La Rueda de la Fortuna

Viajar le hacía ver el mundo con otros ojos y le llenaba el corazón.

Había estado en una biblioteca Parisina donde adquirió un pequeño libro que detallaba con exactitud lo que para los Nórdicos era una verdad absoluta. Hygge: “El secreto de la felicidad en las pequeñas cosas”.

Pasaba ya un año de aquella lectura, en un nuevo lugar maravilloso. 
 Esbozaba una sonrisa tierna al recordar a un querido amigo de la vida que se manejaba bien con las cartas del Tarot.
 “El destino te tiene preparado una dirección en la vida diferente” le decía, mientras señalaba con su índice largo y pálido un Arcano Mayor.

Tenía una vida ocupada y poco tiempo para pensar en el destino.

La energía de “La Rueda de la Fortuna” la hizo despojarse del miedo para cooperar con el proceso. Pasaban los días sin novedad, pero internamente abrazaba profundamente la idea de un cambio, sin estar expectante a que algo más allá de su cotidianidad sucediera.

Estando allí, repasaba mentalmente y con agradecimiento el maravilloso designio que le tenía preparado el destino mientras abrochaba un brillante casco blanco sobre su cabeza.

Se subió a la bicicleta y entre risas recordó que aunque le gustaba mucho, ella no era la mejor ciclista.
 Sus padres no le habían enseñado a andar en bicicleta siendo una niña.
 Le tocó enfrentarse a una situación cotidiana y elemental siendo una mujer adulta entre carcajadas y algunas caídas con la promesa de enseñarle también a otros adultos en su condición.

Pedaleaba con sensación de libertad, empujada por el hecho de estar en una ciudad donde desplazarse en dos ruedas es un placer y más que un simple hábito.

Era un ritual que le hacía entender aún más la mentalidad Nórdica con su idea de comunidad, rapidez y pragmatismo.

Recorrió relajada según su intuición varios kilómetros de la ciudad durante la tarde de aquel día. Tenía el tiempo suficiente y ninguna interrupción.
 Disfrutaba mucho de los momentos donde podía estar con ella misma. 
 Todas las ciudades tienen algún símbolo característico que las define de cara al resto del mundo y ella no iba a esperar menos de esta.

Había encontrado junto al puerto sobre una roca la pequeña damita de acero en la que Hans Christian Andersen se inspiró para crear una historia que ella conocía de memoria en su niñez.

Al caer el sol de la tarde bajó de la bicicleta para apreciar una gran fachada de color negro profundo con granito pulido que la reflejaba sobre el edificio que dejaba ver las ondulaciones del agua y el cielo frecuentemente encapotado del lugar.

Estaba cerrado, pero deseaba volver para disfrutar de la arquitectura y un mundo de libros maravillosos.

Mientras pedaleaba su camino de regreso, dedicaba el tiempo a hacer notas mentales sobre lo que deseaba escribir en los próximos días. Su pulso se aceleraba al estar más cerca del lugar donde encontraría a quien le sacaría más de una sonrisa durante el día.

Le recordaba a un gran girasol, que según algunas culturas, era un amuleto de buena suerte.

Él dedicaba toda su energía a moverse con el sol y seguir creciendo junto a ella. A no verse envuelto en oscuridad por que mostraba nunca rendirse y eso se contagia. 
 Algunas veces el no lo creía pero es más fuerte y con una luz especial. 
 No era como el resto de las flores. Le enseñaba a ella como florecer día tras día.

Despistada y un poco perdida, encontró finalmente la dirección correcta. Bajó de la bicicleta y caminó hacia la silueta que dándole la espalda chequeaba su celular.

Ella tomó con su mano un largo tallo y acarició su cuello con los pétalos del girasol que entre risas le hizo mencionar el nombre de ella recordándole que el secreto de la felicidad está en las pequeñas cosas.