Jim Henderson el escritor

Jim Henderson era un joven escritor de Brighton. Escribía en su ordenador historias con el siempre divertido y cínico humor inglés. Había conseguido incluso que la BBC le comprase y realizase una serie suya, llamada “Harry y Sally hacen la colada” que trataba sobre estos dos personajes y como siempre se encontraban en la lavandería donde tenían muchas conversaciones, algunas interesantes y otras no tanto (“Hoy es día de la colada de calcetines y además llueve; odio los días de colada de calcetines” decía a veces Harry). Una serie que aprovechaba al máximo la tensión sexual no resuelta entre los dos personajes protagonistas como en las viejas series americanas de los ochenta.

El problema que tenía Jim era que, pese a ganar dinero escribiendo, él no se sentía un escritor. Había crecido leyendo a tipos como Bukowski o Hemingway, auténticos borrachos barbudos que escribían con máquina de escribir y tenían increíbles aventuras. Jim en cambio era bastante sano, no bebía ni fumaba, hacía yoga y escribía en un ordenador de última generación de la marca de la manzana. Todo aquello hacía que no se sintiera un auténtico escritor. Así que Jim decidió remediarlo: se compró una máquina de escribir antigua y empezó a beber, además de intentar dejarse barba (intentar es la palabra clave, ya que después de un mes a duras penas tenía un mostacho de mariachi mejicano). Y con un poco de esfuerzo y mucho bourbon consiguió ser un escritor en los términos que él siempre había deseado: le pasaban anécdotas dignas del mismo Chinaski donde se levantaba en casas de mujeres que no recordaba haber conocido; se dormía en el metro durante un par de horas mientras éste hacía el recorrido de punta a punta de la línea, para levantarse confundido y darse cuenta que le habían robado la cartera o se despertaba dolorido con golpes que no recordaba haberse dado. Él se reía de estas situaciones e intentaba incluirlas en sus escritos, aunque no fueran las más adecuadas la mayoría de las veces (sus personajes, Harry y Sally cada vez estaban menos en la lavandería y más en el bar). Poco a poco Jim escribía cada vez menos y bebía cada vez más. Cuando no se le ocurría una frase divertida o ingeniosa abría una botella de Jim o Jack o Gin y le pegaba un buen trago. Empezó a retrasarse en las entregas con los de la BBC y eso sin contar que lo tenía que mecanografiar todo por partida doble ya que los ejecutivos de la cadena querían que se lo enviaran todo por mail, así que primero lo escribía en su flamante máquina de escritor de verdad y luego lo pasaba al ordenador para enviarlo por mail.

Las cosas no iban bien para Jim Henderson el bebedor. La serie se estaba yendo al garete (el público se quejaba de que ya no eran los mismos personajes que les habían hecho engancharse al principio) y la verdad era que Jim ya no era el mismo tipo que cuando los había creado y no tenía ningunas ganas de seguir con aquellas historias de lavandería, eran demasiado suaves e inocentes para él, aquello no era vida. Así que les dio un aburrido final en el que Harry y Sally finalmente se besaban y decidió seguir adelante. Finalmente podría contar historias reales que le apasionaban ahora que era un auténtico escritor. Hablaría de experiencias de la vida que enriquecían el alma como conseguir hacer un buen combinado teniendo únicamente yogur y un limón en la nevera (además de mucho tequila); como perder una pelea y aún así quedarte con la chica o como conseguir beber alcohol en la calle sin meterte en problemas con la policía. Temas importantes, en definitiva. Escribía después de comer, de tres a cinco, y bebía el resto de la tarde y gran parte de la noche; e iba con extrañas compañías, básicamente hombres y mujeres que podían aguantar su ritmo con la bebida (el 1% de la población). Pero Jim sabía que estaba a punto de escribir la mejor novela británica de la historia (con la que autores que merecían su respeto como Nick Hornby, Graham Swift, Tom Sharpe o David Lodge le considerarían uno de los suyos), lo podía notar con cada sorbo de lo que estuviera bebiendo en ese momento. Era bueno que ya no escribiera guiones porque un guionista no era un auténtico escritor, no como él lo era ahora. Pese a que se tuvo que mudar a un piso más pequeño y con menos muebles; lo importante era que en su nuevo piso había una nevera roja, un buen mueble bar y sobretodo, su máquina de escribir. Quizá no la había utilizado en el último mes pero sabía que tenía muchas partes de ese gran libro en su cabeza y que, cuando se pusiera a ello, haría historia. Y eso era lo que les decía a todos los que lo escuchaban en el bar mientras compartían mesa y bebidas (cada vez menos sofisticadas), los conociera o no.

La última vez que se puso a teclear sonoramente en su máquina de escribir antigua fue el fin de semana que empezaron los Juegos Olímpicos de Beijing.

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