Aprendiendo

Esa tarde estaba sentada mirando el horizonte, buscando en ese espacio infinito las respuestas a todas las preguntas que la invadían por dentro y por fuera. Tantos años creyendo en lo que otros le decían, y tan pocos segundos creyendo en lo que su alma le susurraba. Creía que el amor era un concepto más, entre tantos otros dentro del cuadro sinóptico que describía el camino de la vida. Un camino maravillosamente turbulento, que ella insistía en aquietar, controlando cada paso, cada palabra, cada suspiro. “El amor no se controla”, le dijeron una vez. Incrédula, pretendió no entender de qué le hablaban, y siguió en su danza de autómata occidental, bailando el vals del amor alienante. Pero ese día era distinto, ese día algo había en el aire, en los aromas, en los sonidos. Algo sutil, poco perceptible para la mente, pero muy cercano al corazón. Algo había cambiado y ella estaba abierta a escuchar.

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