*Este trabajo fue realizado el segundo semestre del 2015

La oscuridad de un campeón

Cristian Valenzuela es un deportista chileno que, en algún momento de su vida, lo perdió todo: Su fe en Dios, su adolescencia, algunos amigos y, lo más importante, su vista. Quedó ciego tras un glaucoma congénito diagnosticado a los doce años. Luego le dio depresión, se encerró en su pieza y no salió de su casa durante cuatro años. Con el paso del tiempo comenzó a trotar. Los entrenamientos comenzaron a ser parte de su vida y, día tras día, fueron la solución a todos sus problemas. Sin darse cuenta, se convirtió en el deportista paralímpico más exitoso en Chile y uno de los mejores del mundo en su disciplina; la maratón. Ha sido tres veces campeón mundial y obtuvo una medalla de oro en los Juegos Paralímpicos de Londres el 2012. Luego de años de sacrificio, Cristian sonríe y dice “yo le gané a la adversidad. Fui el elegido”.

Por Raúl Marín

Cristian Valenzuela ya no da más del cansancio. Son doce los competidores que están trotando por la medalla de oro, pero solamente uno la obtendrá. Le quedan muy pocos metros para llegar a la meta, pero ya no siente las piernas. “Iba corriendo muy adolorido, pero no quería dejar ninguna gota por sudar”. Entrenó durante meses para la maratón de los Juegos Paralímpicos en Londres y hasta el momento estaba cumpliendo su objetivo inicial: traer la medalla de oro a Chile.

Son los últimos cien metros y Cristian acelera. Va primero, pero corre como si el mundo se estuviera derrumbando. En el estadio hay 80 mil personas que gritan de emoción por los últimos metros. Cruza la meta y se recuesta en la pista boca abajo. Su guía se arrodilla a su lado y comienza a llorar.

-¡No lo creo, hueón! ¡No lo creo! –le grita a Cristian, sin embargo, él no le contesta. Está muy cansado para decir algo.

Se levanta y recibe las felicitaciones de los demás competidores. Algunos lo abrazan, pero él sigue sin reaccionar. Acaba de correr 5.000 metros en un poco más de 15 minutos. Su guía, Cristopher Guajardo, también lo abraza. Cristian está muy cansado para celebrar y casi ni entiende lo que sucede. “Fue como un sueño. Lo viví muy en otra. Todos gritaban a mí alrededor y yo no entendía qué pasaba”. De a poco saca la voz y comienza a entender; era el primer deportista paralímpico chileno que ganaba una medalla de oro.

Después de varios minutos, cuando la emoción había pasado, llama a su madre en Chile y le cuenta lo sucedido. Ella y sus hermanos estaban viendo la carrera por internet. Los dos, cada uno a un lado del teléfono, se ponen a llorar. “Ese día sentí que mi familia y todos los discapacitados ganaron conmigo”, menciona Cristian.

Valenzuela se sube al podio y comienza a sonar el himno nacional. Había dejado a Chile en la cima del deporte paralímpico mundial.

El glaucoma congénito

Se le diagnosticó el glaucoma a los doce años. En un comienzo fueron solamente manchas en los ojos, pero ya se pronosticaba lo peor. De a poco comenzó a chocar con los muebles de su casa, se le empezaron a caer los vasos y todo lo que tomaba con sus manos. La enfermedad evolucionó y llegó un momento en que ya no veía nada. Rápidamente, Cristian, perdió la vista de sus dos ojos.

Dejó el colegió y se alejó de sus amigos. Su casa, ubicada en Conchalí, fue su único refugio. No salió de ella durante cuatro años. Pensó que Dios iba a solucionar su enfermedad, pero eso nunca sucedió. Fue criado en una familia evangélica, pero la religión ya no existía para él. “A mí me enseñaron que no cae una hoja sin la voluntad de Dios, pero cuando perdí la vista dejé de creer en él. En mi casa siempre han sido muy religiosos, pero ya no me sentía parte de ellos”. Comenzó a cuestionarse todo y, poco a poco, perdió las ganas de vivir.

La depresión que padecía lo hacía sentir débil. Empezó a sentir vergüenza de ser ciego, pero nunca se lo comentó a su familia. Se convirtió en una persona callada, pero con una rabia en su interior. “No había ningún motivo para seguir adelante. Me levantaba y me quedaba en sillón. Sentí que fueron cuatros que dejé de vivir”.

El proceso de angustia no sólo le afecto a él. Su hermano, Manuel, también recuerda con nostalgia esa época. Es el mayor de los tres hermanos y el pilar fundamental de Cristian durante esos años. “Al principio era complicado. Mi hermano vivía un proceso interno muy fuerte, pero nosotros también. Yo tenía pena, pero tenía que ser más fuerte que él”, menciona Manuel.

Su madre, Edith Guzmán, le entregó una máquina de escribir para que se distrajera. Aprendió a usarla y empezó a escribir poemas, cartas a Dios y reflexiones sobre la discriminación llenas de rabia y odio. Todas esas hojas las rompía para que nadie las viera. Así estuvo un tiempo, creando y deshaciendo. El glaucoma congénito le cambió la vida, pero él, más adelante, también la volvería a cambiar.

Música: La primera luz

La madre de Cristian le compró un teclado eléctrico y una guitarra acústica. Pensó que la música podría ser la salvación a los malos días que vivía su hijo. Aprendió a tocar los instrumentos y volvió a sociabilizar con sus vecinos. Todos aquellos poemas que escribió en algún momento se convirtieron en canciones.

Aunque comenzó a sentirse mejor, Valenzuela seguía con rabia y eso lo plasmaba en las letras de sus melodías. Junto a otros jóvenes empezó a cantar rap. La música le ayudó a volver a vivir, pero lo transformó en un adolecente rebelde. Se dejó el pelo largo y no le hacía caso a nadie. Luego de un tiempo, su madre lo inscribió en el Centro Educacional Santa Lucía, ubicado en La Cisterna. Esta escuela rehabilitaba y capacitaba a jóvenes con discapacidad visual. Los talleres musicales fueron el primer paso de su rehabilitación, la que luego se consagraría con el deporte.

Los primeros trotes

Son las seis de la mañana y Cristian se levanta de su cama. Está lloviendo, pero a él no le importa. El entrenamiento se ha hecho parte de su vida y nada se lo impide. Manuel lo acompaña al Estadio Municipal de Recoleta a correr.

-Hoy tengo que hacer mejor marca que ayer –le dice Cristian a Manuel.

-Corre con cuidado, que el piso está como barro –le responde.

Cristian da vueltas y vueltas junto a su guía Francisco, como si no se cansaran. Lleva más de un año trotando en las mañanas y ya tiene grandes expectativas; quiere, alguna vez, ganar una medalla de oro.

La primera vez que compitió fue el 2006 a los 23 años. Un amigo lo llevó a un torneo de atletismo en el Estadio Nacional. Le quedó gustando la disciplina y no la dejó más. Le gustó la libertad, la brisa en su rostro y la sensación de fortalecerse mentalmente con el trote. “El atletismo es un deporte súper mental. Es una lucha contra uno mismo y los límites de su cuerpo”.

Manuel lo estuvo llevando durante meses a entrenar al estadio de Recoleta. Su hermano no podía caminar solo por la ciudad y con su bastón se sentía inseguro. Lo acompañaba a las siete de la mañana, porque Cristian trabajaba de telefonista en Sodimac y no tenía otro horario disponible, ya que luego del entrenamiento se iba a trabajar.

Con el sueldo que le pagaban se compró su primer par de zapatillas para trotar. Empezó a tomarle el gusto al deporte y a comprarse todos sus implementos. Tras un año de práctica, ya estaba en los Panamericanos de Río de Janeiro cruzando la meta de los 1.500 metros en cuarto lugar, posición que le permitió clasificar a los Juegos Paralímpicos de Beijing 2008.

Llegó penúltimo en la ronda clasificatoria de Beijing. Era la primera vez que competía en un torneo tan importante. Los otros atletas paralímpicos estaban mucho más preparados que él. Las federaciones deportivas de los demás países tenían más recursos, mejores cuerpos técnicos y más implementos deportivos para entrenar.

Se devolvió a Chile triste, pero sabiendo que habrían más oportunidades.

***

La medalla de oro en Londres, Cristian, la recuerda como el mejor logro paralímpico de Chile. Sin embargo, ese año no fue bueno para ellos. La ayuda económica que recibió la Federación Paralímpica de Chile, entre el periodo 2010 y 2012, fue de 947 millones de pesos. El total del presupuesto para los deportistas chilenos durante esos años fue más de 20 mil millones, según el informe “El Deporte Paralímpico en Chile: La historia de un camino marcado por el mal manejo”. Sólo el 4,6% de los recursos fue destinado a los deportistas discapacitados; sin embargo, Cristian ganó la medalla de oro.

Comparando la situación financiera del deporte paralímpico en Chile con el extranjero, la diferencia es evidente. España es uno de los países que se destaca a nivel mundial en los deporte paralímpico. En el mismo informe se especifica que entre el periodo 2005 y 2008 la inversión total de su federación fue más de 9 mil millones. En Chile, esos mismos años, la inversión fue de 86 millones.

T 11: La categoría del campeón

Las categorías de los deportistas paralímpicos se clasifican de acuerdo a su discapacidad. Los atletas con problemas visuales se clasifican entre T11 y T13. La primera es la ceguera total y es en la que participa Valenzuela. Mientras más bajo el número, más es la ceguera.

Todos estos deportes se han implementado desde 1960. En un comienzo no existía tanta tecnología, pero hoy en los torneos participan personas con prótesis, sillas de ruedas, parálisis cerebrales y atletas con discapacidad intelectual.

En Chile son 20 deportistas paralímpicos de élite, pero sólo Cristian es el medallista de oro.

El recorrido del campeón

La trayectoria de Cristian está marcada por fracasos, lesiones y triunfos. Cuando volvió de China conoció a Ricardo Opazo, su actual entrenador. También conoció a Francisco Muñoz, Raúl Moya y Mauricio Valdivia, sus actuales guías. Siguió trabajando en Sodimac y entrenando en las mañanas. Necesitaba dinero para ir a Londres y no podía dejar de trabajar.

Antes de ir a Inglaterra viajó a Nueva Zelanda al Campeonato Mundial de Atletismo. Participó en los 10.000 metros y llegó segundo. El comité chileno sólo tenía dinero para ir en auto al estadio. No obstante, en la maratón de ese torneo, se consagró campeón con un tiempo de 2 horas y 41 minutos. Fue la primera vez que sonó el himno de Chile en el podio.

Al regresar del campeonato, ayudó a su madre con los gastos y se compró unas zapatillas para seguir entrenando. Obtuvo una beca y todo lo malo había quedado atrás.

El deporte en la vida de Cristian llegó como una salvación. Comenzó con el goalball, una disciplina específicamente creada para personas no videntes. Se juega con dos equipos de tres jugadores que intentan anotar un gol en el arco contrario, mientras están recostados en el piso. Lo practicó siete años antes de correr en el Estadio Nacional por primera vez.

Francisco Muñoz lo recuerda tímido. “En un comienzo, el Cristian, no hablaba mucho. El profe lo presentó y era súper callado”. De a poco, él y los demás guías comenzaron a formar una relación de amistad con Valenzuela. Los entrenamientos cada vez eran más intensos y más constantes, aunque no exentos de complicaciones. Empezaron a entrenar en el estadio de Recoleta durante las mañanas y las tardes. Los guías iban rotando, pero no dejaban de correr. “Muchas veces nos fuimos a tierra, porque yo me preocupaba más de su camino que del mío”, menciona Francisco.

Los guías se vendaban los ojos en el camarín y se cambiaban de ropa. Intentaban descubrir qué sentía su amigo y cómo era vivir de esa manera. Ninguno lo hacía más rápido que Cristian. “Realizábamos todas nuestras cosas vendados; cambiarnos, trotar y comer, pero era complicado. Sentir lo que siente un ciego es difícil”, cuenta Francisco.

La amistad entre los guías y Valenzuela fue aumentando; se trataban como hermanos. Cristian comenzó a desenvolverse mejor y ya sociabilizaba como cuando era un niño. “Íbamos a comprar ropa y le explicábamos los colores. Le decíamos: Cristian, esta polera es del color de las piedras, pero cuando están bajo el agua”, dice Francisco.

Un día, mientras iba al entrenamiento, Cristian se cae y se golpea la tibia. Su lesión lo dejó ocho meses fuere de las pistas y se perdió los Juegos Panamericanos de Guadalajara en el 2011. Estuvo a punto de quedar fuera de Londres, pero se recuperó y siguió entrenando.

Ricardo Opazo ha sido su entrenador por seis años. Menciona que desde que lo conoce ha sido porfiado, pero un porfiado perseverante. “Jamás se rindió y siempre se levantó cuando estuvo en el suelo”. Quedaban pocos meses para Londres y estaban en contra del reloj. El entrenador recuerda que las sesiones de entrenamientos eran duras y que Cristian quedaba muerto al final de día. Entre el trabajo y el trote no le quedaba tiempo para estar con su familia ni hermanos. Cuando llegó el momento de partir, le asignaron otro guía. Uno especial para esa ocasión; Cristopher Guajardo era el elegido para la competencia.

Tras la medalla de oro, su vida comenzó a cambiar. Ganó una gran suma de dinero y comenzó a ser más reconocido por el deporte nacional. El 2012 fue electo mejor deportista del año junto a Tomas Gonzáles, quien salió cuarto en su disciplina en Londres.

Con el paso del tiempo intentó invertir en dos negocios independientes, pero no le fue bien. La poca preocupación por sus locales y el poco tiempo que les dedicaba hicieron que tuviera malos resultados económicos. La tienda “Re-corre” no le dio los frutos que espera Cristian. “La poca atención que le de mi local me hizo perder mucho dinero y que le negocio fracasara con el tiempo”.

Siguió entrenando hasta llegar al Mundial Paralímpico en Francia. Ya tenía la medalla de oro y un campeonato mundial en el cuerpo. Se había preparado al igual que lo otros años y el resultado lo reflejó. Llegó a la meta primero en la maratón. En ese mismo torneo, también ganó medalla de plata en 5.000 y 1.500 metros. Cristian se devolvía con tres medallas a Chile.

***

Actualmente Cristian llega en auto a entrenar al estadio de Recoleta. Lo van a dejar y a buscar. Todas las personas que entrenan en el lugar lo conocen. Saben que es el campeón del mundo y de la vida. Hoy, con 32 años, espera los Juegos Paralímpicos de Río 2016. Competirá en los 5.000 metros. Hace poco que llegó del mundial de Qatar con una medalla de oro; otra más a su listado.

Su entrenador recuerda al joven que conoció y al hombre que conoce ahora. Destaca su perseverancia y sus ganas de salir adelante. “En un momento estuvo mal, pero se recuperó”, menciona. El único miedo que nunca dejó fue el miedo a él mismo; el miedo a dejar de ser el mejor y no poder seguir adelante con su vida, agrega Ricardo, mientras ve como trotan sus cincuenta alumnos.

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