La píldora humana. Renata (RHS)


Recuerdo cuando mi hermana me dijo que estaba embarazada. Me dijo antes que a mis papás y después que a su novio, ahora esposo. Recuerdo que por fortuna yo estaba en casa de mis papás en Oaxaca, lo cual no es común porque yo vivo en la Ciudad de México. Ese día mi hermana me mandó una fotografía en el celular de una prueba de laboratorio de la que sólo recuerdo dos palabras: “ELISA y positivo”. Cuando la vi lo primero que pensé es que mi hermana tenía VIH. Me puse muy mal y no supe muy bien cómo reaccionar. Estuve platicando “normal” enfrente de mi mamá y de alguien más (no recuerdo quién), como media hora. Después no aguanté y me subí a mi cuarto. Mi hermana me siguió y en cuanto la vi inmediatamente le pregunté si tenía VIH y ella me dijo que NO sino que estaba embarazada.

En ese momento sentí un enorme alivio y una gran emoción. Le dije a mi hermana que era una gran noticia y que íbamos a querer a ese bebé muchísimo, que le tenía que decir a mis papás. Hubo abrazos, lágrimas y sonrisas nerviosas. Cabe aclarar que mi hermana y yo somos los peores para dar noticias y los dos lo hacemos de la misma forma. Ese mismo día en la noche, mi mamá y yo estábamos acostados viendo la tele, cuando mi hermana también se acostó y de la nada soltó las buenas nuevas: -Estoy embarazada y me voy a casar. Me transporté a cuando salí del clóset, cuando le dije a mi mamá mientras veíamos la tele: — soy gay y me voy a casar (al final no me casé ja).

La reacción de mi mamá nos resulta desconocida aunque curiosamente siempre es la misma. Nos dice cuánto nos quiere y en cómo nos va a apoyar incondicionalmente. En el caso de mi hermana agregó que estaba feliz de ser abuela. No puedo evitar pensar que mi mamá tenía mucho miedo a no ser abuela desde que salí del clóset y tomando en cuenta que mi hermana no tenía en sus planes próximos un embarazo. En ese mismo instante mi hermana bajó las escaleras para hablar con mi papá y darle la misma noticia, la reacción fue igual de positiva.

Después de esa noticia los meses pasaron muy rápido, mi mamá planeó una boda en dos meses y medio, literal tiraron la casa por la ventana y gastaron una cantidad de dinero que alcanza para pagar una maestría en el extranjero. El día de la fiesta llovió y fue un desastre porque era jardin, hubo problemas con las mesas pero al final todo estuvo bajo control.

Al pasar la boda comencé a pensar en cómo sería mi vida como tío, qué responsabilidades adquiría, qué obligaciones y qué derechos. (Si, siempre pensando en términos jurídicos). En cuanto me dijeron que el bebé iba a ser niña comencé a pensarme como tío de una niña, después me pidieron ayuda a buscar nombre. Yo quería que se llamara como yo pero en niña: “Rafaela” pero nadie hizo segunda a mi idea. Después empezamos a pensar varios nombres: ¿Regina? no porque así se llama la hija de noséquién ¿Federica? no porque es despectivo y en Oaxaca cuando quieres decir que algo está feo dices que está federico (ja, ya ni me acordaba), ¿Daniela? Si nos gusta pero así también se llama una sobrina de quiénsabequién.

Un día mi hermana me preguntó que qué me parecía el nombre de Renata y le dije que me gustaba, entonces me dijo que qué bueno porque así se iba a llamar la nena, que ya estaba decido. Después de ese día mis pensamientos se concentraban en que era tío de Renata y tuve varios pensamientos, como visitar un poco más seguido Oaxaca para ver a mi sobrina, invitarla al DF, cuando estuviera en edad llevarla a Disneyland, comprarle ropa, darle a leer libros e incluso empecé a pensar en Renata más grande, en mí no porque supongo que en mi pensamiento soy un eterno joven.

Me imaginé hablando con Renata de feminismo (ajá), me imaginé yendo a cenar con mi sobrina, que me hablara de chicos o de chicas o de lo que quisiera. Lo que sentí (siento) era una emoción muy grande. A veces me siento un foreveralone con mi familia, tienen ideas distintas a las mías pero estaba seguro que con Renata sería diferente o que yo incluso podría influir en el pensamiento de esa nena, discutir de forma más abierta algunos temas, ser más yo con mi sobrina. Me veía (veo) como un tío consentidor y como un gran ejemplo para ella y también como un buen amigo. En fin creo que me proyecté un poco (o un mucho) en mi sobrina.

Regresé a Oaxaca hasta las fiestas decembrinas. Me sorprendió ver a mi hermana tan gordita y tan hinchada. Me generaba mucha ternura e incluso me empecé a llevar mejor con ella. Cuando veía a mi hermana toda torpe y con dificultad para caminar siempre pensaba “ahí viene Renata y mi hermana”. Y tal vez no me medía porque le decía con mucho cariño: –Hola, gordis. Y mi hermana se enojaba, mejor ni le digo los apodos que había pensado para Renata…

En diciembre me dijeron que Renata nacería el 25 de febrero, que apartara esa fecha para venir a verla. El jueves en la noche (8 de enero) recibí una llamada de mi mamá diciéndome que a mi hermana se le había subido la presión y que su embarazo era de alto riesgo, que la nena tal vez nacería el viernes a las diez de la mañana. Tomé el último camión para Oaxaca y desde ese momento todo ha sido incertidumbre, miedo y un rayito de alegría, que incluso el sentirlo me hace sentir culpable.

Mi hermana tenía una preeclampsia severa, lo que significaba que la nena debería nacer lo antes posible. Renata tenía seis meses y al parecer pesaba menos de un kilo, los doctores tenían miedo de que Renata tuviera los pulmones muy pequeños y que por lo mismo no sobreviviera. La conclusión de los médicos era inyectarle a mi hermana “madurables” para la nena y esperar que la cirugía se pudiera realizar el sábado a las cuatro de la tarde. Mi hermana y su hija estaban siendo monitoreadas por lo que a las diez de la noche la ginocóloga decide que es necesario practicar una cirugía de emergencia.

Afuera estábamos mis papás, la mamá del esposo de mi hermana, mi segunda mamá (tía Gaby) y yo. Primero nos avisan que hace falta un pediatra y nos ponemos como locos. Después nos avisan que ya está el neonatólogo, que ya nació que todo bien, que la nena bien, que mi hermana bien. Nos abrazámos e incluso yo hasta escribo en facebook “ya soy tío”. Empiezan los likes y también empiezan a llegar mis tíos, los diez hermanos que aún viven de mi mamá y las tres que están en Oaxaca por parte de mi papá, algunos junto con sus hijos y estos a su vez con sus hijos. Estamos contentos. En ese momento piden que alguien de la familia pase y pasó yo pero el doctor me ve muy pequeño y al decirle que no soy el papá no me quiere dar ninguna información. Va mi mamá y a ella le dicen que la nena tuvo un paro respiratorio de algunos minutos (treinte, veinte) pero no hay claridad en el tiempo, sigue cambiando el tiempo que nos dicen los doctores. Y allí siguen los sentimientos: tristeza, enojo y tal vez el peor de todos: impotencia.

Es extraño porque ver a todos llorando y uno no sentir nada te hace sentir peor pero al final el sentimiento de tirsteza te llega, a mí me llegó cuando entré a la capilla, a ese lugar al que nunca en cualquier otra circunstancia hubiera entrado y en ese lugar pedí a un ser superior que por favor ayudara a Renata a salir del paro respiratorio. Ni bien salí de la capilla, cuando llamaron nuevamente a mi mamá y le dijeron que la nena había salido del paro respiratorio pero que aún así la nena está delicada.

Al día siguiente, el sábado mi hermana parece recuperarse rápido de la operación y empieza a estabilizarse pero no pasa la mismo con la nena. A las siete de la noche sale mi cuñado llorando y nos dice que los doctores le mencionan que la nena tal vez no sobreviva, que tiene sangrado en los pulmones y que ha reducido su respiración al cincuenta por ciento. En cuanto me avisa, ya no siento, veo todo tan extraño, como el peor sueño que he tenido en mucho tiempo. Empiezan a buscar un padre para que bautice a la nena y van a hablar con mi hermana para que se “despida” de su hija.

Al ponerlo en escrito no suena tan grave pero no puedo evitar berrear cuando lo escribo. Veo a mi hermana llegando en silla de ruedas y siendo fuerte, más fuerte que todos los demás, llegando a conocer a su hija, a Renata y sobre todo a hablarle, a “despedirse”. Mientras tanto allí veo a mis papás, llorando, tristes e impotentes, además preocupados por lo difícil que resulta conseguir un sacerdote y en su desesperación intentan bendecir una botella de agua que yo antes estaba tomando. No puedo evitar sentir algo extraño, sentir que no nos queda mucho a qué aferrarnos. Pasamos toda la noche esperando por noticias pero no nos dicen nada.

El domingo en la mañana le informan al papá que la nena ha superado el sangrado en los pulmomes, que empieza a estabilizarse dentro de su gravedad. Me dan la oportunidad de entrar a verla y allí estás, pequeñita, entubada, con un pañal que te queda grande, te pareces a mi hermana y automáticamente pienso que te pareces a mí y te comienzo a hablar. Te digo que tienes que luchar, te digo que esta “píldora humana” que los espíritus nos tomámos vale la pena y que vale la pena porque vas a aprender, vas a reír, vas a llorar, vas a sentir mil cosas, en resumen vas a vivir.

Te digo que vale la pena vivir porque a pesar que en el primer momento en que vayas a la casa de tus papás, te van a enseñar algunas cosas como cómo comportarte en público, a sentirte apenada de tu cuerpo o no echarte pedos en público, te van a intentar decir qué colores usar (rosa), qué juguetes usar (muñecas), qué gustos tener; pero a pesar de eso vale la pena porque tú vas a tener tus propios gustos, vas a conocer mil colores y tú vas a decidir cuál te gusta, vas a conocer mil juguetes y tú vas a decir con cuál jugar y vas a conocer mil personas y tú vas a decidir de cuáles rodearte. Además te digo que yo voy a estar aquí para ti, intentando hacer tu vida un poco menos dura y un poco más feliz, al igual que tus papás, tus abuelos, tus otros tíos y tus primos. Mueves tus piececitos y tus manitas, haces unos gestos con tu carita y estoy seguro que lo vas a lograr, que estás luchando.

Renata, después de que te vi esto ha seguido siendo una montaña rusa de sentimientos, muy probablemente de los momentos más difíciles que jamás he vivido. Me siento impotente de ver a mi hermana sufriendo, de preguntarse qué es lo mejor para ti porque estás sufriendo. Me enojo de ver cómo un neonatólogo le dice a mi hermana que “esto” es culpa de las mujeres de ahora que deciden dedicarse al trabajo en lugar de dedicarse a su embarazo y ser muy duro con mi hermana quien está vulnerable. Me siento triste de que no sepamos bien qué pasa, tú vas en bajada y luego en subida. Tú puedes sobrina. Al final Renata como mujer, muy seguramente y tristemente, serás discriminada y victimizada pero por eso mismo debes luchar, debes pelear, tanto para vivir como para vivir el día a día, debes ser fuerte, eres y debes seguir siendo una verdadera guerrera. Renta, esta píldora humana realmente vale la pena.