Jacob, el impostor

Superabundante

Rafael Zúñiga
Sep 5, 2018 · 8 min read
“Isaac blessing Jacob” por Gerrit Willemsz Horst

“Pero Isaac le dijo: — Tu hermano estuvo aquí y me engañó. Él se ha llevado tu bendición. — Con razón su nombre es Jacob — exclamó Esaú — , porque ahora ya me ha engañado dos veces.” — Génesis 27:35–36

“Además, yo estoy contigo y te protegeré dondequiera que vayas. Llegará el día en que te traeré de regreso a esta tierra. No te dejaré hasta que haya terminado de darte todo lo que te he prometido.” — Génesis 28:15

“Jacob llamó a aquel lugar Peniel (que significa ‘rostro de Dios’), porque dijo: He visto a Dios cara a cara, y sin embargo, conservo la vida.” — Génesis 32:30


Hay un tipo de personas que llaman mucho mi atención: aquellas que logran obtener algo sin revelar su verdadera identidad. He visto videos de entrevistas a hackers que logran hacerse de grandes cantidades de dinero y bienes sin ser descubiertos por un largo tiempo. Siempre me dejan sorprendido por el nivel de astucia e inteligencia que poseen . Por supuesto, no todos ellos tienen finales felices. Muchos de ellos ya fueron descubiertos y pasan sus días tras las rejas. Otros, tienen que estar huyendo de aquí para allá, con el fin de no ser atrapados. Su ambición los lleva a perfeccionarse en actividades ilegales, pero detrás de esas habilidades, siempre predomina el deseo de obtener algo más grande. No importa el riesgo, ni a cuantos tengan que engañar, ellos deben tener lo que desean para intentar sentirse satisfechos.

En la Biblia tenemos a un hombre así. Seguro has escuchado de Jacob, nieto de Abraham, hijo de Isaac y Rebeca, hermano mellizo y menor de Esaú. De hecho, su nombre significa “suplantador” o “impostor”. En tiempo antiguos, los recién nacidos solían llamarse de acuerdo a la situación o circunstancia que los rodeaban. Era como un recordatorio para los padres de aquella experiencia que venía junto con el bebé. A Jacob le pusieron así por este hecho único:

“Cuando le llegó el momento de dar a luz, ¡Rebeca comprobó que de verdad tenía mellizos! El primero en nacer era muy rojizo y estaba cubierto de mucho vello, como con un abrigo de piel; por eso lo llamaron Esaú. Después nació el otro mellizo, agarrando con la mano el talón de Esaú; por eso lo llamaron Jacob.” — Génesis 25:24–26

Es importante recordar que Rebeca era estéril. Estos dos hijos fueron un milagro, una respuesta a la oración de Isaac. En el proceso de embarazo, ella sintió como sus hijos luchaban dentro de su vientre. Y en oración a Dios por esta situación, el Señor le responde de esta manera:

“Los hijos que llevas en tu vientre llegarán a ser dos naciones, y desde el principio las dos naciones serán rivales. Una nación será más fuerte que la otra; y tu hijo mayor servirá a tu hijo menor.” — Génesis 25:23

Sin duda alguna, este pequeño niño ya estaba cumpliendo la palabra de Dios desde el día uno, aunque no de la manera apropiada.

Tiempo después, ya de jóvenes, Jacob buscó astutamente, la manera de apropiarse de la primogenitura, es decir, quería obtener la bendición del hijo mayor que el padre declaraba en cierto momento de la vida. No lo hizo una vez, sino dos veces. En la primera ocasión, tomó ventaja del hambre y el cansancio de Esaú. Le intercambio la primogenitura a cambio de un plato de lentejas. Jacob le dio a Esaú en el “talón de Aquiles”, en su debilidad y vulnerabilidad del momento. En la segunda oportunidad, Jacob engañó a su padre, guiado por su madre Rebeca, para vestirse los brazos con piel de cabra y hacerse pasar por Esaú, quien tenía mucho vello (Gn. 27). En esa ocasión Jacob suplantó la identidad de su hermano y mintió usando el nombre de Dios. ¡Cómo nos parecemos a Jacob en muchas ocasiones! Aún cuando Dios tiene un propósito especial para cada uno de nosotros, nunca debemos tomar ventaja de la vulnerabilidad de otro para intentar alcanzar el propósito de Dios más rápidamente. En el reino de Dios no existe “el fin justifica los medios”. Dios tiene sus tiempos y formas de llevarnos al cumplimiento de sus promesas en cada uno de sus hijos. Él sabe como hacer de cada uno “una nación más fuerte”. Y aún cuando actuamos de la manera equivocada, su gracia es suficientemente poderosa para enderezar el camino de un impostor, tal como lo hizo con Jacob.


Promesa inmerecida

Jacob huyó de Esaú. Era tanto el enojo de su hermano mayor contra él, que tuvo que salir de su tierra para evitar ser asesinado. Debemos tener en cuenta que, Jacob nunca ha tenido una experiencia ni acercamiento al Dios de sus padres. Ha escuchado de Él, pero nunca ha sido su Dios. Solo ha oído las promesas que le hizo a su abuelo y a su padre, pero para él, Dios solo es un extraño. Pero, Dios es experto en acercarse a las personas con las que tiene un plan y un propósito definido.

No alcanzo a imaginar el asombro y el espanto que Jacob ha de haber sentido en aquella noche, donde no tenía nada, más que una piedra donde descansar su cabeza (Gn. 27:10–22). Fue en ese momento en donde el Señor habló una promesa al impostor. Le confirmó el pacto que había hecho con Abraham e Isaac, su padre. ¡Qué gracia! Un mentiroso, engañador y usurpador recibiendo promesas de una herencia eterna. Aún mejor, Jacob mismo estaba teniendo un vislumbre de Cristo Jesús, la escalera entre el cielo y la tierra. Y es solo por medio de Jesús que todas las promesas de Dios están aseguradas. “Todas las promesas que ha hecho Dios son «sí» en Cristo. Así que por medio de Cristo respondemos «amén» para la gloria de Dios” (2 Co. 1:20, NVI).

No merecemos ninguna de sus promesas, así como Jacob no las merecía, pero Dios es fiel así mismo y para con los que Él ha escogido y llamado. Él disfruta en derramar tanta gracia sobre los que no merecen su favor y bondad. Es su deleite obrar en personas fragmentadas, corruptas y que parecen no tener solución. Más una sola palabra de Dios, es suficiente para tocar el espíritu del hombre y despertarlo a la realidad de su majestad. No por nada Jacob se levantó asustando y reconociendo que ese lugar donde Él estaba, ¡era la misma casa de Dios!


Cara a cara

Este no iba a ser el único encuentro que Jacob tendría con Dios. Venían más en camino. Pero, antes del día de su rendición, tuvo que pasar por una serie de momentos difíciles que lo llevaron hasta allí. Habitó con su tío Labán, por consejo de sus padres. No fue nada fácil para Jacob estar trabajando para su tío. Fue una temporada larga y difícil (Gn. 30–31). Trabajó durante siete años para casarse con Raquel, la hija menor de Labán. Y ¡oh, sorpresa! El día de la noche de bodas, la mujer con quien estaba era Lea, la hija mayor. Tuvo que trabajar unos días más para que Raquel pudiera ser su esposa. El impostor fue engañado. Estaba cosechando lo que había sembrado años atrás. Sus esposas peleaban entre ellas para ver quien tenía más hijos. Labán le cambiaba el salario cada vez que él quería. Trabajaba bajo el intenso calor del sol y cuidaba a las ovejas durante noches heladas. Más Dios nunca lo dejó. Aún así lo sostuvo, lo protegió, y le proveyó abundantemente, que hasta los hijos de Labán comenzaron a tener envidia de como Jacob prosperaba. Ciertamente, la bendición de Dios estaba sobre este impostor. Jacob sabía que el Dios de su padre estaba con los ojos fijos en él.

Llegó el día en que el Señor se le apareció una vez más, diciéndole que regresara a la tierra de Canaán. Dios mismo estaba preparando el encuentro que cambiaría la vida de Jacob por siempre. En ese regreso a la tierra de la promesa, Jacob sabe que pasará por el camino en donde viene Esaú. Lleno de miedo por que su hermano tome venganza contra él y toda su familia, empieza a enviar mensajeros y a acomodar regalos para él. ¡Qué humildad! Ya no vemos a un Jacob tratando de de sacar ventaja otra vez. Vemos a un hombre que realmente ha estado siendo cambiado. En lugar de engañar, se decide a bendecir a aquel a quien había estafado. Es en esos momentos de temor, donde Jacob sabe que, a pesar de sus regalos, depende solamente de Dios. Y para que él supiera que solo Dios le sostenía, el Señor se le apareció en la noche, luchando contra él. Fue un encuentro real. Dios inició esta lucha. Jacob no lo esperaba, pero Dios al fin encontró a Jacob. Dios planeó el momento perfecto para que Jacob terminara por rendir toda esa autosuficiencia, orgullo y engaño que tanto cargaba con él. Si la mala vida con Labán no le había sido suficiente, esta era la noche definitiva. Aún así, la lucha que Dios comenzó no era para destruir a Jacob, sino para doblegarlo. Cuando Dios nos encuentra, Él no desea hacernos mal. Él busca que nos rindamos a Él, y reconozcamos que no hay nada suficientemente bueno en nosotros, para que solo dependamos de su gracia.

Ya era casi de mañana, cuando Jacob le dice al Señor: “No te dejaré ir a menos que me bendigas” (Gn. 32:26). Pero, ¿cómo podemos esperar a que Dios nos bendiga, cuando hemos vivido en engaño toda la vida? Es por eso que Dios le hace esta pregunta: “¿Cómo te llamas?” (Gn. 32:27). Jacob ha vivido sus últimos años con la bendición de su padre bajo el nombre de Esaú, pero bajo la promesa de Dios, él ya no puede mentir. No puede estafar a Dios, no puede engañarlo. Es por eso que responde a esa pregunta con su nombre real. Es como si estuviera diciendo: “Yo soy Jacob, el estafador, el impostor”. ¡Dios ama cuando somos reales con Él! Dios está más que dispuesto a bendecirnos, cuando traemos nuestras faltas y pecados ante Él con completa honestidad. Esto es humildad, y Dios derrama gracia sin medida sobre los que reconocen su pobreza espiritual.

Jacob terminó siendo bendecido. Aún así, Dios le dislocó el muslo, símbolo de fuerza, para que siempre tuviera la marca de cuanto él dependía del Señor. Su nombre fue cambiado a Israel, para que recordara que es Dios quien gobierna, y no él. Pudo reencontrarse en paz con su hermano, porque el cuidado de Dios estaba sobre él. Todo miedo había desaparecido, porque había luchado con Dios. Cuando aprendemos a estar delante del Señor, ya no hay que temer a lo que el hombre pueda hacernos.

Estoy casi seguro que Jacob nunca olvidó este encuentro. Sus palabras fueron: “He visto a Dios cara a cara, y sin embargo, conservo la vida” (Gn. 32:30). Seguía con vida porque vio el rostro de la gracia, y no de juicio. Por nuestros muchos pecados, merecíamos la ira de Dios, pero eso ya lo cargó Jesús en la cruz por nosotros. El Padre sigue derramando su gracia; y es por eso que tenemos vida y propósito, porque hemos sido bendecidos (y seguimos siendo) con lo mejor del cielo: Cristo Jesús.


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Rafael Zúñiga

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Vil, pecador e imperfecto pero sentado a la mesa del Rey. #GraciaIrresistible

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