Sobre viajes y despedidas

Lo más difícil de vivir afuera son, sin lugar a dudas, las despedidas. Las despedidas y los domingos de tarde.

Quizá como un pequeñita anestesia, antes de cada despedida me gusta decir que si le miramos el lado positivo, cada vez falta menos para el reencuentro. Lo digo siempre. Pero, la verdad? No funciona nunca.

El apretado abrazo final es más fuerte, largo y sentido que cualquier otro, pero nunca es suficiente para calmar esa cosa rara que se siente al alejarse despacito tomado de la manija, generalmente chueca del carry-on. Carry-On que generalmente tiene rueditas semi-traicioneras que van a donde quieren, menos a donde deberían.

Personalmente prefiero que si algo va a terminar, termine rápido, para, de esta manera, poder enfocarme en lo próximo y no en lo pasado. Uso algunos distractores que me ayudan a desconcentrarme: el celular, algún libro, música, las noticias del mundo, y casi siempre intento estar atento de mi entorno para darme cuenta de cosas. Hoy por ejemplo me di cuenta que los freeshops y los aeropuertos son estéticamente todos parecidos. No entiendo por qué los arquitectos y decoradores se empecinan en intentar mantener un estilo regular internacionalmente. Si yo tuviera que hacer un aeropuerto, intentaría lo contrario. Estas herramientas, al igual que la frase que utilizo de anestesia sirven poco.

Ya leí varias veces este texto y no me doy cuenta de lo que quiero expresar. Siento que en el camino, me distraje reflexionando sobre cosas sin importancia. Y así como intento pensar en otras cosas cuando me despido, quizá escribir sobre temas secundarios sea mi mecanismo para hacer que este texto no me cueste tanto.

Las despedidas son duras, pero cuando son elegidas son siempre bienvenidas. Porque luego de una despedida siempre hay un reencuentro. Y puta que los reencuentros, valen la pena.