Marty, el robot que enseña a los niños a programar bailando.

A simple vista, Marty no se diferencia mucho de un colorido juguete infantil. Es pequeño, simpático y se mueve con gracia. Esta imagen no es una casualidad, por supuesto, porque su creador, el escocés Alexander Enoch, pensaba en los niños desde la gestación del proyecto. Concretamente en una niña, su sobrina Juliet, para la que buscaba un regalo muy especial: un robot que pudiera caminar. Pero ninguno de los que encontró le convencía, así que pensó en diseñar uno. Aquel regalo frustrado se convirtió en un proyecto que, según The Scotsman (uno de los diarios más importantes de Escocia) “puede cambiar radicalmente cómo los niños aprenden mecánica y programación”.

No es un tema menor este del aprendizaje de unas materias que van a convertirse en esenciales dentro de muy poco tiempo. Un estudio publicado por The Robot Report estima que la industria de la robótica mantendrá un crecimiento continuado y llegará a alcanzar los 102.800 millones de dólares en el 2023. Drones, investigación, salud e impresión 3D serán los sectores con mayor desarrollo. Benedikt Frey y Michael Osborne, investigadores de la universidad de Oxford, publicaron en 2013 un artículo en el que pronosticaban que el 47% de las categorías profesionales se verán afectadas por el auge de la robótica (en alguno de los casos, como en el de los teleoperadores, sus puestos de trabajo serán ocupados por máquinas en un 99%). Deberían surgir, claro, nuevas profesiones, pero con estas perspectivas, tener conocimientos de robótica, ingeniería y computación parece imprescindible. Y proyectos como el de Alexander Enoch pueden ayudar a esta transición para la que, de momento, muy pocos sistemas educativos están preparados.

Que los padres se preocupan por estas necesidades se puede apreciar con una simple consulta en Internet. Al escribir la palabra “robótica”, Google completa la búsqueda sugiriendo “para niños” o “educativa”, señal del interés que despierta el tema. Ese es precisamente el terreno en el que se mueve Enoch, quien describe su trabajo como “un intento de incluir muchas de las funciones que encuentras en un robot académico o en una máquina realmente complicada, e implementarlas en algo que es simple y divertido”. Marty puede caminar, bailar, jugar al fútbol, está construido con hardware libre y programado con código abierto, se le pueden añadir distintos sensores y, lo más increíble, sus piezas pueden fabricarse en casa a través de una impresora 3D. La idea es que el robot crezca en funcionalidades y módulos a medida que los niños van aprendiendo.

Aunque no son pocos los que, ante la perspectiva de la pérdida de empleos, han comenzado a mirar los avances de la robótica como una amenaza, Enoch es optimista. Cree que las máquinas servirán para liberarnos: “en el futuro la tecnología conseguirá lo que siempre nos habían prometido y hará nuestras vidas más fáciles. Creo que la mayoría de la gente ahora mismo se sentiría más feliz si pudiera reducir su jornada laboral. La gente está trabajando más horas que nunca, y la automatización podría servir no para reducir el número empleos, sino el tiempo que pasamos en el trabajo”.

El Futuro es One

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