“Soy un voyerista de los deportes”

“Yo creo que hay ciertos extremos emocionales que mirados desde la trinchera del deporte se sienten más que en otro lado.”
Salcedo Ramos y Antonio Cervantes Reyes “Kid Pambelé”. Archivo personal de Alberto Salcedo Ramos.

Uno de los cronistas más respetados de América Latina se une a #AsíSíSeJuega

Alberto Salcedo Ramos, hincha del Atlético Junior de Barranquilla, amante del boxeo y del béisbol, ganador en cinco ocasiones del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, maestro de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano y autor de libros como El Oro y la Oscuridad. La vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé (2005) y La eterna parranda. Crónicas 1997–2011 (2011) se une a #AsíSíSeJuega.

En esta entrevista, hecha después de que el Junior de Barranquilla perdiera el 21 de mayo (día del cumpleaños de Salcedo Ramos) la final de la Liga Postobón del primer semestre del 2014 con un punto por debajo de las dos anotaciones de Atlético Nacional; el periodista que en su infancia disfrutaba más ver a Kid Pambelé a través de la televisón destrozándole la osamenta a un japonés, un puertorriqueño o un panameño que ver a Tribilín, Superman, Caliman o Tarzán, nos habla de su amor por deporte.

Salcedo Ramos tuvo su primer acercamiento al deporte en San Estanislao, un pueblo al norte de Bolívar al que todo el mundo llama ‘Arenal’. Allí, casi a 40ºC bajo la sombra, jugó fútbol, béisbol y escuchó por primera vez, de boca de su abuelo, el nombre al que quedaría encadenado: Kid Pambelé, campeón mundial de boxeo en 1972, a quien Alberto tuvo como héroe durante su infancia y antihéroe de su adultez.

Esto fue lo que nos contó Alberto Salcedo Ramos sobre su amor al deporte y a la literatura.
Por: Dahiana Rodríguez y Mariel Bejarano

¿Cómo fue su primer acercamiento al deporte en la vida y de forma profesional? Yo crecí en un pueblo que se llama San Estanislao, pero todo el mundo le dice Arenal, queda en el norte de Bolívar. Es un pueblo muy caliente, casi a 40ºC a la sombra. Allí se contaba el siguiente chiste: Una vez murió alguien de Arenal y como se había portado muy mal en la vida fue enviado al infierno, y cuando llegó lo echaron en una paila hirviente y el tipo estaba muerto de la risa; cuando le preguntaron por qué se reía si estaba en el infierno, dijo “es que yo era chófer de un carro en Arenal”.

Lo curioso es que en Arenal el calor nos apabullaba de tal manera que teníamos que escondernos dentro de las casas a las 2:00PM, en el sopor posterior al almuerzo. En cambio cuando jugábamos fútbol o cuando jugábamos béisbol no sentíamos el calor.

Eso fue lo primero que aprendí, cuando uno hace deporte uno va un poco contra la corriente y sin embargo puede nadar en contra de la corriente. Hacer deporte es eso, hacer que el sol sea menos inclemente o que el atraso se sienta menos pesado sobre los hombros de uno.

No recuerdo cuántos años tenía exactamente cuando empecé hacer deporte, no he sido nunca un gran deportista. Más que hacer deporte jugué con la despreocupación con la que juegan todos los niños, pero en cambio sí he sido un seguidor del deporte, me gustan los deportes, amo los deportes, los considero una puesta en escena en la cual es posible ver lo mejor y lo peor de la condición humana.

¿Cuándo fue la primera vez que se cruzó como periodista con el deporte? Apenas empecé a ejercer mi profesión de periodista empecé a trabajar con temas relacionados con el deporte: boxeo, fútbol, béisbol. Yo siempre he creído que el deporte hace que uno pueda conocer a las personas. No hay un lugar sobre la faz de la tierra donde se sienta más la soledad que en la esquina de un boxeador.

No hay un lugar donde se sienta más el peso de la derrota que en el camerino de un equipo que acaba de perder. Yo creo que hay ciertos extremos emocionales que mirados desde la trinchera del deporte se sienten más que en otro lado.

¿Qué historias ha conocido, a través de su trabajo, sobre deportistas a los que el deporte les cambió la vida de forma positiva?

Los boxeadores… Una vez le preguntó el periodista Melanio Porto Ariza al boxeador Rodrigo Valdez por qué subía al ring asumiendo el riesgo de morir, que si no era difícil estar en un lugar recibiendo golpes. Y él respondió: “más duro se sienten los golpes del hambre”. Entonces yo creo que los boxeadores pelean por eso, porque tienen hambre.

Joyce Carol Oates, la gran escritora de Estados Unidos, hizo uno de los mejores libros de deporte que yo conozco, el libro se llama ‘Del boxeo’ y ella le pregunta a Barry McGuigan, un boxeador irlandés, por qué pelea y él responde “porque no puedo ser poeta, no sé contar historias”.

Yo creo que a todos los deportistas les pasa un poco eso. Ahora, el boxeo, que es un deporte que a mí me apasiona, no me apasiona tanto por lo que tiene de deporte, es posible que no sea deporte; me apasiona por esas historias dramáticas que hay detrás.

El boxeo, como bien lo dijo Joyce Carol Oate, es el único deporte en el que no se utiliza el verbo “jugar”, uno juega fútbol, uno juega tenis, uno juega básquet, pero uno no juega al boxeo. Eso ya le da una connotación especial a esa actividad.

Para mí el boxeo es una metáfora de lo más primario del ser humano que es la lucha por sobrevivir; la desnudez de los boxeadores. No es gratuito que en el único deporte donde los deportistas están casi desnudos sea en el boxeo, tienen el torso descubierto. Yo veo en esa desnudez una metáfora de la desnudez original.

Todos los deportes tienen algo, a mí por ejemplo me gusta el béisbol, sé que es un deporte que no lo entiende el que no lo ha amado desde el principio.

Yo crecí viendo béisbol, entonces yo amo el béisbol. El béisbol es una metáfora de la vida en el Caribe. A nosotros en el Caribe no nos gusta la vida vivida de afán, vivida a las carreras. Por eso nunca vas a ver un conductor de Fórmula 1 nacido en Magangué Bolívar, porque sencillamente no nos gusta la velocidad, nos atropella. Entonces el béisbol nos muestra a un hombre panzón que se para en la caja de bateo y que tiene que darle una vuelta al diamante, puede meter un hit, puede meter un jonrón, come chicle, se sale de la caja de bateo, tose, entra, batea… Es una metáfora de nuestra vida en el Caribe, si uno no amó eso en la infancia no lo va a entender nunca, uno no ama lo que no entiende. Y por eso hay tanta gente del altiplano cundiboyacense que no ama el béisbol, porque no lo aprendió a amar en la infancia.

A mí del béisbol me gusta que es un deporte donde no existe el reloj, uno va a ver un partido de fútbol y hay equipos que juegan manipulando el tiempo a través del reloj, se tiran en el piso, le maman gallo al árbitro, botan el balón para que el tiempo se vaya pasando impunemente; mientras que en el béisbol tú no puedes hacer eso, porque se trata de hacer tres outs; tú verás si los haces en un día, en media hora o en 20 semanas, tú tienes que hacer tres outs y por eso nadie manipula el reloj, es un deporte maravilloso porque se juega contra las manecillas del reloj y eso me encanta. Todos los deportes tienen algo así, algo que a uno lo apasiona. A mí me gusta la prueba de la velocidad, la de los 100 metros planos, me encanta.

No hay un lugar sobre la faz de la tierra donde se sienta más la soledad que en la esquina de un boxeador.

¿Cómo se casan el deporte y la literatura, cómo ocurre este matrimonio? El deporte es una fuente de emoción por un lado y de belleza por el otro, la literatura también trabaja con estos elementos, de modo que cuando tú lees a los buenos escritores que se ocupan de temas deportivos, notas como una constante ése guiño a la belleza, a la emoción. Por ejemplo, Martín Caparrós escribió hace poco a propósito del campeonato mundial 2014, que cuando llega el mundial el fútbol se convierte automáticamente en una religión que no admite ateos, eso es muy bello.

Juan Villoro escribió que Zinedine Zidane hacía con una pelota lo que Diego Maradona hacía con una naranja.

Joyce Carol Oates fue a entrevistar a Larry Holmes, campeón mundial de peso pesado y Larry Holmes le dijo “Es muy duro ser negro. ¿Tú has sido negro alguna vez? Yo fui negro, pero fue antes, cuando era pobre.” Eso es muy bello también. Entonces en todos los deportes, cuando están tratados a través de la prosa de un gran escritor, vas a encontrar una fuente inagotable de belleza.

¿Cómo ve el fenómeno de las barras bravas en Colombia? A mí no me sorprende que las barras bravas hayan llegado al deporte en Colombia, porque si miras bien la realidad colombiana es como un partido de bárbaros que siempre se juega en medio de barras bravas.

En Colombia siempre hay barras bravas, entras a Twitter y hay hooligans, entras a Facebook y hay hooligans, haces una fila para entrar a ver una película y hay hooligans. Me atrevería a decir que nosotros no les pusimos el nombre de ‘hooligans’, pero nos lo inventamos.

Por eso a mí no me sorprende que las barras bravas lleguen al deporte, son parte de la vida nacional, el deporte suscita pasiones, pasiones primarias; es una actividad en la cual es bien visto desearle el mal al prójimo. Todos vamos a las iglesias a darnos golpes de pecho y cuando salimos de allí oramos por el bien del prójimo, pero luego entramos a una cancha de fútbol a desearle al prójimo que le vaya mal, a desear que su equipo se vaya a la segunda división, que lo goleen cuatro a cero. El deporte es eso también, el deporte saca a flote lo mejor y lo peor de la condición humana.

¿Cómo pueden los medios de comunicación y los periodistas entregar un mensaje de juego limpio? Yo creo que en el deporte se conoce al caballero y al truhán, yo creo que hay que jugar limpio, jugar limpio es no sacar ventajas indebidas, no utilizar ventajas extra deportivas como el doping y las sustancias químicas psicotrópicas, no comprar los resultados bajo la mesa, no hacer pactos indebidos con los jueces y árbitros. Yo creo mucho en la posibilidad de jugar limpio, no me sabe a bien ninguna victoria que no se logre a través de un proceso de esfuerzo transparente.

¿Qué hace a un hecho deportivo merecedor de una crónica? Para mí los hechos deportivos son dignos de contar cuando lo impresionan a uno, cuando excitan a uno la voluntad de dejar un testimonio, Stephen Vicencci, un autor húngaro, decía: “Todo aquello en lo que no puedo dejar de pensar es mi tema”. Con los sucesos y personajes del deporte a mí me pasa eso, hay unos que me impresionan de tal manera que me avivan el instinto de narrador y simplemente yo no tengo frente a esos sucesos y personajes más opción que contarlos.

Yo creo que los personajes del deporte no son simplemente unos personajes del deporte, yo no creo que hablar del deporte sea hablar de unos atletas que llevan una vida dentro de los coliseos y estadios y que esa vida no nos incumba. Yo creo que esos atletas están protagonizando por todos nosotros una metáfora sobre la vida, sobre la condición humana, la existencia y sobre lo que somos como país.

Una vez fui con José Zárate, ex futbolista colombiano apodado ‘el boricua’, a un estadio abandonado en su barrio en Barranquilla. Es curioso, fuera del estadio estaban unos atracadores y dentro del estadio estaban unos viejitos jugando fútbol; entonces yo llegué a una conclusión inquietante: en Colombia el deporte también puede ser un burladero contra la barbarie, porque te atracan fuera del estadio pero no dentro del estadio, a veces hay que entrar al estadio para que no te ataquen.

A mí me parece mágico, me parece maravilloso que el deporte te entregue esa posibilidad de resocialización.

¿Cuál fue su primer acercamiento a la vida de Kid Pambelé? Yo tenía nueve años en 1972 el 29 de octubre cuando fui despertado por mi abuelo, quien eufóricamente me informó que teníamos un nuevo campeón mundial. Cuando le pregunté a mi abuelo “Un campeón mundial de qué” él me dijo, “de boxeo”, le pregunté “cómo se llama” y entonces oí por primera vez ese nombre: ‘Kid Pambelé’.

No me sonó a deporte, no me sonó a unos guantes y a una mandíbula fracturada; me sonó a baile. Kid Pambelé, me sonó como a mapalé, y no fue casual que me sonara así, porque Pambelé es nativo de Palenque, de San Basilio de Palenque, el primer pueblo de negro libertos que hubo en Colombia. Ésa fue la primera vez que oí hablar de él, nunca se me olvida ese nombre, creo que desde el primer momento en que lo oí quedé encadenado.

Pambelé fue mi primer súper héroe. A mi me aburría ver a Tribilín, Superman, Caliman y a Tarzán, pero no me aburría ver a Pambelé.

Pambelé fue el rostro triunfal de mi infancia, Pambelé me hacía despertar de madrugada o acostar tarde en la noche, Pambelé como muy bien lo dice Juan Gossain, fue el hombre que nos enseñó a ganar.

Renato Descartes dijo una vez “donde más cerca encontrarás una mano dispuesta a ayudarte es en el extremo de tu propio brazo”, Pambelé nunca leyó a Descartes pero aplicaba al píe de la letra esa máxima, porque nació sin más armas para sobrevivir que un par de puños, y con ese par de puños se reinventó. A mí me parece mágico, me parece maravilloso que el deporte te entregue esa posibilidad de resocialización. Octavio Paz dijo una vez de María Felix, la actriz mejicana, dijo. Nació dos veces, el día en que su madre la parió y el día que ella se reinventó. Yo podría decir lo mismo de Pambelé, él se reinventó a través del boxeo, porque cuando nació ya tenía escriturada la derrota como destino y gracias al boxeo se escapó de esa derrota.

¿Empezó a investigar a Kid Pambelé con la intensión de escribir sobre él?

Cuando yo era niño yo no investigaba nada de Kid Pambelé, simplemente me ponía frente al televisor para ver cómo le destrozaba la osamenta a un japonés, aun puertorriqueño o a un panameño.

Cuando yo era niño Pambelé era mi héroe, crecí viéndolo pelear, cuando yo me volví adulto Pambelé ya no era un héroe sino un antihéroe, un personaje de lástima que iba por las calles ocasionando escándalos y generando problemas. Entonces como ya en la adultez yo me había convertido en periodista, quise averiguar qué había entre esos dos extremos, el héroe de mi infancia y el antihéroe de mi adultez. Y para responder a esa inquietud me dediqué a investigar su vida y a escribir el libro ‘El Oro y la Oscuridad’.

¿Cuál es el #AsíSíSeJuega de ‘El Oro y la Oscuridad’? Pambelé es una de las personas más honestas y limpias que yo he conocido en mi vida, a Pambelé yo podría representarlo con un verso de Raúl Gómez Jattin (poeta cartagenero) que dice: “Tranquilos que solo a mi suelo hacer daño”. Pambelé se hizo el daño a sí mismo, cuando Pambelé está sobrio es el hombre más atildado y decente que hay sobre la faz de la tierra, es un caballero, un hombre de bien, honesto, amoroso, muy fino para tratar. Para mi el juego limpio de El Oro y la Oscuridad es ése Pambelé que yo retrato allí, un Pambelé que mostré en su parte oscura, pero también mostré con mucho respeto porque es un personaje muy bello al que el país le debe mucho.

¿Cómo hacer que a un amante del deporte pero no de la literatura le llegue un libro que logre enamorarlo de la literatura? Hay un montón de libros sobre deporte que yo recomiendo. Por ejemplo ‘Salvajes y sentimentales’ de Javier Marías.

‘El fútbol a sol y sombras’ de Eduardo Galeano. También lo recomiendo.

‘Los once de la tribu’, un libro maravilloso de Juan Villoro.

El deporte es una fuente de emoción y de belleza, recomiendo esos libros, pero quizá el que más recomiendo es un libro de David Remnick, editor de la revista New Yorker, el libro se llama ‘Rey del mundo’: Muhammad Ali y el nacimiento de un héroe americano’.

¿Qué ejemplos de juego limpio de deportistas colombianos tiene presente?

Edgar Rentería, beisbolista de grandes ligas. Hay una frase que hizo carrera en Estados Unidos en los peores tiempos de la segregación racial, era un chiste que se contaba y era el siguiente: “¿Qué tiene de especial el béisbol?. Tiene de especial que es la única actividad humana en la cual a un negro se le permite plantarse frente a un blanco con un palo en la mano.”

Edgar Rentería nació en medio de una gran segregación, y lo único que tuvo para pegarle a la pobreza fue ese palo. Con ese palo él bateó a la pobreza, salió adelante. A mi me parece que eso es jugar limpio, porque él no se torció, no agarró otro camino, simplemente le apostó a esa habilidad deportiva y con ella salió adelante.

Salcedo Ramos y Edgar Rentería después de una entrevista en el Pro Player Stadium, de Miami (1998). Foto: Archivo personal de Salcedo Ramos.

¿Alguna vez se le pasó por la cabeza ser deportista? ¿Yo? Yo juego ajedrez y me agito, soy muy malo para los deportes, muy malo. Yo soy un voyerista de los deportes, otros hacen la orgía y yo simplemente la miro a través de una rendija. Los amantes del deporte somos voyeristas, de vez en cuando participábamos en la fiesta, pero por lo general la disfrutamos desde afuera mirándola de marea lúdica.

Hay tres deportes que me gustan mucho: el fútbol, el béisbol y el boxeo. Si me ponen a escoger entre los tres no escojo ninguno, los 3 me gustan por igual.

Usted es hincha del Atlético Junior de Barranquilla…

El Junior me dañó el cumpleaños, yo cumplía ese día, el 21 de mayo, y el Junior jugó una final colgado de los travesaños, quiso que el reloj le regalara lo que no quiso buscar a través del fútbol. La gente se molestó porque el árbitro añadió 4 minutos, pero yo creo que hay que saber perder y decir “perdimos, en otra ocasión será”.

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