Algunas reflexiones sobre #MeTooMX

Rafael Jiménez
Mar 30 · 4 min read

Cuando surgió en redes sociales el movimiento de denuncias de #MeTooMX, inicialmente con el gremio de escritores, lo vi con muy buenos ojos. Me pareció que ya era tiempo de acabar con el machismo, misoginia, y abusos hacia las mujeres, de ése y de todos los demás gremios. Como dice el proverbio chino, el mejor momento para plantar un árbol es hace veinte años, u hoy.

Un poco después comenzaron las denuncias en mi propio gremio, con #MeTooCreativosMexicanos y #MeTooAgenciasMX, y recuerdo haber comentado tanto en Twitter como en persona que era importante que se hablara del asunto, que se expusiera.

Me parecía que, por supuesto, existía el riesgo de que por tratarse de denuncias anónimas, el mecanismo fuera abusado y se les imputaran falsos a algunas personas; aún así, en el gran esquema de las cosas, me resultaba mucho más positivo que negativo.

Un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Las personas que están denunciando, y quienes están administrando las cuentas, tienen un gran poder y una gran responsabilidad.

Pero nosotros, los hombres, hemos tenido ese poder durante siglos y lo hemos ejercido de forma totalmente irresponsable; así que no tenemos ninguna autoridad moral para descalificar este movimiento.


Poco después yo mismo fui señalado por una persona que me acusa de haberle causado maltrato psicológico cuando trabajó conmigo. Fue muy impactante; la verdad es que no me esperaba algo así. Leyendo su testimonio, me doy cuenta de que claramente no estaba consciente de haber causado el daño que describe.

De hecho, me llevó tiempo atar cabos hasta recordar una junta con una colaboradora en la que fui particularmente duro con ella. Sin embargo, es un hecho que yo viví esa experiencia de manera muy diferente de la que ella lo vivió, y es hasta ahora, más de diez años después, que me doy cuenta del impacto de mis palabras (y seguramente de mi tono) en ella.

No es que desconozca que puedo ser duro, y a veces hiriente: mi propia familia y gente cercana me lo ha hecho ver, y gracias a eso he ido cuidando más mis palabras, progresivamente. Pero francamente no pensaba que había sido así en el trabajo, y menos con una mujer.


Cuando fui señalado, muchos compañeros, amigos, y familiares respondieron con testimonios apoyándome, porque sus experiencias conmigo no se parecen a lo que el testimonio de mi denunciante describe.

Agradezco muchísimo que lo hayan hecho, y significa mucho para mí.

Sin embargo, como mencionó mi hija, es muy importante que no por conocer a una persona descalifiquemos el testimonio de otra: sólo los que estuvieron ahí, en ese momento, saben lo que realmente pasó.

Desafortunadamente, hay muchos casos de personas que aparentan ser una cosa y resultan ser otra, y su principal mecanismo de defensa (y muchas veces, de permanecer impunes) radica en descalificar a las personas que son menos visibles, o que tienen menos poder, o menos carisma.

No descalifiquemos a nadie a priori.


A propósito de Sofía, mi hija: en los últimos años, gracias a ella, he aprendido cosas sobre género, feminismo, y derechos humanos, que han ido haciéndome ver cosas y modificar mi forma de pensar.

Creo que es justo decir que por eso, y por muchas otras cosas, no soy la misma persona de hace diez años.

No estoy hablando de una epifanía ni una conversión radical tipo Pablo en el camino a Damasco: estoy hablando de que he aprendido cosas que me han permitido comprender un poco más al otro.

Es por esto que otra de las cosas sobre las que he reflexionado mucho es sobre mi posible incongruencia. Mi denunciante menciona que en mis comentarios y posturas públicas paso por “feministo” o aliado pero que en realidad soy capaz de actuar de forma incongruente a lo que digo.

Creo que mucho antes de empezar a tomar una postura pública sobre estos temas, he asimilado cosas y me he examinado y actuado en consecuencia; así que pienso que soy congruente con mi yo actual, aunque —a la luz de este testimonio— no lo sea con mi yo del pasado.

Francamente me dolería el ser descalificado para defender estos temas, porque de verdad creo en ellos (aunque, por supuesto, desde la perspectiva masculina, porque no tengo idea de cómo es ser mujer, ni pretendo saberlo).


Quiero decir que el hecho de que yo mismo haya sido señalado no cambia en nada mi postura sobre este movimiento: creo que es mucho, mucho más positivo que negativo.

A nivel estructural, sistémico, político, debe de provocar un cambio positivo en la forma en la que se dan las relaciones entre géneros.

Conozco gente, tanto hombres como mujeres, que crecieron profesionalmente en estos ámbitos y que califican a la misoginia como algo normal, como parte de la cultura de la industria, o del país, o de cierto lugar de trabajo en particular.

El asunto es, precisamente, que dejemos de considerar como normal que pasen estas cosas —y mucho menos actos de violencia física, o de acoso sexual. Ninguna mujer tiene por qué sentirse no respetada, con temor de ser agredida, o peor, sufriendo agresiones, ni en su casa, ni en la calle, ni en el trabajo.

A nivel personal, debe de provocar un cambio al confrontarnos con nosotros mismos — siempre que estemos abiertos a vernos con los ojos de alguien más, y a actuar en consecuencia.

En Cuento de Navidad, Scrooge no sabe que es un avaro desalmado, carente de empatía, hasta que ve con sus propios ojos el impacto de sus palabras y sus actos. Como mínimo, #MeToo debería de servirnos para observarnos desde fuera, para después trabajar desde dentro y mejorar.

    Rafael Jiménez

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    Founder, Seenapse + Digital Lead, Bombay (welcometobombay.com)