La magia de la disciplina.

Había que verla en acción, con solo aparecer sobre la mesa, con su imponente y delgada figura, lograba milagros. De ipso facto desaparecían las risas, se terminaban de una vez por todas las discusiones, los juegos, las bromas, incluso desaparecía cualquier insurrección en contra de lo que en la mesa se presentaba, y ni que decir de su eficacia para convencer a los melindrosos de engullir todo lo que en su plato había dejado caer la nutrióloga doméstica. La cuchara de palo, que en realidad era una palita, con sus escasos 30 centímetros, hacía más maravillas que ambos padres de familia con su diaria diatriba sobre el comportamiento que los hijos de la familia deben tener en la mesa: “en la mesa y en el juego la educación se ve luego” — rezaba mi abuela. Pobre palita, con su apodo de “la disciplina”, hacia temblar a propios y extraños, recuerdo bien que con solo escuchar el rechinido de su morada me daban calofríos, un haz de electricidad me recorría la espalda cuando el cajón que la resguardaba se abría para permitir su llegada triunfal a la mesa de la cocina, siempre al abrirse dejaba escapar su quejido el mentado cajón, ese doloroso clamor que de súbito nos regresaba al orden que los mayores deseaban ver establecido. Al arribo de la disciplina las cosas tomaban otro matiz, ya no había tiempo de nada más que de apurar la ingesta de los sagrados alimentos en silencio y cuando todos hubiesen quedado satisfechos, dar las gracias y con el permiso de los progenitores, partir a realizar las tareas correspondientes. Es importante mencionar, que la jurisdicción de la disciplina incluía otras partes de la casa, cualquiera en la que se pudiese presentar acto alguno de desobediencia. Recuerdo que una tarde mientras los custodios de la palita estaban distraídos, me escabullí hasta su cajón, las sustraje y en un acto de valentía, la tiré atrás del sofá de la sala, supuse que con eso iban a ser más relajadas las comidas y podría darme el gusto de ciertos desplantes, pero fue un error; a la comida siguiente la INTERPOL domestica ya me interrogaba con el sustituto de la disciplina en mano: una cuchara de madera maciza. Fue tal el temor que me infundió esta nueva custodia del orden, que de inmediato solté toda la información solicitada, la palita fue rescatada e instaurada en su puesto para continuar con mi educación. El tiempo ha pasado, las épocas de la palita han quedado atrás, parecería mentira, pero la recuerdo con cariño y respeto, ella no se tenía la culpa de ser el instrumento para hacer valer la autoridad.

La palita sigue viva y vigente, si antes me educó, cuando se llamaba disciplina, tiempo después también educó a mis hermanas, solo que con otro nombre, uno más artístico: María Montessori. En esta segunda faceta creo que ya estaba algo cansada, porque no le salieron muy bien educadas las educandas — valga la redundancia — , pero la culpa tampoco fue de ella, fue más bien de la falta de uso de sus servicios, creo yo. En fin, hoy día y después de más de 30 años, vuelve a las andadas, también con el apelativo de María Montessori; solo que hoy educa a mi sobrino, como antaño lo hizo conmigo, pero con renovados bríos y empuñada por mi hermana; tengo que admitir que la magia de “la disciplina, María Montessori” sigue intacta. Espero que a este si lo eduque bien.