Insomnio

Siempre había sido una persona con problemas de insomnio, desde pequeño, cosa que martirizó a mis padres en mis primeros años ya que no sabían que hacer conmigo. Un día de casualidad descubrieron que los ruidos repetitivos del lavavajillas y la lavadora, juntamente con su movimiento, me hacían dormir como un angelito y desde entonces siempre hacían la lavadora y lavaban los platos en horario nocturno. A mi me ponían en mi cuna, cerca de aquellos electrodomésticos donde dormía plácidamente, la suma del sonido de ambas máquinas se convertía en una melodía celestial, más apaciguadora que la música clásica o las canciones infantiles, al menos desde mi punto de vista. Con los años me acostumbré a dormir en mi habitación, aunque si tenía alguna pesadilla volvía a la cocina en busca del ritmo de la lavadora para que me tranquilizara.

Hace un mes el insomnio volvió: como en aquellos años de biberón soy incapaz de dormir en una habitación. Probé de dormir en la cocina, con el lavaplatos, cosa que hizo alucinar

a mis compañeros de piso, pero fue inútil. Aquel sonido ya no era suficiente y eso sumado a la torticolis y a lo frío que estaba el suelo, hizo que decidiera probar nuevas alternativas. Dejé el ordenador encendido toda la noche, pensando que el sonido de su procesador sería suficiente melódico para coger el sueño, pero también fracasó. Incluso me compré unas cintas con ruidos de fábricas (estilo el “Cabeza Borradora” de Lynch) que tampoco tuvieron éxito. Llevaba ya una semana sin conseguir dormir más de una hora seguida y empezaba a ser una persona muy malhumorada y con unas pintas deplorables. Estaba desesperado. No había manera. Ni los somníferos, ni todos los electrodomésticos de la casa conseguían que durmiera. Tenía unas ojeras descomunales y siempre iba con gafas de sol. En mi facultad empezaron a correr rumores de que era un vampiro o bien una persona que siempre estaba de fiesta; la gente me preguntaba lugares para salir un martes y clubes que siguieran abiertos pasadas las seis de la mañana. Yo no sabía que decirles (a parte de recomendarles la “Bomba Ninja” o el “Row”) mientras pensaba como me lo podía hacer para dormir. Una mañana llegaba tarde a la universidad y decidí coger el metro en vez de la moto ya que había mucho tráfico. Eran poco más de las nueve y sorprendentemente conseguí un asiento. Apoyé la cabeza en el cristal por un instante y lo siguiente que recuerdo fue despertarme con mi propio ronquido. Habían pasado dos horas, fue maravilloso. El movimiento del metro me había hecho dormir de verdad, descansando como hacía mucho tiempo que no lo conseguía. Aquel movimiento, el sonido de las puertas cerrándose, la música que avisa del cierre de compuertas sonaba como trompetas celestiales; el “próxima parada…” para mi era como una nana; había encontrado el lugar perfecto donde descansar. Aquel día no fui a clase, me lo pasé entero en el metro, con la cabeza en el cristal, soñando como hacía mucho tiempo que no lo hacía.

Empecé a ir en metro una hora cada día, compraba una T-10 cada semana ya que para mí aquella tarjeta era un vale para dormir. Parecía que el problema por fin se solucionaría. Pero mi estrategia tenía ciertos agujeros en los que no había pensado: un día fui a las ocho de la mañana, sin plantearme que era hora punta y ese fue mi error. No me pude sentar. Sorprendentemente, y pese a ello, me estaba quedando roque, pero de pie y entre la gente. Una señora se molestó porque apoyé mi cabeza en su hombro, creo que incluso se me había caído un poco la baba; no había sido una buena idea. Así que iba al metro a dormir en las horas de menos afluencia, horas en las que siempre podía encontrar lugar para sentarme. Me pasaba el día con jet-lag, no dormía por las noches y lo hacía de día, lo que provocó que empezara a perderme clases. Pero yo era feliz, podía descansar un

rato cada día.

Y entonces sucedió una cosa maravillosa: decidieron abrir el metro los sábados durante toda la noche. Finalmente podría dormir de una sentada una noche entera, cosa que no conseguía desde hacía demasiado tiempo. Está bien dormir unas horas al día pero la opción de dormir una noche entera parecía la solución a todas mis plegarias. La gente lo aprovechaba para ir a bares y discotecas, pero ¿quién quiere salir de fiesta cuando, por fin, puede dormir? Con aquel ritmo y aquella música celestial con la que el metro te mece como si fueran los brazos de una madre cariñosa. Dormí siete horas seguidas. Fue magnifico. Los domingos soy la persona más productiva y entusiasta de toda Barcelona, hecho que a veces me ha comportado antipatías ya que la gente cuando está de resaca no tiene ganas de ver a alguien que parece salido de un musical de los setenta (que es como me encuentro yo cada vez que el metro abre toda la noche). Pronto será el puente de mayo, tres días enteros en los que el metro no cierra, la fecha está marcada en rojo en mi calendario. Tres días en los que dormiré plácida y felizmente, al fin.

Like what you read? Give Rafa Boladeras a round of applause.

From a quick cheer to a standing ovation, clap to show how much you enjoyed this story.