¿Su nombre?

—Marisol.
—Qué nombre tan raro. Mar y sol.
—Yo sé. Pero no me gusta el mar.
—¿Y el sol?
—El sol está bien, creo.

Sin verme a los ojos mece los pies, colgando de la banca de la parada donde, hasta donde sé, ha pasado los últimos tres días.

— ¿Le puedo decir Mari?
—No. Suena como mar, y no me gusta el mar. Ya te lo había dicho.
—Marisol entonces. ¿Y usted tiene casa, Marisol?
—Hablame de vos. Y sí tengo casa, tonto. Es que vengo a sentarme aquí todo el día porque no hay nada más que hacer. Odio este lugar.
—¿De dónde es?

Deja de mecer los pies. Ve hacia arriba, hacia mí, torciendo la boca y alzando una ceja.

—…
—¡Ah! ¿De dónde sos?

Me sonreís, satisfecha porque lo recordé, o más bien me lo recordaste.

—De otro lado.—Me respondés.
—¿Es muy diferente?
—Más o menos. Las montañas son iguales, se ven diferentes pero mi mamá me dijo que son las mismas de siempre. Son azules acá también. Creo que es lo único que es igual allá y acá.
—Eso y el sol.
—Ajá.
—Podría ser peor.
—No creo. ¿Cómo?
—Acá no hay mar.
—Pero está ese lago raro, es la misma cosa.
—No es lo mismo.
—No le veo ninguna diferencia.
—Venga, eh, vení. Te voy a enseñar.

Te guío desde adelante y atravesamos la plaza vacía en frente de la pequeña iglesia a medio abandonar. Ya se están comenzando a formar los barriales futbolísticos de mayo, pero los esquivo sin prestar mucha atención y me imitás.

Cruzamos un par de cuadras enmarcadas por los ecos de ladridos de perros en garajes, y nos metemos entre los árboles y vástagos y helechos sofocados en vapor que limitan San Juan. Cruzamos el limbo salvaje usando el trillo que yo, Julián y los primos abrimos con los años sobre la espalda. Y llegamos a la orilla.

—¿Viste?

Es difícil interpretar la expresión de tu cara, sobre todo porque no existe.

—Creo que ya entiendo lo que decías. El mar no me gusta porque se mueve mucho. Se mueve todo el tiempo. Para adelante y para atrás, sin parar. Sin ir a ningún lado.
—El lago tampoco va a ningún lado… Y en realidad solo los ríos se mueven, no solo el mar. ¿Qué estás diciendo?

Tosés y te sentás sobre el suelo. Una piedra predestinada y nada aleatoria encuentra tu mano derecha, y poco después termina debajo del agua.

—El río es diferente. Se mueve para adelante, sin parar, siempre avanzando. Va a lugares nuevos y lleva el agua y las piedras y los peces a otro lado. El mar nunca deja de moverse, pero no va a ningún lado.

Me siento cerca, también sobre el suelo. Oímos una chicharra invisible gritarnos desde alguna parte mientras intento seleccionar cuidadosamente mis palabras.

—…Y los lagos nunca se mueven. Del todo. Están siempre quietos, ¿verdad? —Nunca había visto un lago. Aunque este sea pequeño, no importa. Igual no va a ningún lado, está quieto y separado. Eso me gusta.

Te ponés de pie y te sacudís el pantalón lleno de mozotes.

—Además el lago se acaba. El mar no.—Agrego.
—El mar pasa siempre en lo mismo. El lago también, pero diferente. Es difícil explicarlo.
—Creo que entiendo.
—Claro que no. Tonto.

Me das la mano y, como si conocieras, me llevás de vuelta.

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