Innovación emocional

La innovación se ha convertido en una necesidad imperiosa de las empresas. Generar valor nunca había sido tan difícil, tan volátil, ni tan urgente. Existen muchas metodologías para desarrollar la innovación, pero aunque esta intenta establecerse en disciplina por sí misma, actualmente es un caos donde unos pocos y reconocidos expertos, como mis amigos Fran Chuan y Jay Rao, se mezclan con gurús “vendehumo” y “dificultadores” con innumerables pseudo-recetas mágicas.

La verdad es que muchas de estas ni siquiera funcionan. Aunque indudablemente la innovación aporta notables éxitos a los líderes del mercado, existe también una gran frustración. Muchos no dan con la tecla correcta. ¿Sabemos qué recetas funcionan y cuales no? La verdad es que no, porqué cada organización es diferente, y lo que le sirve a una, a otra no. Y es que la innovación son personas, no productos. No es una ciencia exacta. No es I+D, ni I+D+I. Esa es la innovación racional, incremental, la que está disponible a la competencia, a todas las empresas. Ninguna gran ventaja sacaremos con la innovación racional. Lo que no quiere decir, que tengamos que abandonarla. Ni mucho menos, pero hay que innovar la innovación.

Todo depende de la cultura de la organización. La gran mayoría de la cultura de empresa tradicional, no sólo no fomenta la innovación, sino que la impide y la desincentiva. Sólo unas pocas personas o departamentos, no menos brillantes, pero sí muy poco colaborativos, detienen el monopolio. Por eso, muchas de las innovaciones decisivas vienen de empresas nuevas, constituidas por ex-empleados cabreados, que se fueron de las organizaciones, que les impedían el desarrollo de sus proyectos. Los innovadores y los intraemprendedores desertan de las empresas, que les limitan y les encorsetan. A menudo, la manera más rápida de reconocer a los innovadores inconformistas, es mirar la lista de gente despedida en los últimos años o que ha abandonado el barco…

Se dice que cambiar la cultura de empresa es lo más difícil que hay. Se trata de una transformación “analógica descomunal. Si a eso, le añadimos una transformación digital, entenderemos porqué muchas empresas van perdidas del todo. No todo el mundo necesita innovar. Los monopolios y los oligopolios, en realidad no lo necesitan, pero casi todos los demás sí. La cuenta atrás para, que un competidor te eche del mercado avanza inexorablemente. Tic tac…

La transformación de la cultura de empresa, requiere de un grado importante de humildad, que pasa por reconocer los errores y limitaciones. Y eso duele. Lo sorprendente es que cambiar la cultura aunque sea complejo, es mucho más fácil de lo que aparenta. En realidad, los empleados siempre lo han estado esperando. Se habla mucho de las resistencias al cambio, pero eso sólo ocurre cuando viene por obligación. Pero si viene desde abajo, todo es posible. Si uno hace parte del cambio todo es posible. En realidad, todo el mundo quiere cambiar, mejorar. Todo el mundo quiere más. Pero para que eso ocurra, los de arriba tienen que hacerlo posible. Creer en ello. La cultura es consecuencia del liderazgo. La propiedad y la dirección, deben entender y posibilitar, que el cambio venga desde abajo. La alineación estratégica debe ser completa. Y el miedo se convierte en valor.

La innovación disruptiva es la que crea mercados, la que da una ventaja importante, la que crea un valor diferencial enorme. La innovación disruptiva puede convertirse en el ADN de una empresa, si la convertimos en cultura de empresa. Esta sería la innovación emocional. Las personas sólo pueden crear disrupción en equipos de ideación conjunta, de co-creación, donde la parte emocional es fundamental. Sin emociones de los empleados, no hay innovación. Sin el efecto “eureka” del co-descubrimiento. Sin provocar las emociones en los clientes, tampoco hay innovación. Sin el efecto “wow”, que decía Tom Peters, sólo hay karaoke innovador. Más de lo mismo. Copia de la copia. La innovación emocional ataca el sentido de las cosas, el propósito esencial de los productos y servicios. Necesita exceder las murallas de la seguridad psicológica en busca de lo nuevo, para lo cual, sólo la recompensa emocional, destruye los miedos racionales.

Steve Jobs convenció a John Sculley cuando era el exitoso Presidente de Pepsi en 1983, para que abandonara un compañía, que facturaba 7.500 millones e ir a trabajar a Apple como CEO, que apenas facturaba 1.000 millones y estaba empeorando con rapidez, apelando a las emociones:

“quieres seguir vendiendo agua azucarada el resto de tu vida? o vas a venir conmigo a cambiar el mundo?”

Innovación emocional, es la inteligencia emocional y la inteligencia cognitiva trabajando juntas, por un mundo mejor.

Posted by Rais Busom


Originally published at blog.busom.com on August 5, 2017.