La democracia no sirve sin educación

Mucho se ha hablado de cómo los recientes episodios de votaciones desastrosas — el plebiscito del Brexit, el plebiscito de la paz en Colombia, el triunfo de Donald Trump — son fallas de la democracia como sistema. De cómo Churchill decía que “la democracia es la peor forma de gobernación, excepto por todas las demás”. Pero la democracia está bien. El problema somos nosotros.

En algunos casos, el “nosotros” se refiere a nuestros gobiernos que han fracasado en garantizar que las personas tengan una base aceptable de educación que les permita tomar decisiones racionales e informadas para elegir lo mejor para sus futuros, y en eso me voy a enfocar ahora. Pero el “nosotros” también tiene que ver conmigo y contigo como individuos, y el daño que estamos haciendo al caer en la complacencia y el individualismo. Pero eso es para otro día.

Hoy me encontré con un artículo que habla de un estudio del 2012 que dice que 1 de cada 4 estadounidenses piensa que el Sol gira alrededor de la Tierra. Siempre es divertido reírse de la ignorancia de pueblos ajenos, particularmente la del pueblo de Estados Unidos, que normalmente es estereotipado como un montón de ignorantes que solo se miran el ombligo, porque es lo único que logran verse con su enorme panza.

Pero resulta que 1 de cada 4 ciudadanos estadounidenses registrados para votar eligió a Donald Trump. Ellos, presuntamente los mismos que piensan que la Tierra es el centro del universo y que Chile es algo que se le echa a los tacos, decidieron poner a un bufón inseguro, influenciable y de cabeza caliente en la oficina más importante del país con más poder del mundo. Gracias a ellos, el planeta está entrando en el período de incertidumbre más grande en la historia reciente.

Nuestro cerebro está entrenado para buscar explicaciones. Si no tiene fundamentos para explicar algo o si las razones que existen son inaceptables, va a buscar un chivo expiatorio — o va a inventar uno. Esto ha pasado desde siempre; los mitos religiosos más antiguos son producto del mismo fenómeno. También somos buenos para aprender y expandir nuestra realidad, pero eso requiere de cierta predisposición a considerar y potencialmente aceptar datos o experiencias nuevas que contradigan sus creencias antiguas. Alguien con esa predisposición es mucho menos susceptible a caer en una xenofobia resentida o a morder carnadas populistas baratas cuando empeore su situación. Esa apertura de mente está directamente sujeta al nivel de educación que recibió ese cerebro.

Y no me refiero solo a la educación superior. En Chile todos se atragantan hablando de universidades gratuitas, y con razón, porque todos los que alguna vez marchamos nos hubiese gustado dejar de pagar los cerros de plata que son necesarios para siquiera entrar al juego de la máquina neoliberal que nos va a exprimir por el resto de nuestros días a cambio de quizá más fichas, para quizá ganar más tickets, para quizá canjear juguetes más grandes. Pero es egoísta enfocarse solo en la educación superior. La realidad es que el problema está en las escuelas básicas y secundarias.

Da lo mismo que todos tengan educación universitaria gratis si la masa de los estudiantes que entran al sistema de educación superior necesitan de un “quinto medio” para adquirir conocimientos básicos que les permitan funcionar en ambientes más exigentes. Poco importa que entren más, si al final todo lo que conseguimos como sociedad es tener más personas que se sienten fracasadas y frustradas por su falta de herramientas para trabajar en este nuevo entorno. Además, no todos quieren ser universitarios, ni todos deberían necesitar aspirar a serlo. Un foco serio en mejorar la educación escolar pública va a generar retornos inmediatos apenas los jóvenes receptores de un potencial nuevo sistema se gradúen (o se salgan) del colegio, y estos retornos van a ser para ellxs y para el país como conjunto.

Un pequeño aparte sobre “el país”: Un día el cobre se va a acabar. Ya no fuimos un país productor, la dictadura se hizo cargo de demoler esa idea. Un día Chile sólo va a poder sobrevivir económicamente si se toma en serio el desarrollo de su sector terciario, y esto sólo puede rendir frutos si mejora la educación escolar.

Las “fallas de la democracia” que hemos visto últimamente son equivalentes a una pataleta de un infante. Son personas diciendo «no sé lo que está pasando, pero no me gusta, y voy a agitar los brazos y chillar tonteras hasta que cambie». Lo único rescatable de la pataleta es la detección de un problema, pero todo lo demás es terrible. Eventualmente, todos maduramos y aprendemos a entender y solucionar nuestros propios problemas, o a pedir ayuda.

Una democracia con personas educadas busca la fuente del problema y lucha por las soluciones que ayuden a todxs por igual, o al menos a la mayoría. Una democracia llena de personas sin herramientas para entender o mejorar su situación y la de sus pares no es una democracia funcional, es una democracia autodestructiva. La autodestrucción es mala. Es el anti-objetivo de tener un gobierno que nos represente a todos.


Esta es la primera parte de una serie que llamo “La democracia no sirve”. La segunda es sobre la apatía, y está por acá.