Promoviendo la soberanía individual y el bienestar de los bienes comunes.

(Traducción de “Encouraging individual sovereignty and a healthy commons”, publicado por Aral Balkan el 18 de febrero de 2017)

El manifiesto de Mark Zuckerberg expone su visión de una colonia centralizada, gobernada por la oligarquía de Silicon Valley. En respuesta, propongo que hagamos exactamente lo contrario y creemos un mundo de soberanía individual y bienes comunes “saludables”.

Somos seres fragmentados.

Construyamos un futuro donde nosotros seamos los dueños y controladores de todos los aspectos de nuestro ser.

Mark Zuckerberg publicó un manifiesto titulado “Construyendo una comunidad global”, en el que detalla como él — uno de los 8 mayores billonarios del mundo — y su corte bizantina, la compañía estadounidense/multinacional Facebook Incorporated, van a solucionar todos los problemas del mundo.

En su gran visión para la humanidad, Zuckerberg vuelve repetidamente sobre como Facebook básicamente “nos junta a todos” al “conectar amigos y familias”. Lo que omite mencionar es que Facebook no conecta a las personas entre sí; sino que Facebook conecta a las personas con Facebook, Inc.

El mito de Facebook:

Mark Zuckerberg quiere que creas que Facebook te conecta con todos los demás.

La realidad de Facebook:

Facebook te conecta con Facebook, Inc.

El modelo de negocios de Facebook es ser el intermediario; registrar cada movimiento tuyo, de tus amigos y de tu familia, guardar toda esa información indefinidamente, y analizarla continuamente para entenderte mejor, para explotarte por medio de la manipulación para obtener beneficios financieros y políticos.

Facebook no es una red social; es un escáner que digitaliza seres humanos. Es, para todos los efectos, una cámara que captura tu alma. El negocio de Facebook es hacer una simulación tuya, y ser, a la vez, dueño y controlador de tu simulación. En palabras simples, tu dueño y controlador.

Por mi parte, postulo que el modelo de negocios de Facebook, Google y la larga lista de startups financiadas por capitales de riesgo de Silicon Valley consiste en ser “granjas de humanos”. Facebook es una granja industrial de seres humanos. Y el manifiesto de Mark Zuckerberg no es más que el último intento improvisado de un billonario atemorizado de hacer más pasable un modelo de negocios basado en el abuso de derechos humanos con el falso propósito moral de evitar la regulación y justificar un deseo que es desvergonzadamente colonial: crear un feudo global que conecte a todos con Facebook, Inc.

Evitando una colonia global

El manifiesto de Mark Zuckerberg no trata sobre la construcción de una comunidad, sino sobre la construcción de una colonia global — con él como Rey y con su corporación y la oligarquía de Silicon Valley como su Corte -.

No es una tarea de una corporación “desarrollar la infraestructura social para la comunidad” como Zuckerberg pretende realizar. La infraestructura social debe ser parte de los bienes comunes, no de corporaciones gigantes monopólicas como Facebook. La causa de que nos encontremos en medio del lío de la vigilancia ubicua, burbujas de información y noticias falsas (propaganda) viene dada precisamente por la total y absoluta destrucción de la esfera pública por un oligopolio de infraestructura privada que se hace pasar por espacio público.

Facebook quiere que nosotros creamos que es un parque público cuando en verdad es un mall. Lo último que necesitamos para resolver los problemas sin precedentes creados por la concentración de poder, riqueza y control en unas pocas manos es una mayor cantidad de infraestructuras digitales de propiedad privada y centralizadas. Hace tiempo ya es hora que empecemos a financiar y construir los equivalentes a los parques de la era digital en vez de seguir construyendo malls cada vez más grandes.

Otros han escrito críticas exhaustivas al manifiesto de Zuckerberg. No repetiré sus argumentos acá. En cambio, busco enfocarme en cómo podemos construir un mundo basado en un claro contraste con aquel que presenta Mark en su visión. Un mundo en que nosotros — los individuos — en vez de las corporaciones, tengamos la propiedad y el control de nosotros mismos. En otras palabras, donde tengamos soberanía individual.

Mientras Mark te pide confiar en él como en un Rey benevolente, yo propongo que construyamos un mundo sin reyes. En vez de la visión de Mark Zuckerberg, basada en el colonialismo y la perpetuación del poder y el control centralizado, mi visión se basa en la soberanía individual y en unos bienes comunes saludables y distribuidos.

La soberanía individual y el Yo cyborg.

Ya no podemos permitirnos el lujo de no entender la naturaleza del Yo en la era digital. La existencia misma de nuestras libertades y de la democracia depende de esto.

Somos (y hemos sido desde hace un tiempo) cyborgs.

Con esto no quiero referirme a las representaciones estereotipadas de la ciencia ficción, que muestran a los cyborgs como tecnología implantada en los tejidos biológicos. En cambio, ofrezco una definición más genérica en la que el término se refiere a cualquier extensión de nuestras mentes y/o nuestros cuerpos usando la tecnología. Si bien los implantes físicos son ciertamente factibles, posibles y demostrables, al día de hoy la principal forma en que nos expandimos por medio de la tecnología no es a través de implantes, sino que de explantes.

Somos seres fragmentados; somos la suma de variadas facetas contenidas en nuestros seres biológicos, como también en la multitud de tecnologías que utilizamos para expandir nuestras habilidades biológicas.

Debemos proteger constitucionalmente la dignidad y la inviolabilidad del Yo extendido

De lo anterior, se sigue que debemos extender las protecciones a las personas más allá de las fronteras del cuerpo biológico para cubrir también a las tecnologías en la que expandimos nuestro Yo. Por tanto, cualquier intento de poseer, controlar y comerciar sobre estas tecnologías es un intento de poseer, controlar y comerciar sobre elementos constitutivos de las personas. En corto, es un intento de tratar con personas.

No es necesario decir que debemos resistir cualquier intento de reducir a las personas a propiedad con el mayor de los fervores. No hacerlo sería dar un consentimiento tácito a una nueva forma de esclavitud: una en que no se comercian los elementos biológicos de los seres humanos, sino que sus elementos digitales. Los dos, por cierto, no existen aisladamente y no se pueden separar por completo en cuanto la manipulación de uno necesariamente afecta al otro.

Más allá del capitalismo de vigilancia

Una vez que entendemos que nuestra relación con la tecnología no es una de maestro/sirviente sino que es una de cyborg/órgano; cuando entendemos que expandimos nuestros Yo mediante la tecnología y que nuestras tecnologías y los datos están dentro de las fronteras del Yo (o de nosotros mismos), debemos insistir en que las normas constitucionales que consagramos en la Declaración Universal de Derechos Humanos y que implementamos en múltiples leyes nacionales se extiendan para incluir la protección al Yo cyborg.

De lo anterior se sigue, entonces, que cualquier intento por violar las fronteras del Yo también debe considerarse como un ataque sobre el Yo cyborg. Este es exactamente el tipo de abuso que constituye el modelo de negocios que realizan cotidianamente Facebook, Google y la tecnología mainstream inspirada por Silicon Valley. En este modelo, que Shoshana Zuboff llama capitalismo de vigilancia, lo que perdemos es nuestra soberanía individual. La gente una vez más volvió a convertirse en propiedad — aunque ahora de manera digital y no biológica.

Para contrarrestar esto, debemos construir nuevas infraestructuras para permitir a las personas recuperar su soberanía individual. Los aspectos de la infraestructura relativos al mundo que nos rodea deben ser parte de los bienes comunes y las partes relativas a las personas — las que forman los órganos de nuestros Yo cyborg — deben ser de propiedad y control de los individuos.

Así, por ejemplo, la arquitectura de las ciudades inteligentes debe ser un bien común, así como los datos sobre el mundo que nos rodea (“datos sobre cosas”), mientras que tu auto, teléfono, reloj, peluche, etc. smart, y los datos que recolectan (“datos sobre personas”) deben pertenecerte.

Una Internet de las personas

Imagina un mundo donde todos tengan su propio espacio en la Internet, basado en los bienes comunes. Este es un espacio privado (un órgano del Yo ciborg) en que todos nuestros dispositivos Smart (también órganos) se conectan.

En vez de pensar en este espacio como una nube personal, debemos considerarlo como un nodo especial y permanente dentro de una estructura peer-to-peer donde la totalidad de nuestros dispositivos (órganos) se conecten entre sí. Pragmáticamente, este nodo permanente se utilizaría para garantizar la posibilidad de encontrar información (inicialmente a través de los nombres de dominio) y su disponibilidad (al estar alojado y siempre encendido) mientras transitamos de la arquitectura cliente/servidor de la Red actual al modelo peer-to-peer de la Internet de la próxima generación.

Una internet de las personas

La infraestructura que construyamos debe ser basada en los bienes comunes, pertenecer a estos y ser interoperable. Los servicios en sí deben ser desarrollados y alojados por una multiplicidad de organizaciones individuales — no por gobiernos o gigantes corporativos — que trabajen con protocolos interoperativos y que compitan por dar el mejor servicio a las personas que sirvan. No es coincidencia que este enfoque severamente limitado de la función corporativa sea el mismo rol que creo que deben tener las corporaciones en una democracia.

El único propósito de una corporación debería ser el de competir con otras organizaciones para proveer el mejor servicio a las personas a las que sirve. Esto marca un gran contraste con las variadas maneras en que las corporaciones al día de hoy usan para atraer a las personas (que llaman “usuarios”) bajo falsas premisas (servicios gratis en los que ellos son los productos a la venta) sólo para volverlas adictas, atraparlas bajo llave usando tecnologías propietarias, y luego “cosecharlas”, manipulando su comportamiento y explotándolas para obtener beneficios políticos y financieros.

En la corporatocracia de hoy, nosotros — los individuos — servimos a las corporaciones. En la democracia del mañana, las corporaciones deberán servirnos a nosotros.

Los proveedores de servicios, por supuesto, deben ser libres de expandir las posibilidades del sistema en la medida que las compartan, devolviéndolas a los bienes comunes (“compartir igual”, como en las licencias Creative Commons), evitando de este modo encerrarnos en sus servicios. Al proveer servicios que vayan más allá o por sobre lo ofrecido por los servicios basados en bienes comunes, las organizaciones individuales pueden cobrar precios por estos servicios que dan valor agregado. De este modo, podremos construir una economía competitiva saludable con cimientos éticos en vez del sistema de monopolios actual, construido sobre bases moralmente podridas. Y lo podremos hacer sin meter al sistema en líos gubernamentales y burocráticos que pueden sofocar la experimentación, la competencia y el desarrollo orgánico y descentralizado del sistema.

Una economía saludable construida con bases éticas

La interoperabilidad, la tecnología libre, compartida con licencias “compartir igual” y con una arquitectura peer-to-peer (en oposición al modelo cliente/servidor), y con un núcleo basado en bienes comunes, son las garantías fundamentales para evitar que este nuevo sistema decaiga y se convierta en una nueva versión de la web actual, espacio de vigilancia y monopolística. Estas características nos permitirán evitar las economías de escala y romper con el ciclo retroalimentado de acumulación de información y riquezas que es el motor principal del capitalismo de vigilancia.

Siendo sinceros, no estamos hablando de un sistema que pueda florecer bajo los términos del capitalismo tardío de vigilancia. No obstante, es un sistema que puede ser construido bajo las actuales condiciones para ser un puente entre el statu quo y un mundo postcapitalista sostenible.

Construyendo un mundo en el que quieras vivir

En una charla que di en un evento reciente de la Comisión Europea en Roma, le dije a la audiencia que debemos “construir el mundo en el que queramos vivir”. Para mi, este no es un mundo controlado por un puñado de oligarcas de Silicon Valley. Este será un mundo de bienes comunes saludables, donde nosotros — como una comunidad — seamos dueños y controladores de los aspectos de nuestra existencia que nos pertenecen a todos y donde nosotros — como individuos — seamos dueños de los aspectos de nuestra existencia que pertenecen al Yo.

Imaginen un mundo donde tu (y las personas que amas) seas agente de la democracia; donde todos tengamos satisfechas las necesidades básicas, y tengamos garantizados los derechos y las libertades acordes a nuestra dignidad como cyborgs. Imaginen un mundo sostenible libre de la destructiva avaricia cortoplacista del capitalismo, donde no sigamos premiando a los sociópatas que descubren formas más brutales y destructivas para acumular riquezas y poder a expensas de todos los demás. Imaginen un mundo libre, sin el ciclo retroalimentado de miedos inventados y vigilancia ubicua que nos tiene en caída libre hacia el fascismo. Imaginen un mundo donde podamos garantizarnos la gracia de una existencia intelectualmente satisfactoria donde seamos libres de explorar el potencial de nuestra especie más allá de nuestro planeta.

Este es el mundo en el que imagino que despierto todos los días y para el que trabajo. No porque sea un acto caritativo o porque yo sea un filántropo, sino sólo porque ese es el mundo en el que me gustaría vivir.