqueaba alegremente mientras se paseaba por el solar seguida de sus nueve pollitos de unos pocos días de nacidos. Los ojos de Carlitos bailoteaban en sus órbitas de contento, y a él le faltaban manos y palabras ante aquella escena copada por ¡una gallina y nueve polluelos! ¡La alegría se le desbordaba por toda su infantil humanidad! No oía más nada, no miraba hacia otra parte, no prestaba atención al mundo que en ese momento, para él, se reducía a diez emplumados seres bullosos y correlones.

Cuando volvió en sí y se logró, por fin, que saludara a su abuelita, a Carlitos no se le ocurrió más nada que decirle que él se llevaría a toda aquella familia de gallina y nueve pollitos a su casa ¡hoy mismo! Aunque las actitudes y argumentaciones opuestas de toda la familia comenzaron de inmediato de manera firme y decidida, nada hizo que Carlitos desistiera de su petición: gallina y pollitos se irían hoy mismo con ellos al regreso a casa.

La abuelita Ana que había notado que Carlitos miraba con mayor insistencia a uno de aquellos amarillos pollitos y que, incluso, lo había tomado entre sus manos varias veces, salió con una proposición que solucionó la situación y calmó los ánimos de todo el mundo: regalaría a Carlitos aquel pollito por el que había mostrado especial preferencia para que se lo llevara a casa para siempre. Sólo ese. Todos aceptaron.

El silencio que acompañó a la familia de regreso a casa fue sólido e irrompible. Las niñas se durmieron. Carlos Alberto y Martina apenas se miraban. Y Carlitos iba ensimismado acariciando su pollito que de cuando en cuando se aventuró con unos casi inaudibles “pío, pío, pío” que daban fuertes arañazos al pétreo silencio.

Los fuertes lazos que unieron a Carlitos con su pollito eran directamente proporcionales al desorden y la suciedad que se apoderó de la casa y a las actitudes y gestos de desaprobación y desagrado que –aunque trataban de disimularlos—eran inocultables en los ojos y rostro de todos los demás.

Higgi, que fue el nombre que Carlitos seleccionó para su pollo, dormía en su cuarto (¿se imaginan?); volanteaba hasta el hombro de Carlitos a la hora de las comidas; hacía siesta en los muebles del recibo y… todo lo demás ya ustedes se lo están imaginando. Mientras, Hiigi crecía de manera acelerada. A los dos meses y medio ya era un pollote de algo más de un kilo de peso. Y, a los seis meses ya canturriaba con voz de gallo desafinado, ensuciaba más, ocupaba más espacio; se volvió agresivo, torpe y… ¡muy entrado en carnes!

Hasta que la familia no aguantó más y le plantearon a Carlitos la necesidad de que Higgi tendría que irse de la casa, lo que tuvo, entre otras consecuencias, un drama descomunal que llevó a Carlitos, y a toda la familia a una serie de sesiones de terapia psicológica con el correspondiente consumo de tiempo y dinero.

Un día entonces, el papá de Carlitos se atrevió a plantearle –seleccionando cuidadosamente las palabras—que llegaría el día en que tendrían que comerse a Higgi pues eso era preferible a dejarlo que se enfermara o envejeciera y anduviera por ahí sufriendo y quejándose de dolor. Y, bueno, así Higgi colaboraría con la salud de la familia y lo guardarían en el agradecido recuerdo de todos. La otra opción, era regalarlo.

Como era de esperarse, Carlitos se resistió y pataleó un rato. Pero no lloró. Ese día lo pasó acariciando a Higgi más de lo usual y hablándole en tono inaudible. Nadie volvió a tocar el tema para evitar herir a Carlitos y hasta porque les parecía un acto de traición contra Higgi.

Ya Carlitos había cumplido siete años. A la mañana siguiente, a la hora del desayuno, fue él quien trajo el tema a la conversación familiar: “Papá, está bien, vamos a comernos a Higgi. Ya yo hablé con él también (¿?). ”

Nadie contestó. No encontraban qué decir. No se atrevían ni siquiera a mirar a Carlitos a los ojos. Él guardó un silencio pesado por un buen rato que fue solemnemente respetado por todos. No sabían si llorar o reír.

-OK –dijo finalmente Carlitos—pero yo pongo una condición.

Todos se imaginaron lo peor. Por lo menos, que habría vuelta atrás en la aceptación de Carlitos.

-Lo que tú digas hijo –se apresuró a contestar su padre—Dime qué será.

Carlitos levantó la cara despacio y los fue mirando a uno por uno. Finalmente dijo de manera decidida e irrefutable:

-Que… ¡los dos muslos me los como yo!

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