Lealtad

“Y respondió Itai al rey, diciendo: Vive Dios, y vive mi señor el rey, que o para muerte o para vida, donde mi señor el rey estuviere, allí estará también tu siervo.” — 2 Samuel‬ ‭15:21‬

La lealtad a Dios se refleja en la lealtad a los ministros fieles que Él ha puesto sobre nosotros. Verdadera lealtad a un hombre no es idolatría, sino es el entendimiento de que Dios nos ha puesto a su lado y bajo su autoridad, y que por lo tanto les servimos, porque sabemos que al igual que Pablo, nuestros líderes no han sido rebeldes a la “visión celestial” (Hch. 26:19).

¿Qué confianza podría tener un hombre en su esposa si ésta demuestra que no le es leal? De igual forma, ¿que ánimo pueden tener los ministros de Dios, si la gente a la que lideran, no son leales para con ellos? Es una falsedad estar en un lugar con una persona a la cual no se le es capaz de ser fiel en todo momento. Muchas veces nos parecemos a aquella gran multitud que seguía a Jesús por sus milagros, señales y beneficios (Jn. 6:26; 66); y en otras ocasiones, somos como los discípulos que huyeron lejos del Maestro en la noche antes de ser crucificado (Mc. 14:50).

La lealtad a un ministro no nos desvía en lo absoluto de la lealtad a Cristo. La realidad es esta: porque amamos a Dios, somos dirigidos a amar y servir a aquellos que Dios ha puesto por líderes sobre nuestras vidas, é innumerables ejemplos de esto se encuentran en la Biblia. Podemos ver a un Isaac siendo leal a su padre Abraham, Josué con Moisés; Rut con Noemí, el paje de armas con Jonatan; David con Saúl, Itai con David; Eliseo con Elias, Timoteo con Pablo, y Pablo con Cristo. Ellos no solo seguían a un hombre escogido por Dios; ellos seguían primeramente al Dios de esos hombres, al Dios que llamó a tales hombres para mostrar por medio de ellos su gloria, poder y propósitos para la humanidad perdida y extraviada. Seguimos una visión celestial, y cuando comprendamos que es al Señor a quien seguimos, vamos a ser leales con las personas que Él ha designado como líderes para la tarea que nos ha encomendado.

Por el otro lado, la deslealtad en una persona siempre se verá reflejada en el deseo insoportable de buscar ser más que esa autoridad. Lucifer es el vivo y claro ejemplo de esto. El orgullo lo llevó a ser rebelde, y esto sucede con muchas personas dentro de una iglesia, y así como tenemos ejemplos de lealtad a lo largo de la Biblia, también vemos los ejemplos de deslealtad: Adán con Dios, Caín con Abel; Cam con Noé, Coré con Moisés; Absalón con David, Giezi con Eliseo; Demas con Pablo, y Judas con Jesús, el Rey del mundo. Ciertamente la deslealtad es un pecado terrible, y esta se demuestra cuando poco a poco abandonamos la comunión con Jesús, cuando empezamos a practicar pecados en lo privado y en lo público, cuando la lectura de la Biblia y la oración son dejados de lado; cuando la comunión entre hermanos es olvidada. En otras palabras: si somos desleales en las responsabilidades que tenemos para con Dios, seremos infieles con la autoridad establecida en la Iglesia por Dios, y verdaderamente hay consecuencias terribles para aquellos que son desleales. “De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos.” (Rom. 13:2).

Pudiera escribir de la lealtad y fidelidad en cualquier área de la vida. Por el momento solo lo enfocaremos respecto a Dios y a nuestras autoridades en la Iglesia. Por lo tanto, vigilemos atentamente nuestro corazón, que no haya raíz de amargura, resentimiento, orgullo y rebelión que nos pueda conducir a una deslealtad para con Dios. Cuidémonos de ofender el corazón de Aquel que nos ha amado y nos ha comprado a precio de sangre, y que siendo aun nosotros rebeldes y extraviados, vino a buscarnos para reconciliarnos con Él. Seamos leales con aquellos siervos fieles que Dios ha puesto en nuestro tiempo. Seamos humildes como Cristo lo fue y entregó obediencia total al Padre. Sigamos el mismo ejemplo de lealtad de David a Saúl, aun cuando este ya había sido desechado del reino. Imitemos el ejemplo de Itai para con David de estar a su lado hasta la muerte. No importa que tan pesada sea la neblina y oscura la noche, aprendamos a someternos a las autoridades que Dios ha puesto sobre nosotros, estemos a su lado en todo momento, animemos el corazón de nuestros pastores, líderes y amigos, y a su tiempo cosecharemos la lealtad que sembremos. “Vive Dios, y vive mi señor el rey, que o para muerte o para vida, donde mi señor el rey estuviere, allí estará también tu siervo”.

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