Jimbo, el paje

Jimbo se despertó a las siete de la tarde del Día de Reyes. Estaba contento porque como paje de Baltasar que era, la noche anterior había hecho su trabajo a la perfección: lo

habían entregado todo antes que ningún niño se despertara. Por otro lado, Jimbo tenía una terrible resaca. Eso se debía al hecho de que él era el encargado de tomarse todo lo que los niños dejaban para los Reyes Magos. Los Reyes estaban a dieta pero no querían decepcionar a los críos, así que los pajes eran los encargados de comerse cada plato y bebida que les dejaban los niños. Ya estaba acostumbrado a las galletas y la leche y hasta había suficientemente previsor como para tomarse un par de antiácidos antes de empezar la ronda nocturna (no era su primera noche de Reyes Magos siendo paje). Pero con lo que no contaba era con los chupitos de licor y las copas de cava que algunos niños habían dejado y que también eran labor de Jimbo el paje (y que provocaron que en la parte final de la noche, éste se pasara el rato diciéndole a los otros pajes lo mucho que los quería).

Jimbo se levantó de la cama y se fue directo a la cocina donde se tomó un par de aspirinas. En su pequeño apartamento de Luton no había espacio para demasiadas cosas, había incienso y mirra, pero por desgracia no había nada de oro (de hecho esa era una de las causas de su pequeño apartamento). Jimbo se preparó un bol de cereales con un poco de leche mientras pensaba qué oficio haría durante los próximos 364 días, hasta la noche del cinco de enero del año siguiente. Ya se había ganado la vida en el mundo de la hostelería, como paleta e incluso como rapero. Él aspiraba a trabajos mejores, pero no era tan fácil encontrarlos; además no podía poner en el currículum que era un paje real, ni tampoco pedirle a Baltasar que le escribiera una carta de recomendación (y era una lástima, porqué la prosa de Baltasar era increíble), ya que probablemente pensarían que estaba loco y no sólo no lo contratarían si no que además acabaría en una habitación insonorizada con una camisa de fuerza como vestimenta. Jimbo hojeaba el periódico sin prestarle demasiada atención, al menos hasta que llegó a la parte de clasificados y empezó a leer los anuncios (los de empleo, no los de las chicas de compañía…) sabía que tenía muchas más posibilidades de encontrar trabajo por Internet pero él era un hombre clásico: le gustaba el café bien fuerte y solo, el whisky que tenía suficiente edad para pedirse su propio whisky y las noticias en formato papel. En los clasificados vio un oficio que le llamó la atención: necesitaban ayuda en una joyería. Jimbo el joyero. Sonaba bien. Sonrió antes de tomarse la última cucharada de cereales. Ya sabía que sería de él; empezaba un buen año.

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