Cracovia 2016: Jornada Mundial de la Juventud. Día 6 (parte II)

Diario Póstumo

Campus Misericordiae

¡Qué alegría, qué alboroto… cuando por fin pudimos ver la explanada, aún a medio llenar! La gente llegaba de todas direcciones, y todo cuanto abarcaba la vista eran cientos y cientos de personas de camino a sus zonas. Nosotros nos detuvimos para poner en práctica por fin el plan preparado unas horas antes: con el poder de la “picaresca española” podíamos entrar hasta la cocina. Comprobamos que de las dos zonas la más cercana fuera en efecto la verde, y nos pusimos rumbo a ella, tras recordar a todos el plan: debíamos entrar en grupo, con confianza, mostrando la entrada del día anterior, que resultó ser verde también, pero sin dejar que la examinaran. La opción contraria, la zona roja, era mucho peor, pues nos situaba bastante más lejos. Como comprobaríamos después, nuestra zona era mejor porque había más espacio en ella y acceso rápido a las cabinas de los baños y a las tiendas con agua (no tardaría en agotarse el agua normal, hasta quedar tan solo agua con gas), pero no era mejor por su posición, ya que, aunque muy cercana al escenario, se encontraba exactamente detrás de este, imposibilitando toda visión. Por supuesto no había ninguna pantalla tampoco, al contrario que en la zona roja. Pero no era cuestión de separarnos, así que allí acampamos todos.
Nuestro plan, como es lógico, funcionó a la perfección, y pudimos pasar tranquilamente. Después todo se volvería más complicado, pues la seguridad se reforzaría a medida que la llegada del Papa se acercaba, y resultaría imprescindible pasarnos las entradas de la zona a través de la valla, dejando momentos de cierta tensión, temiendo algunos tener que pasar la noche en la “zona mala”.

En aquel recinto dimos con los mexicanos de nuevo, que se habían instalado junto a la valla, con su estandarte de la Virgen de Guadalupe. Nosotros nos repartimos por el centro, donde marcamos la tierra conquistada con nuestra bandera, sostenida con mochilas o con la silla de ruedas. Lo mejor de aquel momento, aparte del júbilo por la llegada — hay quien dice que mayor incluso, supongo que los Sendero y Juan Ignacio — fue poder sentarse a tomar la comida tras la caminata. ¡Y qué manjares nos esperaban! Por supuesto los rabanitos estuvieron presentes en todo momento del almuerzo, pero no precisamente como alimento, sino como arma arrojadiza. Eran lanzados desde distintos frentes, sospecho que muy relacionados con Cris y Carmina — aunque la primera lo niega tajantemente en recientes declaraciones—, y nos obligaron a contraatacar, con la vieja estrategia de lanzarlos y mirar para otro lado.

Seguro que este pequeño amiguito habría estado más sabroso, ahora me arrepiento de no haberlo pensado antes… (no me robéis la huella dactilar para fines delictivos)

Esta vez comí, si no recuerdo mal, con Jaime y Don José, sentados en las esterillas; sobre la comida puedo decir que hubo alguna cosa que no me disgustó, aunque no recuerdo cual. Las ensaladas no resultaban especialmente apetitosas — ¿¿cómo narices se puede estropear una ensaladilla rusa?? — e incluso el pan estaba malo, que mira que es difícil hacer mal el pan. También había unas tiras finas de una especie de fuet (espetec, longaniza, según vuestra procedencia) de cecina, muy saladas, que eran un insulto hacia los embutidos para nosotros. Para nosotros y para los pobres cerdos, que si llegan a saber que iban a morir para fabricar tal despropósito probablemente habrían huido antes a España. Queridos cerdos del mundo, si leéis esto recordad: “REFUGEES WELCOME”. Aquí os transformaremos en un producto digno de morir por ello.

Tras la comida pudimos descansar, pero no por mucho tiempo, porque pronto comenzaron diversas actuaciones que no pudimos ver, hasta que llegó el Papa para la vigilia, algo que supimos por el creciente alboroto. Al parecer pasó en el “papamóvil” justo delante de nuestra zona, donde los mexicanos contaban con una posición privilegiada. 
Algo antes, los voluntarios, nos habían repartido velas a todos los peregrinos, para encender durante la vigilia. Como estaba anocheciendo, aquello creó un ambiente muy especial para el momento.

Y por último el Papa se retiró, con lo que concluía la velada.

O no…

Aún nos quedaba mucha noche por delante, y sucedieron cosas tan interesantes que incluso hablaré de eventos que desafortunadamente no presencié.

Tras la vigilia, Jaime Nicolás y yo nos pusimos de acuerdo en explorar un poco, y de paso buscar a unos cuantos conocidos, así que dejamos atrás el recinto. Además teníamos un objetivo añadido, que era en realidad el principal: buscar una carpa donde tuvieran expuesto al santísimo, con lo cual comenzó una búsqueda que duraría horas. No nos podíamos imaginar lo difícil que iba a resultar.

En verde el recorrido que seguimos (según la precisión que me permite mi memoria, como todas las referencias del texto), con múltiples idas y venidas, según los miembros de seguridad cortaban calles aleatoriamente. Puede parecer poca distancia, pero era un espacio enorme, de modo que entre idas y vueltas recorrimos otros tantos kilómetros.

Al principio la tarea se mostraba agradable, mientras avanzábamos entre las distintas zonas y recorríamos los largos pasillos, escuchando a la gente de toda nacionalidad imaginable y mirando las banderas que llenaban el campo de colorido. El protocolo era siempre el mismo: buscábamos la puerta de acceso, nos abríamos paso entre la gente que se apelotonaba para entrar, y mirábamos a todos los voluntarios para ver si alguno era conocido, para después interpelar(porque interpelábamos) acerca de las capillas de adoración. Cuando preguntamos inicialmente en nuestra zona y nos dijeron que no tenían noticia de que hubiera capillas, creíamos que se trataba de un voluntario mal informado, pero pronto vimos que aquella desinformación era general: nadie sabía dónde estaba nada, y todos nos indicaban que preguntáramos a otros, o nos mencionaban rumores que habían oído.
Así recorrimos casi la totalidad de las zonas verdes y rojas, cada vez más cansados tras el largo día, y desanimados por no dar ni con conocidos ni con la capilla. Entre medias tratábamos a veces de llegar a la zona del escenario, a la que era imposible acceder, creyendo que en sus cercanías — dado el símbolo de la Eucaristía que se ve en el plano — estaría dicha capilla. He de decir que aquello nos decepcionaba pues nos preguntábamos cómo los polacos, tan serios en temas de fe, y que tan bien habían organizado algunas cosas, se habían dejado lo más importante. Al principio creíamos que se trataba de un error en los planos, pero como vimos no era así, y en aquella JMJ no se había dispuesto de ninguna carpa — como sí se hizo en Madrid—para exponer al Santísimo.

Focos desde el escenario aquella noche.

Siguiendo los rumores de rumores, agotados ya, dimos con un jefe de voluntarios en la zona B1, lo cual también nos costó bastante. A él nos habían remitido los voluntarios de otras zonas definitivamente, y cuando pensábamos que todo se solucionaría, resultó que él tampoco sabía nada de ninguna exposición, y que en principio no había. Sin embargo él también había oído los rumores, y nos indicó que investigáramos por la zona A. Pese a que nos negábamos a rendirnos, pues nos parecía lo propio del momento compartir esa noche con Él especialmente, nos vimos obligados a tomar una decisión: buscaríamos por la zona A, la azul, y si no lo encontrábamos regresaríamos a nuestro recinto.
Justo antes del puente que separaba la zona roja y la morada, Jaime se cruzó con un amigo, que también había oído algo de la zona A5, aunque no había llegado a ver nada. Algo de luz entre tanta oscuridad…

Y pese a nuestro temor a tener que recorrer una zona completa de nuevo, esta vez sí, nada más llegar a la A5, pudimos ver una pequeña carpa, de esas semicilíndricas de los voluntarios, con un altar y una custodia.
Recuerdo aquel momento con gran piedad, pues tras la fatiga y la oscuridad de una búsqueda que parecía no tener fin, en la que quizá no existía la meta que buscábamos, cuando casi nos habíamos rendido, vimos por fin a Cristo.

No podíamos acceder a la zona, pues solo dejaban acceder a los peregrinos que tenían su entrada: al parecer aquello había sido iniciativa de un sacerdote de aquel recinto, y no era algo organizado oficialmente. Allí mismo, en el pasillo —a un lado para no estorbar — nos dejamos caer, exhaustos, de rodillas, para adorar al Santísimo Sacramento y poder orar unos minutos, que para mí fueron de los mejores de toda la JMJ, por el esfuerzo que nos supuso.
Recuerdo la pena que sentí también, pese a mi alegría, porque aquello no estuviera abierto a todos, y que no hubiera más carpas, y sobre todo por la gente que pasaba por el pasillo como si nada, hablando de sus cosas, sin darse cuenta de que allí mismo estaba Cristo, sin detenerse siquiera a realizar una Genuflexión. 
Algunos al vernos de rodillas se extrañaban, y al advertir el motivo, descubriendo por primera vez la carpa, decidían detenerse y quedarse también a orar de rodillas. Pronto creció el grupo, hasta que todo el lateral izquierdo del pasillo quedó cubierto de gente que rezaba. Al menos aquello sirvió para que todo aquel que recorría el corredor de tierra supiera lo que sucedía, y no pasaran de largo indiferentes.
Tras casi media hora, decidimos regresar de vuelta, alegres por nuestra suerte.

Una vez en nuestra zona tuvimos que entrar por separado y pasarnos la entrada de acceso por la valla. Veníamos pensando en dormir por fin, pero nos quedaba una sorpresa, que contaré desde la perspectiva de Juan Gaya, que fue un testigo privilegiado del asunto. Solo diré que aunque había pasado más de una hora, solo se hablaba de aquello — especialmente las chicas, que seguían emocionadas y suspiraban por un Tlachi en sus vidas.

Según me relata, al poco de irnos Jaime y yo, Carlos Tlachi se dirigió a él para explicarle su plan: contaba con los mexicanos, románticos empedernidos, pero quería reclutar a alguna persona para hacerlo más especial. Juan, por supuesto, le dijo que si quería cinco le traería a veinte, así que se acercó a varios grupos de los nuestros y les explicaron el plan de Carlos. Luego se corrió la voz y se fue sumando gente. Llegado el momento se pusieron en corro, encendieron todos las velas que habían usado previamente en la vigilia, y Carlos hizo pública su declaración de amor a Marisol, que por supuesto le correspondió emocionada, para alegría de todos y, especialmente, de Carlos. Por supuesto también le cantaron y jalearon cuanto fue necesario, haciendo más divertido (y romántico supongo) el momento.

Imagen del bonito momento en el que comenzó su noviazgo (aclaro no vaya a ser que alguien este pensando que era una proposición de matrimonio). La foto no es mía pero no sé de quién es, así que siento no citar la fuente.
“Qué coño cinco o seis… Aquí montamos un circo.” Gaya dixit.

Tras ello llegaba el merecido descanso de unas pocas horas, como resultaba habitual para nosotros, sobre el césped, esta vez para todos.