
Rudy
Mi heroína negra.
Rudy era hija de un pitbull negro, pequeño, corpulento y feroz, y de una pacífica y hermosa perra amarilla mestiza cuyos antepasados nunca conocí. Nos la regalaron cuando apenas tenía un mes de nacida, y todos en la casa estábamos encantados con aquella bolita de pelos de color azabache que lo único que hacía era comer y dormir mucho. Nunca se le oyó llorar o quejarse por su temprana separación de su madre y hermanitos.
Aprovechamos que era así de tranquila para enseñarla, desde el primer día a no permanecer dentro de la casa ni siquiera de noche. Nos propusimos cumplir con esa situación, pero le prodigábamos cariño, alimentación y cuidados en todo momento.
Pronto Rudy se hizo adulta: una gordita perra de mediano tamaño, obediente por naturaleza y fiel a la familia, muy dócil y cariñosa, pero celosa y dispuesta a cuidarnos y cuidar la casa de día y de noche.
Cuando, unos tres años más tarde, compré una pequeña granja en un aislado campo de la provincia venezolana, decidí llevarme conmigo a Rudy para que me sirviera de compañía durante los días que yo pasaba en mi casona campesina. ¡Resultó una muy acertada decisión! Por sí sola, Rudy entendió que por el frente de la casa transitaban los lugareños y visitantes, a pie o sobre bestias y motos, y aunque ella podía salir y entrar libremente a través de la cerca de alambres, nunca se mostró agresiva con ellos ni con sus animales fueran éstos caballos, burros, ovejos, ganado vacuno, cabras y, ¡para mi sorpresa!, incluso perros.
Pero eso sí, si algún vecino o animal pretendía entrar al terreno de nuestra propiedad, otro era el cantar. Sería necesario consultar con Rudy y hacerle ver que entraba con nuestra aprobación. Si no era de esa manera, Rudy podría resultar peligrosa en su afán de centinela. Una vez que ella entendía que quienes entraban estaban autorizados, se desentendía del asunto y se retiraba a dormitar o a juguetear, o se echaba cerca de donde yo estuviera sin que representara amenaza alguna para los visitantes. Con los niños jamás se mostró agresiva en ninguna circunstancia, lo cual me proporcionaba gran tranquilidad.
Llegamos incluso a tener enormes celebraciones y parrandas en la casa con la asistencia de considerable número de parientes y amigos, con música grabada, grupos musicales, mucha bulla y hasta fuegos artificiales y algarabía. Rudy pasaba desapercibida correteando contenta de un lado a otro. Después de pasado el momento, volvía a ser la misma Rudy de siempre.
Un par de anécdotas pueden servir de ilustración al comportamiento de guardián, valentía y “sentido de la oportunidad” que tenía Rudy. En una ocasión descubrí a un par de visitantes extraños que llevaban buena parte de mi cosecha del momento oculta en unos sacos pues seguramente creyeron que yo estaba ausente. Al verlos salí intempestivamente de la cocina con Rudy detrás de mí. Cuando ella observó la manera en que hablé a los sorprendidos rateros, corrió hacia ellos sin pérdida de tiempo y, bien sea por un habilidoso movimiento suyo, o por la sorpresa de los individuos, en segundos los tenía a ambos inmóviles en el suelo esperando a que yo llegara. No pasé de reprenderlos y hacerles las advertencias de rigor y los dejé marchar. Salieron del predio volteando a cada instante para mirar con miedo y admiración a aquella osada perra regordetica que los atacó con tanta fiereza.
El segundo caso lo cuento con mayor admiración aún. Fue una noche alrededor de las siete. Yo estaba en mi habitación arreglando algunas cosas antes de irme a la cama a leer un rato antes de dormir. Rudy se echaba en el corredor, afuera, justo debajo de la ventana de mi dormitorio. Para mi tranquilidad, a ella le gustaba dormir allí. La casa más cercana a la mía estaba a una distancia de unos cuatrocientos metros. Sentí que se detuvo un jeep frente a mi casa y escuché la voz de unos hombres aproximándose hacia la rudimentaria reja de alambre y que ya la estaban abriendo. Entreabrí la ventana para observar. Eran dos desconocidos. La luz del foco del alumbrado público me permitió ver que uno traía una escopeta en la mano con el cañón apuntando al suelo. Vi que Rudy se les acercaba silenciosa. Temí por ella. Opté por hablarles: “¿Qué se les ofrece?” les pregunté. “Cuidado con la perra que es brava. Yo no los conozco”. Me contestaron que andaban en busca de un torete que se les había extraviado y que les habían dicho que andaba por aquí cerca.
No les creí. Insistí en hablarles. “No vayas a subir la escopeta porque te ataca la perra”. Yo estaba muy nervioso porque estaba desarmado y porque temía que le hicieran daño a Rudy, primero, y luego trataran de entrar a la fuerza. El hombre no me hizo caso y levantó un tanto el arma. Rudy le saltó a la cara y el sorprendido hombre soltó la escopeta que fue a caer distante de él. El otro hombre corrió despavorido hacia el jeep. Desde detrás de la ventana le grité a Rudy que soltara al hombre. Cuando se vio libre salió rápidamente hacia el automóvil. Desde allá me pidieron que les devolviera la escopeta. Les dije que le pidieran permiso a Rudy. No se atrevieron y se marcharon. Aunque pasé la noche muy inquieto, los tipos no regresaron ni entonces, ni nunca más.
Y, finalmente, el hecho por el que más recuerdo a Rudy.
Era el mes de julio. Había estado observando que los bachacos estaban atacando las plantas vorazmente. Por varios días estuve buscando las madrigueras infructuosamente. Esa tarde, por fin, encontré los sitios desde donde, cada noche, salía el disciplinado ejército rojo en formación a destrozar las hojas de la plantación. Me propuse aplicarles su tratamiento esa misma noche.

A las ocho y media, aproximadamente, invité a Rudy a que me acompañara. “Vamos a matar bachacos”, le dije. Aunque sé que no me entendía, también sé que ella disfrutaba mucho acompañarme en aquellas esporádicas salidas nocturnas, bien fuera por salirse de la rutina o por la posibilidad de conseguir alguna presa en el trayecto. Los bachacos estaban al final de un empinada cuesta, entre mucha maleza, a unos seiscientos metros de distancia de la casa. A la luz de una linterna apliqué el tratamiento venenoso escoltado por Rudy, luego de lo cual emprendimos el regreso a la casa. Inesperadamente la linterna dejó de alumbrar y no pude volver a prenderla, así que tendríamos que hacer el camino de regreso a oscuras por un terreno en donde siempre existe la posibilidad de uno toparse con una peligrosa mapanare. Rudy caminaba pacientemente detrás de mí.
Ya estábamos a unos setenta metros del corredor de la casa cuando sentí que Rudy se me adelantó velozmente y, en la oscuridad, saltó decidida hacia la alta maleza que bordeaba el angosto camino por donde nos desplazábamos. Avancé rápido hacia la casa y me detuve. El ruido de la maleza y su desordenado movimiento hacia uno y otro lado eran indicadores de que allí tenía lugar una lucha feroz. Habría transcurrido un minuto cuando escuché un agudo alarido de Rudy seguido de una serie de gemidos y de conmovedores lamentos.
“La mordió una culebra”, pensé enseguida. No podía ser otra cosa. La oscuridad y su color negro, no me permitían verla. Terminé de llegar hasta el corredor en donde tenía encendido un bombillo eléctrico y esperé. A los pocos segundos vi a Rudy que venía hacia el corredor. Sangraba profusamente por la nariz y el hocico y la hinchazón la hacía irreconocible. Pensé lo peor.
Salí en busca de auxilio en casa de mi más cercano vecino. Me dijo que lo que hacían los lugareños era inyectarle al animal mordido una dosis de hiel de venado o de lapa. Recordó que Juan Domingo, cuya casa estaba a unos dos kilómetros cuesta arriba, había dicho que tenía una reserva. Salimos para allá en su jeep.
En efecto, Juan Domingo asintió y se vino con nosotros hasta mi casa. Rudy había perdido el “conocimiento”; aún sangraba mucho y respiraba con mucha dificultad. Después de colocarle un bozal y amarrar sus patas fuertemente, Juan Domingo procedió a inyectarle en la pierna lo que me pareció unos cuatro o cinco cc de hiel de lapa. La desatamos, la cubrí bien y la acomodé para que pasara la noche allí. Temí que no amanecería viva y no dormí con tranquilidad.
A la mañana siguiente, muy temprano, vi que Rudy aún respiraba y que, aunque botó mucha sangre en la noche, la hemorragia se había detenido. La cabeza era más de dos veces su tamaño usual. “Pero está viva”, me dije. Logré introducirle un poco de suero fisiológico con una manguera y la dejé que siguiera allí postrada.
Como es usual en estos casos, la información se regó por todo el caserío y, a media mañana ya había en mi casa unos seis hombres del vecindario dispuestos a encontrar a la víbora que había mordido a Rudy.
Después del café y los correspondientes comentarios emprendieron su voluntaria labor. Armados con machetes y palos, hicieron un minucioso “peinado” del sector durante unas dos horas infructuosamente. Ya pasado el mediodía, a punto de desistir de la búsqueda, uno de los muchachos se cercioró de la presencia de una cueva que había en la pata de un árbol de guásimo.

Procedieron a hurgar allí con palos y a inundar de humo la cueva. Acertaron. A los pocos minutos salió, furiosa y desconcertada, una enorme serpiente de cascabel de considerable longitud y grosor. Después de los gritos de triunfo y de miedo, y de las carreras y saltos de rigor, lograron matarla a palos y machetazos. ¡Dos metros y tres centímetros de largo! Labor cumplida y pronto marcharon a sus quehaceres habituales.
Rudy habría de pasar por una convalecencia dolorosa y prolongada. Al cabo de un mes comenzó a dar pasos vacilantes y a mostrar apetito y deseos de acercarse a mí como a contarme sus padecimientos. Pero era yo quien tenía que agradecer a Rudy lo que había hecho por mí. Su intervención valerosa y decidida me había salvado la vida. Así se lo dije no sé cuántas veces.
Finalmente, Rudy se sanó por completo. Después de aquel episodio dramático vivió junto a nosotros varios años más.
(¿Un poco de fantasía? Todo sea en honor de una valiente perra: Rudy)
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