Terminal 2

Gertrude Abercrombie, The past and the present (1945)

Son los cuatro de la mañana y a Isabel se le ocurre que quizá en su vida ya no habrá ningún cambio importante.

Está sentada en la sala junto con su hermana. Esperan a que su hermano, el mayor de todos, salga del baño. Tiene un avión que tomar, volverá a Ensenada donde vive desde hace treinta años. Estuvo de visita durante algunas semanas en la casa donde Isabel y su hermana viven solas, la casa donde los tres se criaron.

Ambas estuvieron contentas de tener a su hermano de vuelta, en especial Isabel. Después de que su único hijo se fuera a vivir al departamento de su pareja, y de la separación con su esposo (no es oficial aún, no es un divorcio), esta visita le hizo bien. Su hermano es, además, el más querido: siempre está al pendiente de ella, siempre le trae regalos, siempre hablan por teléfono durante horas sin aburrirse. Ahora que es abuelo, y puesto que Isabel no cuenta con que su propio hijo le dé nietos, ella disfruta más de las conversaciones: es por las anécdotas que sabe que no vivirá.

Pero en un par de horas, su hermano estará arriba de un avión y ella volverá a lo de antes, al trabajo de medio tiempo, a los trastes sucios, a la tediosa labor de cocinar a diario. Su hermana y ella tienen un acuerdo: ya que Isabel sólo trabaja durante las mañanas, ella se encarga de cocinar para las dos. A cambio, en sus días de descanso, su hermana barre y trapea toda la casa, y también se encarga del jardín. Los vecinos, los amigos e incluso el hijo de Isabel piensan que éste es un buen acuerdo, pero ella preferiría sin duda no hacer nada; en específico, preferiría no tener que cocinar: odiaba hacerlo para su esposo cuando estaban juntos, para su padre cuando era soltera y no le parece mejor hacerlo para su hermana ahora que viven solas. Sin embargo, no hay nada que impida a las cosas volver a su orden habitual; ella lo sabe bien.

Son las cuatro de la mañana y a Isabel se le ocurre que quizá en su vida ya no habrá ningún cambio importante.

Su hermano entra a la sala y anuncia que está listo para irse. Ahora falta que el taxista, el esposo de una amiga a quien le pidieron el favor de llevarlos al aeropuerto, llegue. Sobre el sillón hay una maleta grande y una mochila con el escudo del Cruz Azul. “Dejé los pantalones en la cama, ya no cupieron con tanta cosa”, dice él. “Ahí los guardamos para cuando vengas”, dice su hermana. “Le das los quesos a Marta, dile que acá la esperamos para la próxima”, añade ella. “De tu parte, gracias”, concluye él.

Isabel permanece en silencio, tiene frío y sueño. Los observa a ambos desde su lugar en la sala; cada uno está sentado en un sillón diferente. “Estás cansada”, le dice su hermano, “mejor quédate”. “No, cómo crees”, responde apurada. “No, cómo vas a ir solo”, exclama su hermana, todavía en pijama y envuelta con un cobertor rojo. Puesto que Isabel está de vacaciones, se ofreció a acompañar a su hermano al aeropuerto. Estaba feliz de hacerlo porque podría estar con él más tiempo: hablarían sobre la familia lejana, desayunarían juntos, entrarían a las tiendas (Isabel olvidó comprar algo para enviar a la bebé de su sobrino) y se despedirían hasta el último momento. E incluso después, cuando él ya haya entrado a la sala de abordar, Isabel se quedaría gustosa por ahí hasta estar segura de que el vuelo ha partido bien. Pero no le gusta que su hermana se comporte como si fuera obligación suya acompañarlo.

El taxista no llega y los tres empiezan a preocuparse. Isabel piensa en la complejidad del asunto: a esa hora difícilmente encontrarán otro taxi; y ni cómo despertar a un vecino para que les haga el favor. La camioneta de su esposo está ahí estacionada desde hace varios meses, pero ni ella ni su hermana saben manejar; quizá su hermano podría llevársela y más tarde su hijo podría ir al aeropuerto para traerla de regreso; pero tal vez él esté ocupado. Salir a la avenida parece arriesgado. Qué impotencia. A buena hora se hizo necesario saber manejar, o vivir con alguien que sepa hacerlo, o vivir cerca del aeropuerto cuando menos. Vivir distinto, pues…

Entonces, suena un claxon.

Son las cuatro de la mañana y a Isabel se le ocurre que quizá en su vida ya no habrá ningún cambio importante.

Piensa en eso mientras ve a sus hermanos levantarse deprisa: “Con cuidado, qué bueno que viniste, escribe cuando llegues”, dice su hermana. Los tres caminan lentamente y cruzan el jardín hacia la puerta principal. Su hermano lleva la maleta; su hermana, la mochila. Isabel abre la puerta y saluda al taxista que ya se apura a abrir la cajuela. Mientras, a mitad del patio, sus hermanos se detienen para abrazarse. Desde donde está, parece que su hermana derrama unas lágrimas; él agacha la cabeza.

Sólo entonces, Isabel piensa en su madre. La recuerda llorando durante las despedidas; la recuerda sentada en la sala viendo la tele; la recuerda en la cocina mientras preparaba de comer. Ahora son ella y su hermana las que lloran, las que esperan, las que año con año han ocupado esos lugares en esa casa de la que nunca se irán (a qué negarlo). Y aun así, su mente no puede recorrer ni la filigrana de las vidas que no tuvo y no tendrá. Sólo se le ocurre, por un instante, que ya todo está dicho; que ya nada va a pasar.

Su hermano monta la maleta en el taxi y se acerca al conductor. Mientras ellos hablan, Isabel se despide de su hermana y cierra la puerta. “Es en la terminal 2”, alcanza a escuchar que dice su hermano. Isabel se detiene en seco. Los dos hombres suben al taxi en la parte de enfrente. Ella permanece pegada a la puerta de la casa, sin sacar las llaves de la cerradura. “Bueno, vámonos”, dice su hermano. “No voy a ir”, dice ella. “¿Por qué?”, pregunta él. “Me siento mal”, responde ella, la voz muy baja. Mientras, detrás de la puerta cerrada se escucha la voz de su hermana preguntando qué ocurre. “Estás cansada, acuéstate. Yo te escribo cuando llegue”, añade él y sonríe.

El taxi enciende y se va. Isabel se queda de pie ahí en la entrada. Es hasta que el taxi da vuelta en la esquina que ella se da cuenta de que ni siquiera les dio tiempo de abrazarse, de despedirse adecuadamente. Su hermana grita detrás de la puerta, no entiende qué pasa, pero sabe que algo pasó.

Son las cuatro y siete de la mañana. Isabel admite para sí, avergonzada, que no sabe regresar a su casa desde la terminal 2 del aeropuerto.