La Francia azul y el espejismo patriótico.

Carteles electorales de Marine Le Pen y Emmanuel Macron para la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Francia. Fuente: Le Monde.

Dos carteles azules para la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Francia. Ninguno rojo. Dos candidatos, Emmanuel Macron y Marine Le Pen, tras unos mismos colores y una misma palabra: Francia. El Estado-nación es el denominador común que reúne posiciones en principio antagónicas e irreconciliables. Jean-François Bayart (L'impasse national-liberal, 2017) habla de nacional-liberalismo, que vendría a ser la geocultura de la mundialización tras la desaparición de los imperios coloniales, y de la que el economicismo y un culturalismo basado en la autoctonía serían sus expresiones ideológicas complementarias. Para Bayart, el cóctel nacional-liberal puede contener una mayor dosis liberal (Macron) o nacional (Le Pen), pero su fórmula de base sigue siendo la misma: “el liberalismo para los ricos, el nacionalismo para los pobres”. Esto no deja de ser una simplificación, claro, pero la referencia a esta matriz compartida permite a Bayart destacar cómo los soberanismos identitarios no constituirían tanto una resistencia a la globalización capitalista como elementos en sinergia con la misma, transversal a diversas opciones políticas. De hecho, es durante el período neoliberal en el que los sucesivos gobiernos socialistas y conservadores han ido asumiendo obsesiones y premisas propias del Frente Nacional, contribuyendo a reformular el racismo en términos culturales (“valores”).

Sin embargo, la elección de Marine Le Pen como presidenta de la república francesa supondría un salto cualitativo, en un contexto de crisis de la gobernanza neoliberal global y europea. Por continuar empleando la metáfora de Bayart, con Le Pen la dosis reaccionaria nacionalista -con ingredientes de origen directamente colonial y fascista- sería tal que podría dar lugar a un cóctel no ya indigesto sino mortal para cualquier esperanza de transformación democrática en Francia y en el conjunto de Europa. Sí, con su hipocresía y sus políticas los gobiernos precedentes -con ayuda de los medios de comunicación- han contribuido a producir las condiciones propicias para la consolidación del lepenismo. Pero una presidencia fascistizante, que exhiba un racismo sin complejos en uno de los países centrales de la Unión Europea, tendría un impacto nefasto, de imprevisibles consecuencias en el medio plazo. Eso y no otra cosa es lo que está en juego el próximo domingo 7 de mayo.

Jean-Luc Mélenchon, que dobló los resultados obtenidos en la primera vuelta de las presidenciales de 2012 y quedó a 600.000 votos de pasar a la segunda vuelta, reconoce que una victoria de Le Pen “empujaría al país a una conflagración general de la que nadie vería el fin” (entrevista a TF1, 30 de abril de 2017). Pero aunque cuando le preguntan Mélenchon llama a no votar por Marine Le Pen, no por ello pide el voto por Emmanuel Macron. En la consulta/encuesta que organizó para su militancia, el voto a Macron era una opción más, junto con la abstención o el voto en blanco o nulo (opción que obtuvo más apoyos). Si Mélenchon no termina de mojarse del todo se debe a que ya prepara las complicadas elecciones legislativas de junio (también a dos vueltas) y no quiere asumir riesgos. Su objetivo es pescar electores de ambos campos: “patriotas” que condenan la xenofobia de Le Pen y rechazan la vuelta de tuerca neoliberal que propone Macron. Basándose en las encuestas, Mélenchon da por hecho que Macron ganará por un reducido margen, esto es, sin llegar al 82% de apoyos que obtuvo Jacques Chirac en 2002. Mélenchon no cree que Macron necesite los votos de la Francia Insumisa y calcula que su movimiento podrá repetir éxito en las elecciones legislativas si al desplome de los partidos tradicionales se añade una presidencia Macron debilitada por un apoyo en segunda vuelta en torno al 60%. Para Jean-Luc Mélenchon, veterano representante del soberanismo de izquierdas, en Francia “romper el tablero político” pasa también por romper con el tradicional chantaje del mal menor del “frente republicano” -y su casta- frente al lepenismo.

Este tacticismo es arriesgado y problemático. Arriesgado, porque pese a que las encuestas sean favorables, especialmente tras el último debate televisivo, la victoria de Macron no está garantizada. Los trasvases de votos no son automáticos ni tan evidentes como parecen a primera vista, por los realineamientos políticos entre primera y segunda vuelta en torno a ejes que están en movimiento en un contexto muy volátil.

Y es problemático porque, lo quiera o no, da a entender que ambas opciones son casi equivalentes, aunque sea por diferentes motivos. Lo cual supone minusvalorar la amenaza de las nuevas derechas radicales, o peor, asumir como aceptable su terreno discursivo. En este sentido, la ambigüedad de Mélenchon en materia migratoria resulta preocupante. Si en 2012 “la inmigración no es un problema”, sí parece serlo en 2017, a juzgar por el título del correspondiente capítulo del programa de la Francia Insumisa (“lucha contra las causas de las migraciones”), donde ya no se pone el foco en los derechos de las personas migrantes, mientras desaparece la propuesta de cierre de los centros de internamiento de extranjeros. A esto se añaden cuestionables declaraciones, como cuando criticó que el gobierno alemán decidiera acoger cientos de miles de refugiados. A propósito del Brexit, Mélenchon no dudó en denunciar en el Parlamento Europeo la “violencia social” europea “que vemos en cada país cada vez que llega un trabajador desplazado, que roba su pan a los trabajadores que se encuentran en el lugar”. La sustitución del frente republicano por un "frente patriótico" es una trampa de la que solo pueden salir beneficiados viejos fantasmas europeos. La patria produce fronteras de geometría variable y, llegado el caso, extraños compañeros de cama.

Lo cierto es que si se ha llegado a la disyuntiva (o “chantaje”, según) de la segunda vuelta electoral es porque, antes que el “frente republicano”, lo que se rompió fue el mito de la unidad de “la izquierda”. Aunque programáticamente Jean-Luc Mélenchon y Benoît Hamon compartían cosas importantes como la propuesta de proceso constituyente hacia la VI República, cualquier acercamiento se veía afectado por importantes líneas de fractura: principalmente Europa, pero también asuntos como la renta básica o Siria. Ya no vale la pena lamentarse por qué no hubo un gran acuerdo entre Mélenchon y Hamon desde el principio de la campaña electoral, que probablemente hubiera permitido el acceso a la segunda vuelta de una candidatura alternativa al neoliberalismo y al autoritarismo xenófobo. Por no hablar de Philippe Poutou, cuya misión en estas presidenciales parece que se limitó a aprovechar las cuotas televisivas que impone la legislación electoral. Lo que quedó demostrado en la primera vuelta es que las respectivas diferencias no se superan ni siquiera cuando el nuevo fascismo acecha tan cerca.

Si ningún candidato de la izquierda cedió su candidatura se debe principalmente a que todos ellos se plantearon estas elecciones presidenciales como la oportunidad de ocupar el espacio político que deja el hundimiento de la última experiencia socialdemócrata, con Hamon atado a las siglas de un Partido Socialista cuyo aparato le da la espalda, y Mélenchon a su propia ambición. El carisma de este último y una buena campaña invirtieron los porcentajes de apoyo con respecto a Hamon. Suficiente para mostrar músculo electoral, insuficiente para pasar a la segunda vuelta e impulsar un cambio tangible. Así pues, el Frente Nacional fue percibido como un competidor electoral más y no como una amenaza política de primer orden. Una prueba definitiva de la normalización del Frente Nacional en el panorama partidista en Francia y del mediocre oportunismo de la izquierda.

En fin, ni la abstención ni el voto en blanco o nulo podrán evitar ahora que el próximo 7 de mayo salga elegido Emmanuel Macron o Marine Le Pen. Solo el voto podrá inclinar la balanza hacia el primero o hacia la segunda. Pienso que es preferible el conflicto social contra la tecnocracia neoliberal de Macron que el conflicto sectario espoleado por los herederos de la peor tradición reaccionaria francesa, en un país todavía bajo el estado de urgencia y con un régimen constitucional que permite que la presidencia adopte poderes excepcionales en momentos de crisis. El voto en urna no supondrá más, pero tampoco menos.

Aún sin ganar, un porcentaje elevado de apoyos a Marine Le Pen dejará huella. Lo único que podrá evitar que el fascismo vuelva con más fuerza en 2022 o se haga "hegemónico" en el sentido populista del término, será el desarrollo de formas políticas democráticas, transnacionales, alternativas a la representación y al Estado, que permitan la interacción con el mismo en otras condiciones (incluyendo por la vía electoral, pero con contrapesos). La tarea política pendiente es la superación de ese "nacional-liberalismo" en un sentido democrático. Contra lo que sostiene cierto fetichismo electoral, y su traducción populista, la representación que da el voto no condensa toda la política. En Francia, esa es la prestidigitación que opera la elección presidencial a dos vueltas. La fragmentación se reduce a bipolaridad, que luego trasciende en la unidad de la monarquía presidencial, que a su vez se identifica con la patria. Un cartel azul que rasgar.

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