Lo Ofensivo del Pecado

En cuanto a la culpabilidad, vileza y lo ofensivo del pecado a los ojos de Dios, mis palabras serán pocas. Digo “pocas” con conocimiento de causa. No creo, según la naturaleza de las cosas, que el hombre mortal pueda percibir lo tremendamente ofensivo del pecado a los ojos de Aquel que es santo y perfecto con quien tenemos que tratar. Por otro lado, Dios, como ese Ser eterno que “notó necedad en sus ángeles” y en cuya presencia “los mismos cielos no son limpios”, Él es el que lee los pensamientos y los motivos, al igual que las acciones, y requiere “verdad en nuestro interior” (Job 4:18; 15:15; Sal. 51:6).

Por otro lado, nosotros, pobres criaturas ciegas, hoy aquí y mañana no, nacidos en pecado, rodeados de pecados — viviendo en un ambiente constante de debilidad, enfermedad e imperfección—, no podemos dar forma más que a los conceptos más inadecuados de lo aberrante que es el mal. No tenemos ni línea ni unidad de medida con las cuales conocer sus dimensiones. El ciego no puede ver una diferencia entre una obra maestra de Ticiano o Rafael y el rostro de la reina en el mural del pueblo. El sordo no puede distinguir entre el sonido de un silbato y el del órgano de una catedral. Aquellos animales cuyo olor nos resulta tan ofensivo, no tienen idea de que son perjudiciales y no se afectan entre sí. Y yo creo que el hombre, el hombre caído, no puede tener una idea cabal de lo vil que es el pecado a los ojos de aquel Dios cuya obra es absolutamente perfecta —perfecta, aun si la vemos a través de un telescopio o un microscopio—, perfecta en la formación de un gran planeta como Júpiter, con sus satélites sincronizados al segundo, mientras gira alrededor del sol y en la formación del insecto más pequeño que camina a nuestros pies.

Pero de cualquier manera, implantemos firmemente en nuestras mentes...

  • Que el pecado es “esta cosa abominable que yo aborrezco”.
  • Refiriéndose a Dios dice: “Muy limpio eres de ojos para ver el mal, ni puedes ver el agravio”.
  • Que la transgresión más leve de la ley de Dios nos hace “culpables de todos”.
  • Que “el alma que pecare, esa morirá”.
  • Que “la paga del pecado es muerte”.
  • Que “Dios juzgará... los secretos de los hombres”.
  • Que “el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga”.
  • Que “los malos serán trasladados al Seol” e “irán éstos al castigo eterno”.
  • Que “no entrará en ella [la ciudad celestial] ninguna cosa inmunda”. (Jer. 44:4; Hab. 1:13; Stg. 2:10; Ez. 18:4; Ro. 6:23; Ro. 2:16; Mr. 9:44; Sal. 9:17; Mt. 25:46; Ap. 21:27.) ¡Por cierto, estas son tremendas palabras cuando consideramos que están escritas en el Libro de un Dios quien es todo misericordia!

Después de todo, no hay prueba de lo serio del pecado que sea más sobrecogedora e irrefutable como la cruz y la pasión de nuestro Señor Jesucristo, y toda la doctrina de su sustitución y expiación. Terriblemente negra ha de ser esa culpa por la cual, sólo la sangre del Hijo de Dios podía satisfacer. Pesada debe ser la carga del pecado humano que hizo gemir a Jesús y sudar gotas de sangre en agonía en Getsemaní y clamar desde el Gólgota: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mt. 27:46). Estoy convencido de que nada nos asombrará tanto, cuando despertemos en el día de resurrección, como la vista que tendremos del pecado y del conocimiento retrospectivo que tendremos de nuestras innumerables faltas y defectos. Nunca, hasta la hora cuando Cristo venga por segunda vez, comprenderemos totalmente “lo pecaminoso del pecado”. Bien podría decir George Whitefield: “El himno en el cielo será: ‘¡Lo que Dios ha hecho!’”

*”Santidad: Pecado” por J. C. Ryle. Tomado de Chapel Library.

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