Midterms2018, impeachment y ultraderecha

Europa amanecía ayer con una buena noticia para la socialdemocracia y, más que eso, una malísima noticia para el populismo ultraconservador que no deja de crecer por todo el continente. Los pronósticos se cumplieron y, finalmente, el Partido Demócrata recuperó la Cámara de los Representantes, la cámara baja estadounidense.

Fuente: The Guardian

Durante todo el martes, lxs estadounidenses estaban llamadxs a las urnas para elegir senadores y representantes en el Senado y la Cámara de Representantes, respectivamente. Esta vez no se votaba a Trump -para eso hay que esperar a 2020-, sino a quienes dan el visto bueno o marcha atrás a las políticas que el presidente adopta.

Las Midterms de este año han sido capitales, tanto para el propio Trump como para el partido en la oposición. La inclinación de la balanza en ambas cámaras era decisiva para saber si la deriva autoritaria y nacionalista que Trump practica desde su llegada a la Casa Blanca en 2016, iba a poder continuar. Posiblemente lo haga, aunque ahora con dificultades añadidas.

Y es que los resultados han dejado una Cámara de Representantes con mayoría demócrata, aunque la cámara alta -el Senado de Estados Unidos- afianza el color rojo característico de la formación republicana. Un hecho, como decía al principio, que estaba en todos los pronósticos y que, además, tiene todos los ojos puestos en el presidente.

Las votaciones han estado muy reñidas, especialmente en algunos Estados, como Texas, donde el republicano Ted Cruz (aquel que se enfrentó a Trump en las primarias del Partido Republicano) se impuso por décimas de diferencia ante su contrincante demócrata. Pero, más allá de los números, el aumento del color azul en la Cámara de los Representantes es importante.

Hacia el impeachment

Tanto republicanos como demócratas se jugaban mucho en estas elecciones “de medio plazo”. Los primeros porque los comicios se han convertido en una especie de plebiscito contra Trump, y los segundos porque necesitaban mayoría en una de las dos cámaras para frenar ese «Make America Great Again» trumpiano.

Lo consiguieron. Los demócratas retomaron la mayoría en la Cámara de los Representantes, aunque perdieron asientos en el Senado de Estados Unidos. El apoyo de grandes iconos de la cultura pop estadounidense y, especialmente, los mítines de Obama en los últimos días de campaña han dado sus frutos.

Una campaña con enormes diferencias entre las filas republicanas y las demócratas. El Partido Republicano, Trump, ha seguido un discurso muy en la línea de los últimos meses: a la respuesta militar ante la llegada de inmigrantes, se le han añadido los buenos resultados económicos y la propuesta de no otorgar la nacionalidad a los hijos recién nacidos de inmigrantes.

Los Demócratas, en contraposición, han basado sus mítines en la necesidad de esa salud universal, representada por el Obamacare, que Trump ha puesto en suspenso. Un tema tan trascendente que ha situado delante del atril al propio artífice de la reforma sanitaria: Barack Obama.

Sin embargo, el telón de fondo que cubría los actos demócratas se llama impeachment. Contra Trump. Contra el Partido Republicano. Por tercera vez en la historia de Estados Unidos. La adopción de ciertas políticas por parte de Trump ha suscitado enormes críticas en las filas demócratas (también en el propio seno republicano).

Se ha llegado a hablar del impeachment, la destitución, pero no había posibilidad de ponerlo en marcha: ambas cámaras estaban en manos de los republicanos. Pero esto ha cambiado tras las Midterms: con los demócratas bajo el control de la Cámara de Representantes, una moción de censura a la americana vuela por encima de Trump.

Pero siendo realistas, no hay posibilidad de que el impeachment prospere. No lo hizo con Nixon, el presidente del Watergate, no lo va a hacer con Trump que, a fin de cuentas, sigue controlando el Senado. Para aprobar este decreto se necesita el apoyo de las dos cámaras, aunque solo el de una para su proposición.

Síntomas para la ultraderecha

Con el impeachment de fondo, el debate que se abre es la situación de la ultraderecha. Tendemos a pensar que el crecimiento de los extremismos ha sido consecuencia de la llegada de Trump a la Casa Blanca. Pero la realidad es bien diferente: el fantasma de Le Pen camina por las calles francesas desde hace décadas, y Orbán tomó el relevo húngaro en 2010.

Lo que Trump ha hecho por la ultraderecha es allanar un poco el camino, mostrar que el nacionalismo autoritario reporta beneficios en las arcas y el empleo públicos, y otorgar confianza a las ya no pequeñas formaciones que siempre han recelado de la globalización, la inmigración y las minorías.

Trump se ha convertido en el icono de la ultraderecha, el populismo, el rechazo al diferente, la antiglobalización y la política unilateral. Valores contrarios a las relaciones internacionales del siglo XXI. Y ha conseguido hacer llegar su discurso a pequeños partidos que, en un contexto de crisis económica y de valores, han lanzado idénticos mensajes populistas.

Un discurso que ha calado muy hondo en la sociedad europea, cada vez más proclive a votar a una formación con planteamientos ultraconservadores. La crisis económica de 1930 vio nacer al fascismo, la de 1970 dio paso al resurgimiento del liberalismo y la de 2008 ha reabierto el camino a la ultraderecha.

Las Midterms han dado un pequeño revés a Donald Trump, que ya ha manifestado signos de debilidad con su mano tendida a los Demócratas, a quienes, sin embargo, también ha criticado. Bolsonaro todavía no ha tomado posesión, la Unión Europea persigue la política económica de Salvini y Theresa May no logra llegar a un acuerdo con Bruselas.

En este contexto de expansión de la ultraderecha, la recuperación de la Cámara de Representantes por los Demócratas puede resultar baladí. Pero si la ultraderecha decae en la principal potencia del mundo, si los cimientos se desmoronan, los acólitos peligran. El «efecto contagio», ya hemos visto, actúa en lo bueno. Aunque también puede hacerlo en lo malo. Y esta puede ser la oportunidad perfecta.