Sexo en las afueras

Pep había ido de fiesta al Apolo a pasarlo bien con lo amigos, y aunque no se lo esperaba consiguió caerle en gracia a una chica muy bonita. Ella le llamó la atención nada más verla (y no solo porqué llevaba una de esas partes de arriba sin tirantes que sólo se aguantan porqué hay unos pechos allí y que son escandalosamente fáciles de quitar). Mientras él le besaba el cuello, ella le sugirió que se fueran a un lugar más tranquilo e íntimo. A Pep le pareció la mejor idea de la historia de la humanidad (incluso más que la rueda, la electricidad, internet o incluso, la cerveza); la podía llevar a su casa, pero de ser así, por la mañana tendría que inventarse alguna excusa para que ella no estuviera mucho rato, lo que crearía una situación un poco incómoda (la excusa habitual era que tenía una comida familiar). Siempre había la opción B, bastante mejor, donde iban a casa de ella y así por la mañana podía utilizar pretextos mucho más sencillos para largarse de allí a la mínima. Se encontraban a la salida de la discoteca magreándose cuando Pep le preguntó a la chica donde quería ir y ella le comentó que estaba sola en casa. Perfecto. Cogieron un taxi, la chica le dio la dirección y el taxista puso el GPS. Ahora sólo faltaba

llegar a la casa y ya que ninguno de los estaba conduciendo, Pep y la chica en cuestión, aprovecharon el trayecto para ir calentando las cosas, eso si, siempre por encima de la ropa, ya que estaba el taxista y tampoco era plan. Entre beso y beso, magreo y magreo, mordedura de oreja y mordedura de oreja, a Pep le dio la sensación que el camino era bastante largo y que había más curvas bruscas de las que él recordaba en Barcelona, pero bueno, eso era lo de menos; tenía cosas mucho más importantes entre manos. Finalmente y después de más de veinte minutos de camino llegaron a casa de la chica y suerte, ya que Pep se estaba quedando sin trucos en su arsenal. Pagaron el taxi con un billete de 20 euros y no hubo cambio. Salieron y Pep le dio un beso a la chica delante de la puerta, una puerta metálica bastante grande (“Debemos estar en Pedralbes”, pensó). La chica le llevó de la mano por un pequeño jardín camino de la casa, entraron, subieron a su habitación en el piso de arriba y disfrutaron de toda su pasión y desenfreno un par de veces.

De buena mañana entraba mucha luz en la habitación y se oía cantar a los pajaritos. Pep se despertó, a su lado la chica (que se había puesto una camiseta a media noche) aún durmiendo. Así que él vio la ocasión perfecta para marcharse sin hacer el mínimo ruido. Se puso los calzoncillos, cogió el resto de su ropa e intentando caminar en absoluto silencio, abrió la puerta y bajó por las escaleras. Se vistió del todo, encendió el iPhone para ver la hora y vio que tenía un whatsapp de un amigo donde lo único que ponía era “applausse”. Abrió la nevera para mirar si había algo que comer, hizo un buen trago de una botella de leche, cogió un par de galletas de chocolate y con una de ellas en la boca abrió la puerta de la casa esperando encontrar fácilmente la parada de metro más cercana. Este modus operandi lo hacía de vez en cuando y le encantaba porqué evitaba explicaciones, conversaciones incómodas y, además y por encima de todo, le hacía sentirse como un ninja. Pep salió al jardín y se dio cuenta de que no había ninguna otra casa cerca y que para llegar a la residencia (cada vez le parecía una casa más grande y glamourosa) había un camino de arena. Estaba en medio de la nada. Ahora entendía la cantidad de curvas del día anterior, que les costara tanto dinero el taxi, la enorme puerta de hierro de la entrada y que hubiera el ruido de los pajaritos pero no el del tráfico.

Era evidente que no podía marcharse de aquella casa tal y como él había previsto, así que no tuvo más remedio que volver a entrar (por suerte la puerta se pudo volver a abrir al no estar cerrada con llave) y viendo que la propietaria del lugar seguía durmiendo, decidió volver a subir. Se desnudó, se volvió a meter en la cama (dejando la ropa tan poco

ordenada como pudo, que pareciera que estaba en el mismo estado que cuando ella se la había quitado horas antes) y una vez en la cama decidió despertar a la chica a besos con el único propósito de hacer un polvo de buena mañana. La despertó con besos cortos y dulces y por la sonrisa de ella y las caricias que dieron continuación a los besos, vio bien claro que pasar la mañana en aquella casa no sería tan mala idea y que, sin duda encontrarían una manera de pasar un buen rato.

Una vez ya habían follado, ella decidió ducharse y le dijo a Pep que fuera preparando el desayuno. Él se vistió y bajó al piso de abajo en el que sabía donde estaba todo debido a su pequeña visita, cual museo, por el piso una hora antes. Puso a hacer café (tenían una máquina rollo Nespresso) y cogió un zumo de esos que no tienen ninguna pinta de tener auténtico zumo dentro (frutas del bosque o algo parecido). Ella bajó ya duchada y vestida y la verdad es que vestida de manera casual era aún más bonita. Se sentó con él y tuvieron una superflua conversación sobre lo bien que estaba la casa mientras Pep se tomaba una tostada con aceite y prefería no probar el “zumo”. Una vez hecho esto y dándose cuenta de que aún desconocía o no recordaba el nombre de la chica con la que había estado toda la noche y parte de la mañana le preguntó (sin demasiada esperanza y recordando el camino de arena) si había algún metro o autobús cerca que pudiera coger para irse hacia casa, que tenía cosas que hacer. Ella respondió con una pícara sonrisa (preciosa, por cierto) explicando que estaban en una de esas casas en medio de la montaña, cerca de Vallvidrera y que si no llamaba a un taxi tendría que esperar a que ella cogiera el coche.

Ante la noticia Pep intentó sonreír pero de hecho acabó haciendo la misma cara que uno hace cuando te encuentras a alguien en un bar y dice que te conoce y no sabes quien es pero haces ver que sí; esperando que ella no se percatara de todas las sensaciones negativas que acababan de pasar por su cabeza. Así que le preguntó a su compañera de aventuras cuando pensaba irse, intentando que no se notara sus ansias por salir de allí. Ella le explicó que había quedado para comer a las dos con unas amigas (las que le había presentado la noche anterior y que él no recordaba), y que entonces le podía llevar en coche hasta Peu del Funicular. A Pep ya le parecía bien, el único problema era que tenía dos horas muertas con una mujer de la que ni tan siquiera sabía el nombre. Intentó crear un poco de conversación y se enteró qué estudiaba la chica en cuestión y algunas de sus aficiones. Al ver que eran muy diferentes como para encontrar puntos comunes y una vez ya había fallado incluso la carta de “¿Qué música te gusta?” Pep estaba un poco ofuscado. No sólo no tenían nada en común (esto no tenía porqué ser un impedimento

per se), no había ninguna química entre ellos y la conversación había tenido más de uno y más de dos silencios incómodos (y no uno de esos agradables, de aquellos que suceden cuando estás tan confortable con alguien que el silencio se hace símbolo de complicidad). Por desgracia no eran de estos, si no de los incómodos, de los muy incómodos. Se rascó más veces la barba en esos minutos pensando en qué decir que en los últimos tres años juntos (y eso que pasó por unos meses con barba de mendigo, que le picaba bastante). Necesitaba de algún otro sistema para que el tiempo pasara más deprisa (toda aquella conversación únicamente había durado unos diez minutos y era incapaz de pasarse una hora y cincuenta minutos hablando del tiempo y de lo bonita que era la casa). Así que después de haber mirado algunos libros de la estantería (una cosa que le encantaba hacer cada vez que entraba por primera vez a una casa nueva, mirando los libros de la librería de alguien se puede saber que tipo de persona es) le preguntó a la ingeniera de caminos (eso estudiaba ella, y en ese momento preguntar el nombre estaba totalmente fuera de lugar) si le importaba que se duchara. No hubo problema, fantástico, acababa de ganarle la batalla al reloj. Se tomó una larga y relajante ducha, donde se limpió con todo tipo de champús de eucalipto y demás hierbas del campo que tenían pinta de valer una pasta y utilizó todas las variantes de presión que aquella moderna ducha le permitía. Si señor, la ingeniera de caminos y su familia se lo montaban bien.

Finalmente fue la hora de irse y la chica le llevó a la estación, se dieron los respectivos teléfonos móviles (él lo apuntó como “ingeniera Vallvidera”) y se despidieron con un “Ya nos veremos”, pese a que ambos sabían que esto último no era verdad. Y antes de que se bajara del coche, ella le dijo “No pienses ni por un momento que no me he dado cuenta de que te has querido fugar, pero no has podido…” a lo que Pep no supo que contestar. Se quedó con cara de tonto y empezaba a sentirse avergonzado cuando ella le sonrió. Quizá la próxima vez que ligara era mejor que se la llevara a su casa…

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