Me gustan los gilipollas,

pero me enamoro de los subnormales.

Me explico, de buenas a primeras siempre me llaman la atención los gilipollas. Los gilipollas de manual: chulos, prepotentes, con ese aire de que en cualquier momento te van a robar un beso antes de que te des cuenta. Los Danny Suko, Quimi Verdet o Chuck Bass.

Pero, al final, de los que siempre me enamoro es de los subnormales. De los que hacen el payaso y el ridículo, los que tartamudean, los que se ponen nerviosos cuando ven el cierre del sujetador, los que nunca ligan, los de las gafas y las referencias frikis, los que están rotos.

Y es que tengo debilidad por las personas rotas, aquellas con cara de necesitar un abrazo. Aquellas que parecen necesitar que alguien las arregle como quien monta las piezas de un puzzle. Supongo que por eso me gustan los gilipollas, porque tiendo a pensar que son gilipollas porque están rotos. Pero, la verdad, es que Quimi sólo hay uno y los gilipollas son gilipollas porque nacieron gilipollas.

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