Soy Contador.

Estudié mi carrera durante siete años y el tiempo pasó mientras decidía si realmente quería estudiar o no.

El tiempo pasó. Me gradué. El tiempo me pasó.

Como si hubiese estado mitad dormido me dieron un título que no sentía mío, que no siento mío aún a pesar de ejercerlo.

Y mientras veo cómo mi jefe me regaña y espera una respuesta que en mi cabeza no trasciende la recurrente idea de que me importa un culo lo que pase con los números decido callar.

Es una situación lamentable.

No por la jefe, ella puede ir a freír espárragos, es buena persona pero necesita que alguien le diga que no hay necesidad de gritar. No por el volumen entendemos mejor las palabras.

Es más creería que la relación es inversamente proporcional, escuchamos mejor lo que nos susurran al oído.

No voy a ser yo quien se lo diga, me importa tan poco esa señora que jamás me tomaría la molestia.

En cambio, cada cara de impotencia que veo salir de su oficina me estremece el corazón al punto de despertar mi lado paternal.

No nací para contador, nací para consolar, pienso de manera estúpida con la esperanza marchita en el altruismo de los humanos.

Quedarme callado tiene efectos secundarios, sudor en las manos, dolor en el estómago y un sarpullido en el cuello que intento tapar con mi mano. La desesperación sube a niveles bastante difíciles de manejar.

Para tratar de aliviarla decido escaparme.

Pero apenas pongo un pie afuera del matadero se me encogen las pelotas y la revolución sólo me alcanza para ir a donde la señora que vende frutas.

Y mientras intento pagar un mango verde con limón y sal de $2 con un billete de $50 la señora me dice:

— Después me paga, en esta vida todo tiene solución y no vamos a preocuparnos por eso.

Como si supiera que era mi alma la que necesitaba comer, como si hubiese estado encerrada conmigo en la oficina. Sentí deseos profundos de abrazarla.

Y de repente me sentí mejor.

No porque la lamentable situación tuviese posibilidades de solucionarse en el corto plazo, sino porque me había dado cuenta del tiempo que había echado a perder mientras esperaba que pasara.

Aquí comienza mi proyecto pereza.

J.D.

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