La última fiesta

1-Cuando muera, no quiero ser enterrado, quiero ser incinerado.

Estuve en un entierro hace poco y los rituales y gestiones que se hacen allí me aterraron. Empezando por el tanatorio; hay dos familias allí, en este caso, cada una totalmente por separado de la otra, sin que nadie se hablase (como si fueran dos bandas rivales en un musical de Broadway). La persona que estaba a punto de ser enterrada formaba parte de ambas familias, pero entre ellas nunca hubo demasiada relación. La sala donde está puesto el muerto para que lo vayas a ver no lo mejora demasiado, es una habitación bastante pequeña donde has de hacer cola tanto para entrar como para salir, cual peaje.

2- No tiréis la cenizas al mar ni a un bosque ni nada por el estilo. Seguro que se nos ocurren ideas más divertidas de qué hacer con mis cenizas.

La habitación en la que está no llega a los treinta metros cuadrados, si no es suficiente para que una persona viva allí, no es suficiente para que un muerto esté expuesto allí. A la que hay más de cinco personas dentro es tan complicado estar que parece que estemos jugando al Twister (ya sabéis: “una mano al rojo; un pie al azul”). Después de esquivar todos estos obstáculos llegas finalmente a ver al miembro de tu familia y te lo encuentras dentro de una enorme pecera, en uno de esos cristales en los que si apoyas las manos quedan marcas de tus dedos para la posteridad. Además el familiar está mejor de lo que había estado en los últimos tiempos, yo no lo había visto tan tranquilo y sonriente en años. Estás allí unos diez, quince segundos mirando a tu ex familiar sin saber muy bien cual es el protocolo, no estás lo suficientemente afectado para llorar, pero era familia y se espera algún sentimiento. Si después de mirar la pecera durante unos segundos empiezas a pensar en la lista de la compra es el momento de irse, si empiezas a pensar en frases como “No somos nada” o “La vida son cuatro días” te puedes quedar un ratito más.

3- Usar una parte de las cenizas para hacer galletas. Siempre fui una persona muy dulce y creo que es una buena manera de cerrar el círculo.

Finalmente te vas de aquella mini habitación y te envían al auditorio. Una sala grande con muchas sillas (como si fuera una aula de alguna facultad) con una pantalla plana y un podio con un micrófono. Te sientas allí y entra una gente llevando el cuerpo en su féretro cual carro de la compra (sí, las ruedas también se desvían a la izquierda). Hay una banda, pero no es una banda divertida de jazz, si no una aburrida de estas con un violín y un piano que solo toca los agudos y sólo conocen la partitura de “Rosa d’Abril”, por último entra el cura y se sitúa en el podio. A partir de entonces empiezan los problemas si nunca has sido demasiado religioso, ya que entran en juego códigos ya establecidos, frases que se han de repetir cuando el cura dice alguna cosa, discursos (el padre nuestro) y gestos como el de santiguarse a los que siempre llegas tarde y mal (más que santiguarme, yo me rasco la barba).

4- Utilizad una parte de las cenizas para hacer cerveza: que sea rubia, de trigo y con una etiqueta con mi cara sonriendo y levantando el dedo pulgar en señal de aprobación. Creo que he bebido suficiente a lo largo de mi vida como para que ahora, amigos, me bebáis y os emborrachéis con un néctar de los dioses que contiene parte de mi esencia.

El cura habla de la muerte y empieza el discurso como si le conociera. Eso sí, al cabo de un par de minutos empieza a hablar de alguna historia de la biblia, que en teoría tiene que ver con el familiar, pero no es así, y te encuentras en medio de un discurso religioso sobre como compartir y ser bueno con todo el mundo (que poco tiene que ver con el difunto). Tú habías ido a despedirte de un familiar y te encuentras con un discurso católico; dudo que este fuera el plan del abuelo. Sube alguien de la familia a decir unas palabras: es cierto que era el familiar que más lo había vivido, pero está explicando anécdotas y maneras de ser y actuar que yo no le vi nunca. Y llora. Le cuesta seguir con el discurso porque llora y al acabar se abraza con su madre, que también era quien más había vivido al difunto. Entiendo que son las más afectadas y lo respeto, pero no lo comparto para nada.

5- Haced una fiesta con barra libre en mi honor y explicad mis mejores anécdotas y también las más vergonzosas (tranquilos, no estoy así que no me pondré rojo). Que la fiesta valga la pena. Que se pueda decir “¿Te acuerdas del entierro del Rafa? ¡eso si que fue una señora fiesta!”.

Para acabar, suena el “Rosa d’abril” y el cura tira agua al sarcófago de cristal y a su viuda (es igual que en el último año y medio se lo haya intentado quitar de encima de todas las maneras posibles), ahora está conmovida porque el cura le tira agua a ella también, cuanta hipocresía. Y después de esto nos echan del auditorio, que en cinco minutos entrará otra familia, con otro muerto, con el mismo discurso (realmente da la sensación que el cura tiene el discurso hecho y solo tiene un espacio en blanco en el que poner el nombre del homenajeado).

6- Que nadie llore y todo el mundo se ría.

Una vez fuera, cada uno coge su coche y hacemos caravana camino del tanatorio, todos siguiendo al coche fúnebre. Llegamos allí y en la sala de espera podemos ver las urnas (hay un catalogo donde se puede elegir la que más te guste, así como el precio). Todas son horribles y están acompañadas de nombres sin sentido para una urna, cosas como Mediterráneo, Otoño o Románica. Todas son feísimas y carísimas. Por si esto no fuera poco, entre todas las que están expuestas hay un cartel hecho con el “Paint” o el ”Word” (con insertar imagen) de un coche y en letras verdes (tipografía Comic Sans) en el que pone que ahora entregan las cenizas a domicilio (parece un panfleto del Telepizza).

7- Si hay una preciosa mujer que quiere cantar “You are the sunshine of my life” en honor a mí, dejadla hacerlo.

Nos sentamos y esperamos. En un rincón una pequeña pelea entre familiares para ver quien se queda con una escultura propiedad del difunto, ni tan siquiera esperan a que el cadáver esté frío, y los argumentos son tan estúpidos como “yo estaba más con él que tú”, que familia más unida somos… Mejor mirar hacia otro lado e intentar no reírse de la

situación. Es un lugar donde se debe estar triste, estar riendo es inadmisible (aunque a veces cuesta un montón, la verdad). Nos dejan entrar a la sala donde el aire acondicionado está a tope y de nuevo en la urna de cristal vuelve a estar el familiar con su sonrisa embalsamada. Ya lo hemos visto, no sé si tiene mucho sentido repetirlo. Después de diez minutos así, de repente el sarcófago empieza a bajar hacia abajo, sin previo aviso, imagino que hacia el crematorio. Esta fórmula es la equivocada, entiendo que lo han de sacar de allí y que éste es el mecanismo, pero parece que vaya al infierno; quizá sería mejor pedir a los familiares que se fueran y se ahorrarían aquella sensación. La última vez que ves al difunto y hay un mecanismo que se lo está llevando hacia abajo, no está bien pensado. Y a esperar que te traigan las cenizas a casa. Y confiar en que sean las suyas, ya que con estas cosas no hay manera de garantizarlo.

8- Celebración laica, cero por ciento religiosa.

Visto este funeral, está claro que el mío no quiero que sea igual. Quizá incluso escribiré algún tipo de instrucciones para evitar tal cosa…

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